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Tritio

Sobre miedo y guerras

Ahora que las prisas son menos, que ya no hay cien pacientes detrás del que tienes delante. Ahora que el paciente que tienes delante no está intubado y sedado, o con una disnea tal que le impide articular más de dos o tres palabras. Es ahora cuando podemos pararnos a escuchar a nuestros pacientes y sus experiencias.

Hemos pasado meses desbordados de trabajo, estrés, ignorancia, desesperación, sensación de futilidad, empatía y sufrimiento. Muchos nos hemos puesto en la piel de nuestros pacientes, de sus familias alejadas por imperativo de salud pública, pero no hay nada como el paciente en su piel para contrastar hasta qué punto nuestra empatía era atinada. 

Expongo los siguientes dos casos que muestran cómo la realidad percibida por el paciente puede ir más allá de la empatía que se pueda tener a priori. 

CASO 1

Jose Luis. Varón, 55 años, bombero. 

Testimonio: «He vivido 4 atentados de ETA, el 11M (ufff, el 11M... fue horrible...),  accidentes de tráfico... y nunca he pasado tanto miedo como cuando he  estado ingresado por coronavirus. Estuve a punto de ir a la UCI, y me  acordaba de mi suegra intubada, era lo último que quería, ir a la UCI,  que te induzcan un coma para intubarte y no saber si vas a despertar. Y  se pasa miedo como bombero (si alguno te dice que no pasa miedo te miente o no  está en primera línea) pero como ésto... pocas cosas.»

Reflexión: Todos, en mayor o menor medida, hemos tenido miedo durante esta pandemia. Miedo de perder a ese paciente por el que llevamos semanas luchando, miedo de contagiarnos, miedo de llevar el virus a casa o cerca de nuestros seres queridos, miedo de no ser capaces de aguantar física o anímicamente... Sin embargo yo no habría sabido decir si me daba más miedo esto o un atentado, o una guerra. Ni me he planteado el miedo a cerrar los ojos y no abrirlos más. No me refiero a ese miedo que alguna vez hemos podido tener sobre el fin de nuestra vida, si hemos hecho lo que queríamos hacer, si dejamos tareas pendientes, si hemos dejado suficientemente claro a nuestros seres queridos lo mucho que los amamos. No, me refiero a un miedo real y tangible donde sabes que «te van a poner a dormir» y hay muchas posibilidades de que no despiertes. 

Por otra parte, la pandemia no cambia el hecho de que sea así con toda intubación de un paciente crítico. Modifica las posibilidades, sí, pero el miedo se me antoja que debiera ser el mismo. Entonces, ¿por qué nunca antes me habían hablado al miedo de acabar en la UCI? (Téngase en cuenta que es la reflexión en base a un caso aislado, hay otros tantos donde el paciente estaba deseando ir a la UCI por asumir que el paso por la UCI iba a mejorar su tratamiento y sus opciones de supervivencia, hasta el punto de que he visto a uno de ellos llegar a hacer gestos de victoria según se lo llevaban en la cama a la unidad.) Creo, y este es un terreno donde de momento solo puedo hacer hipótesis, que es el exceso de información: La infoxicación. Otro debate, que dejaré en manos del lector, es si este miedo es util o no, si tanta información lo es. ¿Le ha servido a nuestro paciente tener todo ese miedo?¿Ha supuesto algún beneficio?¿Acaso existía la posibilidad de que no lo tuviera? Sinceramente, no lo sé.

En este caso simplemente he querido ilustrar la variedad de los miedos, y de sus intensidades, y como a pocos centímetros, a un EPI de distancia, han convivido durante estos meses miedos tan diferentes como personales.

 

CASO 2

Santiago. Varón, 96 años, jubilado.

Testimonio: «Los que somos de mi edad hemos vivido la guerra, y lo que vino después. Hubo mucha gente que tenía problemas para comer. Eso en Extremadura pasó mucho. Pero esto de la pandemia, los de mi edad y los niños están cayendo como chinches. ¿Sabes? Creo que este virus es peor que una guerra. Porque la guerra en algún momento se acaba, alguien acaba ganando. Pero a esta cosa... ¿cómo se la gana?

Reflexion: Me abstuve de decirle que, según la evidencia actual, la afectación en niños es bastante menor. Como alguien que no ha vivido una guerra y cuya única ventana a la misma son los libros de historia y las narrativas de novelas y películas, jamás sería capaz de hacer una comparativa similar. Para el momento en que escuché este testimonio, ya estaba cansado de que en medios y redes sociales se hablara del tema en un tono bélico («la batalla contra el coronavirus», «la primera línea de batalla», «las trincheras», «el enemigo»), pero tampoco me había planteado una comparativa tan directa. Al igual que en el caso del miedo, la situación actual a Santiago le parecía la peor que había vivido. Y no podía decirse que era por falta de experiencia. En este caso, la atribución de «peor» se la otorga el paciente en base a la previsión de infinitud de la pandemia. Santiago no ve un fin a esto, probablemente por desconocimiento de las ciencias de la salud, aunque en muchos de los escenarios recientemente planteados se dibuja, muchas veces más como un hecho que como una posibilidad, una situación en la que convivamos con el SARS-CoV2, lo que para Santiago es una guerra que no acaba. Y por eso no me gusta la analogía, porque es probable de aquí salgamos sin que nadie se proclame victorioso.

 

Reduciendo la pandemia a estas dos perspectivas, estamos ante algo que es capaz de dar más miedo que atentados que resultaron en cientos de muertos y heridos en cuestión de segundos, algo que es peor que la guerra. Y sin embargo aquí estamos, haciendo todo lo que podemos por atender, aprender y apoyar. 

Estos dos testimonios me sirven para entender que no todos tenemos los mismos miedos, y que uno solo puede comparar el miedo personal con otro miedo personal que tuvo o tendrá, pero entre personas no es comparable. No tengo yo más miedo que José Luis ni al revés, son miedos diferentes. Me sirve para comprender que el miedo es legítimo, y para agradecer a los equipos de psiquiatría y psicología que han estado y están apoyando tanto a pacientes como a familiares y personal sanitario. Para agradecer también a todos los miembros que han conformado los Equipos COVID-19, porque no tengo la menor duda de que el miedo nos golpea diferente que a los pacientes porque tenemos la ventaja de afrontarlos en equipo, mientras que los pacientes en muchos de los casos lo afrontan solos. Sirva esto para seguir animando a ser lo más humanos posibles con nuestros pacientes y a pasar tiempo con ellos, por más calor que nos den los monos de protección. Porque para esos pacientes somos extraños, más aún con atuendos impersonales, pero muchas veces somos lo único que les queda ante la soledad con la que esperan afrontar sus miedos. 

Me sirven para entender que ésto no es una guerra, pero algunos de nuestros pacientes, a quien más duro pega la infección, sí saben lo que es una guerra y, al menos uno de ellos, ven la pandemia como algo peor. Peor porque pasan los meses y sigue siendo lo que dirige nuestras vidas, peor porque lo comparan con lo peor que han vivido y no le ven un final (probablemente, por no ser comparables), peor por el mismo motivo que el miedo de Jose Luis es mayor, porque cuando eres la víctima, lo afrontas en soledad. Por eso quiero recordar a todo el que me lea lo importante que pueden llegar a ser las iniciativas para luchar contra la soledad, algunas que llevan ya algún mes implantadas. Iniciativas como los equipos de videollamadas entre pacientes y familiares, visitas organizadas de familiares con equipos de protección, cartas a pacientes ingresados... y la que nunca ha faltado, sentarse a la vera del paciente y cogerle la mano. Porque hay quien dice que el cambio social que la pandemia está moviendo nos lleva a un mundo donde el contacto será menor, pero siempre que un paciente lo necesite, estaremos ahí sosteniendo su mano. 

No dejéis que la soledad de vuestros pacientes haga más grandes los miedos o interminables las guerras.

Publicado la semana 2. 17/01/2021
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