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SuHa

Una flor

     Era una madrugada de un lunes bien normal cuando, sobre las cinco de la mañana, comenzaron a retumbar en cada rincón del pueblo unas escalofriantes carcajadas. Los vecinos se levantaron de sus camas de un sobresalto. Asomados todos a sus ventanas trataron de identificar el origen de aquellas risas trastornadas. No obstante, solo aquellos cuyas ventanas daban a la Plaza Mayor pudieron constatar que el emisor de aquellos sonidos era Miguel, que estaba tumbado justo en el centro de la plaza, rebozándose por las baldosas empapadas en lluvia, riendo como solo un loco haría.

     A Miguel lo conocían desde siempre, de toda la vida, del pueblo, el hijo del herrero; un pobre hombre que lo había tenido todo y todo lo había perdido poco a poco, convirtiéndose finalmente en un vulgar mendigo que pedía limosna en la entrada del supermercado. Siempre sereno, amable, inofensivo. Jamás lo habían visto así; ni siquiera recordaban haberlo visto antes mostrando emoción alguna. 

     Y llamaron a la policía. No por ellos, se hicieron creer; no por el miedo que la escena les provocaba, por la incomodidad de ser cómplices de la situación; sino por el pobre Miguel, a ver si ellos podían prestarle ayuda. Parecieron amables cuando pasaron a recogerlo. 

 

     Cuando lo interrogaron, Miguel calló. Ya no quería reír, ya no quería hablar. Casi había vuelto a su estado emocional previo. Casi; porque sonreía. Aquella extraña expresión sin explicación aparente no se le borraba del rostro. Ante la insistencia de los agentes, Miguel puso una de sus manos sobre la mesa que marcaba distancia entre él y los policías y la abrió para mostrarles su contenido. Eran los restos de una flor. 

 

     Hacía apenas cinco años que ella había desaparecido; hacía ya cinco años que ella se había ido. A veces le parecía poco; otras una eternidad. Los primeros días, cuando temía que algo malo pudiera haberle ocurrido, fueron terribles. Adelgazó todos los kilos que la enfermera le llevaba años aconsejando perder; y después muchos más de propina y de regalo. Conforme pasaban los meses iba perdiendo la esperanza también: los telediarios ya no hablaban de ello, los grupos de investigación estaban por tirar la toalla. Pero entonces, un buen día, llegó una carta a su nombre, de ella, desde el extranjero. Que dejaran de buscarla, pedía; que estaba bien, que necesitaba un tiempo. Llamó a los agentes para que cancelaran toda labor, dando las menos explicaciones posibles, y se encerró en casa a esperarla. La esperó durante meses, mientras el alcohol se convertía en su compañero de batallas y su jefe lo despedía por absentismo y alcoholismo. El piso estaba pagado, pero había de comer, de pagar la luz… Tiró de los ahorros hasta fundírselos todos, y cuando ese momento llegó, ella aún no había terminado de tomarse aquel tiempo. De todos modos, para entonces, él ya no sabía en qué tiempo vivía.

     Cierto día se sentó a la salida del supermercado, sintiéndose algo mareado y, tan mala pinta, tan malo olor, debían de acompañarlo, que oyó pronto el tintineo de una moneda a su lado. Y desde entonces habían pasado cinco años, al parecer. Cinco años de tintineos. Al menos, se decía, tenía cierto cariño de aquellos vecinos suyos. 

 

     Miguel se convirtió en un motivo más del paisaje de la Plaza Mayor: el mendigo amable que siempre sonreía resignada y forzadamente. De casa al supermercado y de allí vuelta a su casa, cada vez más ajada ésta, más estropeada y descuidada del todo. Al menos aún tenía un techo. 

     

     Aquella primavera unos operarios del ayuntamiento hicieron aparición en la plaza armados de varios cacharros y con intención de hacer algunos cambios. Pusieron maceteros con flores, hermosas flores que a Miguel le pareció ensombrecía su existencia aún más. Los cambios no le gustaban. Aquel cambio no le gustó. Aquellas flores arcoíris le provocaban malestar. 

     

     La madrugada en la que acabaría en comisaría, Miguel se vio atraído por una desconocida fuerza hacia uno de los maceteros. Aquellas odiosas flores lo miraron burlonas. El hambre apretaba y, enfadado con el universo, arrancó una de ellas, la más descarada, y se la metió en la boca, y la masticó, sintiendo el amargor de sus jugos en la boca. Cogió otra, y otra después, y ya al final divisó una flor que le llamó la atención. Era una margarita radiante y elegante que lo provocó sin reparos con un aleteo de pétalos. Miguel se sintió abrumado por aquella dama que le recordó a su amada. Y la vio allí, veinte años atrás, un picnic de enamorados, una manta de cuadros, unos sándwiches de jamón y queso, tortillas, un poco cliché, un poco novatos y nerviosos ellos dos; y una enorme campa con cientos de flores, como una hermosa manta primaveral. Y también en aquella ocasión había una margarita, que ella, risueña como siempre, cogió y deshojó ante él, mirándolo pícara, y recordó como había finalizado aquello, con un "Me Quiere" en el último pétalo arrancado, con su sonrisa triunfante, su mirada penetrante y un beso sellando aquel amor que parecía entonces eterno.

     Miguel vio aquella margarita y la cogió ansioso. La sujetó cuidadoso y se sentó en un banco a mirarla bajo la luz de una farola agonizante. Empezó a llover, aunque él no sentía las gotas que le recorrían el cuerpo, la cara, la ropa. Él solo veía la margarita y en ella, a Ella. comenzó a deshojarla y a recitar la letanía prevista para cada pétalo : ”me quiere”, “no me quiere”, “me quiere”, “no me quiere”… Lo hizo con lentitud, temeroso de la sentencia que le cayera. 

     “¡¡¡ME QUIERE!!!”. Su histriónico grito resonó entre las paredes de los edificios de alrededor. Y siguió gritando aquello, riendo, celebrando, bailando, saltando... Hasta que los agentes se lo llevaron. Y aún entonces continuó sonriendo como hacía tiempo no hacía, como nadie recordaba haberle visto hacer, porque ella, ahora lo sabía, lo seguía amando.

Publicado la semana 44. 07/11/2021
Etiquetas
desamor, Mendigo, Limosna, Margarita, Deshojar
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