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Tritio

La misión

La cuerda creaba una áspera fricción en sus muñecas que trepaba en un dolor ardiente hasta los hombros, casi dislocados de tener las manos en esa posición. Aunque las piernas sufrían las mismas ataduras, las notaba sensiblemente menos, se le habían dormido.

Cada movimiento de las muñecas era una llamarada de fuego ascendente, pero no tenía intención de renunciar.

Un último destello de dolor y la cuerda que aprisionaba sus muñecas cayó inerte al suelo. Podía ver la marca que había dejado en su piel. Se apresuró a desatarse los pies y se puso en pie. Dio con la cara en el suelo. Sus piernas seguían dormidas y no respondían bien. El ruido del golpe alertó a los guardias, que enseguida entraron, recolocando las cuerdas, ya no solo en muñecas y tobillos, sino envolviéndolo completamente.

Un último destello de dolor y la cuerda que aprisionaba sus muñecas cayó inerte al suelo. Podía ver la marca que había dejado en su piel. Acto seguido se retiró las ataduras que quedaban. Antes de levantarse dedicó algunos segundos a recuperar la movilidad de las piernas. Cuando se puso en pie le temblaron, pero soportaron el peso de su cuerpo. Examinó la puerta cerrada, no sabía si habían echado la llave, tuvo que correr el riesgo. El movimiento de apertura generó un sonido metálico cuando el pestillo de la puerta impidió su apertura. El ruido no fue muy intenso, pero sí lo suficiente para que la puerta se abriera y un puñetazo lo derribara al suelo. Sangraba.

Un último destello de dolor y la cuerda que aprisionaba sus muñecas cayó inerte al suelo. Podía ver la marca que había dejado en su piel. Aún sin desatarse las piernas, examinó el resto de la habitación. En una esquina, un pequeño ventanuco de ventilación lo llamaba con un coro angelical. Parecía estrecho para sus caderas, pero merecía la pena intentarlo. Fue difícil, pero la sensibilidad disminuida de sus miembros inferiores hizo la tarea más soportable. Consiguió zafarse de la presa del ventanuco, pero una vez fuera, no tenía nada a lo que aferrarse. La caída era de no menos de treinta metros, los segundos se le hicieron eternos hasta que la cabeza le quedó aplastada contra el suelo.

Un último destello de dolor y la cuerda que aprisionaba sus muñecas cayó inerte al suelo. Podía ver la marca que había dejado en su piel. Cansado, se quitó las cuerdas, se puso en pie y estiró la mano hacia la puerta metálica. Cerró lentamente la mano en un puño y de idéntica forma la puerta se comprimió como una bola de papel. Hizo ruido, desde luego, pero en el momento en el que los guardias asomaron por la puerta, les lanzó una bola de fuego con su otra mano.

—¿Pero qué mierdas? —pensó—. Se me está yendo la cabeza.

Un último destello de dolor y la cuerda que aprisionaba sus muñecas cayó inerte al suelo. Podía ver la marca que había dejado en su piel. La ventana no era una opción, estaban en un piso demasiado alto, al otro lado de la puerta había gente que enseguida interrumpiría cualquier intento de huida y, desde luego, no tenía poderes mágicos, por el amor de Dios. Quizá alguien le podía ayudar. Gritó. Acto seguido los guardias entraron y lo abofetearon hasta que quedó tumbado en el suelo, sangrando y con una prenda al fondo de su garganta que le impedía respirar. Cuando pudo escupir el calcetín, entre gemido y gemido de dolor siguió gritando, esperando que alguien se apiadara, pero perdió el conocimiento antes de ser rescatado.

Un último destello de dolor y la cuerda que aprisionaba sus muñecas cayó inerte al suelo. Podía ver la marca que había dejado en su piel. Conocía la habitación de memoria.

—¡Me estás escuchando! —El guantazo en la cara le devolvió a la realidad. —No estoy yo aquí perdiendo mi valioso tiempo en contarte detalladamente mi malvado plan para que no me escuches.

«Ah, es verdad», recordó. «Estaba tan centrado en escapar que me había olvidado de que aún no estoy solo. Quizá no tenga que esperar a que se vaya para escapar.»

—¿Por dónde iba? ¡Ah, sí, tortura! —prosiguió el hombre de la sonrisa malvada—. Todos los días, cada día una nueva, hasta que te dignes a hablar. Y, por supuesto, olvídate de comer. ¿Cuántos días llevas ya? ¿Cinco? ¿Seis? ¡Pues muchos más!¡Hasta que hables!

La sola mención de la comida le recordó el hambre que tenía. Un dolor intenso desde su estómago le reclamaba comida.

—¡Eh!, atiende que te estoy hablando.

Era inútil, el agente había perdido el conocimiento de nuevo.

Un último destello de dolor y la cuerda que aprisionaba sus muñecas cayó inerte al suelo. Podía ver la marca que había dejado en su piel. Se apresuró a desatarse los pies y se puso en pie. Dio con la cara en el suelo. Sus piernas seguían dormidas y no respondían bien. Aunque juraría haberse golpeado contra el suelo solamente una vez, seguía notando el impacto repetidamente. Primero en una mejilla y luego en la otra. Se volvió y pudo ver a su archienemigo, el señor Creel, golpeando a alguien atado a una silla. Tardó un tiempo en darse cuenta de que cada golpe coincidía con el que sentía en su cara. Tardó un poco más en ver que el hombre al que abofeteaban era él mismo.

No sabía si estaba muerto o solo era una proyección astral. Pero si no lo estaba aún, no quería quedarse ahí para verlo. Se alejó. Primero caminando, luego flotando, atravesó paredes y llegó hasta la base de operaciones de la agencia. Ahí estaba su superior, en frente de un mucho menos demacrado él con la mirada perdida. Se metió en sí mismo.

—Lo siento señora —dijo después de un largo rato en silencio—, pero no puedo aceptar la misión. Es demasiado arriesgada y no veo forma alguna en la que acabe bien.

Publicado la semana 11. 21/03/2021
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