06
Tritio

Agua tibia

No estaba ni fría ni caliente. Así se expresaban los lugareños para describir jocosamente el Agua del Tiempo.

Brotaba de un manantial a escasos dos kilómetros del pueblo, pero bajo tierra recorría infinitud de túneles subterráneos atiborrados de bifurcaciones y efluentes, enraizándose en la   misma tierra, atravesando su núcleo y nutriendo las anfípodas del planeta. En su discurrir, alegre en los buenos tiempos y tedioso en los malos, lavaba las rocas de los segundos viejos, ya anticuados, hidratándolas con la frescura de los nuevos, quedándose allí tan solo eso, unos segundos, antes de que la corriente los llevara consigo.

Se decía que aquel agua tenía propiedades milagrosas: curaba enfermedades terminales, confería belleza, devolvía la juventud perdida u otorgaba unos cuantos años a aquellos jovenzuelos apresurados por la idea de ser por fin considerados adultos. Estos dos últimos efectos antagónicos fueron el inicio del gran cisma temporista. Los místicos de la zona eran incapaces de ponerse de acuerdo en el ritual exacto en que se debía beber el agua para conseguir el efecto deseado y se acusaban mutuamente de la infantilización de niños y decrepitud de ancianos. En el fondo, el agua no tenía efecto alguno en quien la bebía más que conseguir que pasaran sesenta segundos en el plazo exacto de un minuto. Pero si había algo que caracterizaba a los ancianos que pretendían ralentizar o revertir su senectud, era precisamente que la sentían apoderarse de ellos con gran velocidad. Un ritmo que se tendía a mantener incluso después de beber el Agua del Tiempo. Algo similar sucedía con los chiquillos que deseaban abandonar la infancia, que más que chiquillos eran niñatos, y eso el agua tampoco lo curaba.

Tardaron mucho tiempo en darse cuenta de que el agua era tan buena para beberla, como para dársela a los burros, como para regar el patatal. Fue así como cesó el peregrinaje a un pueblo que, por otra parte, no contaba con ningún otro atractivo turístico.
Salvo los vecinos, el mundo había olvidado el Agua del Tiempo. Hasta que un campista perdido con gran visión de negocio llegó sediento a su brotar y quedó sorprendido por su cualidad más destacada: un intenso sabor a nada.

Invirtió sus ahorros en la construcción de una planta  embotelladora con la que comenzó a comercializar el antaño mágico líquido. Agua de Madriz, el mejor agua que probarás nunca. El éxito de la marca fue inmediato. La demanda aumentaba cada mes y, a pesar de ser un manantial de segunda magnitud, capaz de expulsar cerca de los dos mil litros de agua por segundo, la empresa no era capaz de cumplir con los pedidos. La instalación de bombas de extracción consiguieron mantener la producción un tiempo, pero cada vez se pedía más Agua del Tiempo de Madriz, que terminó por convertirse en un artículo de lujo.

Bebida ya solo por multimillonarios, las exigencias de producción no hacían más que aumentar, aunque la demanda como tal hubiera dejado de hacerlo. Era algo común a la gente con tanto dinero no ser capaces de asumir una carestía de algo tan básico (para ellos) como el Agua de Madriz. La empresa no tardó mucho tiempo en decepcionar a sus clientes. Sus exportaciones, primero a Oceanía, después a Asia y a América, cayeron hasta su completa desaparición. Las siguieron todas las demás. Ya solo pedían clientes nacionales, pero Agua de Madriz no conseguía cumplir con las entregas.

Pedro era uno de los últimos empleados que quedaban en la embotelladora. Estaba nervioso. Sabía que de su capacidad de resolver el problema dependía permanecer o no en el trabajo. Los canales que conectaban el nacimiento del Agua del Tiempo con la planta embotelladora habían dejado de drenar y ya se habían examinado las conexiones más cercanas, descartando obstrucción llguna. Debía subir hasta el manantial y comprobar las bombas de extracción. Era un trabajo para un equipo completo, pero tres cuartas partes de la plantilla acababan de ser despedidos por la falta de liquidez, en todos los sentidos, de la empresa. O lo solucionaba, o sería el siguiente en ir a la calle.

—Perdone, busco el manantial. —Pedro hacía rato que se había perdido tras un tramo en que las cañerías se escondían bajo tierra y no tuvo más opción que preguntar a un lugareño que pastoreaba a sus ovejas—. El del Agua del Tiempo.

La aclaración era innecesaria.

—Solo tiene que seguir recto, mozo —respondió el pastor, indicando el camino con un gesto de la cabeza—. No está muy lejos, pero como es empinao y campo traviesa va a tardar horas.

Horas a ritmo de oveja. A ritmo de Pedro fueron veinticinco minutos. De reloj. Porque si hubieran sido de manantial, podría haberse tratado de años. Allí el agua no brotaba, diríase que lagrimeaba tímidamente. No como con la muerte de alguien cercano o como cuando a un niño le quitan la Game boy sino más bien como lagrimea uno cuando bosteza. Pedro habría dicho que el manantial sudaba, pero solo un poco, como él después de subir la ladera a paso calmado, no como cuando creyó morir aquella vez que tuvo que realizar el test de Cooper. Los recuerdos de su infancia pasaron vívidos frente a él, saltando ignorantes de un lado al otro del surco que había dejado el que antaño fue el arroyuelo del manantial del Agua del Tiempo, que después de brotar primero, lagrimear despues y sudar más tarde, finalmente
se había secado.

Cuando dejó de acordarse de su infancia, Pedro se acordó de sacar su móvil para informar al supervisor. Pero el móvil no se movía. Ni su mano en el bolsillo. Ni el segundero de su reloj.

Publicado la semana 6. 10/02/2021
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