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SuHa

Complejos

    Todas las miradas se posaron en él. Las caras eran de desconcierto, de no entender muy bien. Jamás recordaban haber visto una sonrisa así. 

 

    Una sola vez lo escuchó. Contaba entonces apenas siete años. Lo dijo la mejor amiga de su madre, un ser  que le recordaba inevitablemente a  la mamá Gori de los Fraggle Rock.

    “Vaya dientes tiene este hijo tuyo, ya los quisieran mis conejos”.

    Qué descansada debió de quedarse. Su madre, muda; incluso esbozó una media sonrisa. A él, por descontado, no consideraba deberle ninguna explicación, eran otros tiempos, por lo que nunca tuvo claro si compartía las opiniones de aquella mujer o su actitud era solo fruto de su personalidad evitativa, que buscaba inconsciente pero constantemente huir de cualquier conflicto.

    Y aunque él no se diera cuenta, aquel comentario quedó anidado en una minúscula parcela de su cerebro, cambiándo su destino. Quizás por eso se volvió un poco más introvertido (aunque algo le venía de serie), puede que por eso dejara paulatinamente de participar en clase y comenzará a hablar tratando de abrir lo menos posible la boca, de manera que sus profesores le regañaran sin cesar (“vocalizar, Bruno, vocaliza”) y nadie excepto su madre, por la convivencia y el empeño que ponía, le entendiera. Fue aislándose así de todos, como si sus peculiaridades desafinaran en la perfecta armonía de la sociedad y necesitara por ello un gueto propio que lo cobijase. Solo aceptaba relacionarse si era estrictamente necesario. Por lo demás, ninguno de sus compañeros de clase creía que mereciera la pena esforzarse en comprender a aquel chico que los evitaba a toda costa, lo que hizo que aquella espiral se volviera cada vez más asfixiante. Los demás comenzaron a ponerle apodos de toda índole: “el mudo”, “el silencioso”, “el raro”…  Bruno solo se sentía aliviado por no ser ni “el caballo”, ni “el conejo”.

    A ningún adulto se le ocurrió que detrás de aquellas actitudes hubiera algo más (“él es así”, “será una fase”, “el niño está bien”…).  Y es que cada vez se predicaba más que el individuo era único y así debía ser considerado; no había que generalizar.

    Bruno se volvió un chico aún más solitario en la adolescencia y llegó a la adultez siguiendo un camino sin bifurcaciones, sin margen para improvisar; un sendero de altas murallas que había trazado con ahínco. Encontró trabajo en una fábrica gris donde la producción en cadena alcanzaba su máxima expresión. Le venía como anillo al dedo, dado que allí podía permanecer callado sin que a nadie llamara la atención, relacionándose únicamente con las respetuosas máquinas. Y así habría transcurrido su vida, afiliada al drama, sin derecho a hacer comedias, si no hubiera sido por aquella mujer que se cruzó en su camino y, como un sabio gurú, le mostró que la vida en color también se había inventado, si estaba interesado. Por suerte hay personas y casualidades así.

    Minerva hacía reír a las piedras. Había nacido para humorista, aunque una temprana maternidad de soltera la llevó a aceptar cualquier trabajo, CUALQUIER-TRABAJO. Su instinto maternal, su inquebrantable fuerza de voluntad, su amor por las pequeñas cosas, quién-sabe-el-qué, habían hecho que creara un enfoque propio para afrontar sus desventuras  diarias. Tenerla cerca ayudaba a Bruno a tomar perspectiva y, por ello, comenzó a hacer lo que nunca antes había hecho: buscar la compañía de alguien; la suya. A menudo sus palabras le querían hacer sonreír y él sentía ganas de rendirse a las provocaciones. Pero claro, con aquellos dientes... No podía. Apenas podía hablar, porque los demás, bien sabía, habrían empezado a hacer sus inmisericordes chistes en torno a ellos y él, cuarenta años a sus espaldas, no estaba preparado aún para plantarles cara; más que nada porque les daba la razón. En casa, cepillaba sus dientes con los ojos cerrados o, en ocasiones, incluso a oscuras; eso mientras conservó el espejo que cubría una de las paredes del aseo de esquina a esquina. Hasta que, por comodidad, decidió retirarlo. No había espejos en su casa ya, y así bien podía permitirse hablar y reír tranquilamente, SOLO cuando estaba solo, que en realidad era siempre.

    Pero la llegada de Minerva alteró su rutina de tal modo que empezó a afectarle el tener que castrar continuamente sus impulsos, el tener que tragarse sus palabras y risas, porque ella provocó que aquellas se le empezaran a atragantar y Bruno decidió que, ¡qué demonios!, quería poder sonreír, quería expresarse como Minerva, ser libre, salir de aquella cárcel de barrotes de marfil.

 

    Lo cierto es que para María fue una situación incómoda y de lo más extraña, pero ella tenía claras sus prioridades: hacer feliz a los clientes... Y ganar dinero, por supuesto. Para conseguir lo anterior, bien podía prescindir de los porqués de las cosas. Era dentista, no psicóloga.

    Aquel hombre gris y afeitado como a machetazos, sin simetría alguna entre ambos lados de la barba, que parecía poco aficionado a los cuidados diarios y que tenía, sin embargo, unos dientes increíblemente blancos, hermosos, y sanos... Quería que le quitara todos y cada uno de ellos. De cuajo. Con anestesia, menos mal; no estaba tan loco después de todo. En su lugar no quería poner nada, ni fijo ni de quita y pon. Se quería desdentado, comiendo purés para los restos, viendo desfigurada para siempre la estructura de su cara, su atractiva expresión porque, debía admitirlo, era un hombre guapo en realidad, aunque por lo visto, loco de atar. Todo no podía ser, después de todo. Por eso estaba ella soltera, por su amor a los extremos: todo o nada. 

    — ¿Está seguro? — una única vez lo preguntaría, se había prometido; solo para evitar demandas posteriores y también para ver si le convencía de ponerse unos implantes fijos que engordaran sus números bancarios.

    — Seguro. Regáleselos al Ratoncito Pérez o al Hada de los Dientes. Jamás deseo volver a verlos.

 

    Cuando al día siguiente llegó al trabajo... Todas las miradas se posaron en él. Las caras eran de desconcierto, de no entender muy bien. Jamás recordaban haber visto una sonrisa así. Aunque bien mirado, jamás recordaban haberle visto a él, al pobre Bruno, sonreír; de ninguna de las maneras. Y es que él, el pobre Bruno, con aquella sonrisa quizás algo extraña, nunca se había sentido mejor. 

 

Publicado la semana 9. 05/03/2021
Etiquetas
libertad, Relato, Dientes, Complejos, Felicidad, Sonrisa
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