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Tritio

La guerra que nunca fue

En aquel tiempo, el periodismo bélico estaba a la orden del día. Todas las mañanas amanecíamos con noticias del frente. Algunas sembraban esperanza, otras traían desesperación, unas llegaban demasiado tarde, no pocas eran descaradas mentiras disfrazadas de hechos. Lo que no faltaba, ninguno de los días, era el número de muertos. Moríamos a chorro, como lata agujereada, y según se apilaban los muertos, los nombres se convertían en número. Según el número crecía, así lo hacían las arengas para dar ánimosy fuerzas: Venceremos esta guerra.


Pero el enemigo siempre estaba ahí. Siempre en el frente, y no solo. También estaba entre nosotros. Siempre nuestros muertos, nunca los del enemigo. Algunos días, los más animosos, salían a gritar que el enemigo había perdido efectivos por millones, que debíamos recordárnoslo para mantenernos al pie del cañón. Pero el cañón era muy largo y desde su pie se hacía eterno.


Detrás del periodismo, el mundo se volvió bélico también. No era de extrañar, cuando las noticias lo moldeaban de aquella manera. De esta forma, lo que estaba en el frente terminó por llegar a nuestras casas. Así como las noticias hablaban de la lucha en las trincheras, nuestros barrios se convertían en un nuevo escenario de batalla donde la acusación, la sospecha, la culpabilidad y la desconfianza eran el pan nuestro, si no de cada día, al menos de cada par de días.


Y como era de esperar, acabamos enfrentando dos guerras. Una entre nosotros mismos. La otra era la guerra que nunca fue. Algo que ni en el más aleatorio de los momentos fue para nada bélico, pero era una historia a la que el traje de guerra le sentaba bien. Se trataba de biología, de farmacología, de medicina, de ciencia. Pero lo convertimos en guerra.


Y así nos fue.


Y así nos está yendo.

Publicado la semana 1. 09/01/2021
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No ficción
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