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SuHa

¡Que no me miras!

— Mamá, ¡mírame! — gritaba la niña.

     La madre, sin embargo, estaba enfrascada en una poco amable charla telefónica con el padre de la criatura. Cuando colgó, resistiendo el impulso de lanzar el móvil contra la pared y hacerlo añicos, miró hacia la piscina a través de la cristalera y la luz volvió a sus ojos. Aquel ser maravilloso hacía que todo valiera la pena.

 

     Cuando la pequeña salió del cursillo corrió a sus brazos. 

     — Mamá, ¿lo has visto? He caminado sobre el agua, ¿lo has visto?

     — Sí, cariño, claro que sí — respondió ella automáticamente, agarrando su mano para acompañarla a los vestuarios.

     Mamen ni siquiera había oído lo que su hija le había dicho; su cabeza giraba en torno a la discusión que acababa de mantener con su ex.

     — Mamá, nadie más lo ha visto. Ha sido cuando todos iban hacia la piscina mediana, donde hemos nadado con los churros. Si me miran no funciona. Bueno, menos tú que me has visto.

     Mamen sonreía viendo la felicidad intrínseca de su hija irradiar. La besó en la frente. No tenía ni idea de lo que hablaba, pero igual daba.

 

     Aquel fin de semana les tocaba juntas y el sábado por la mañana, al despertar, la pequeña corrió a apurar los últimos minutos de descanso en la cama de su madre.

     — Mamá, he pensado que hoy que hace bueno podíamos aprovechar a ir al río ese que te gusta y así tú tomas el sol y yo pruebo a andar sobre el agua, que el otro día en la piscina no me salió y cuando se lo conté a mis compañeros se rieron. Cuando vean cómo sí que le hago van a alucinar, mamá.

     — ¿Caminar sobre el agua, mi niña? — preguntó incrédula Mamen.

     — ¡Pero si el otro día me viste! ¡Dijiste que me habías visto! — se enfadó la chiquilla.

     — Vale, vale— intentó calmarla la madre—. Iremos al río.

 

     El sol quemaba la piel cuando tan sólo eran las once de la mañana. El día prometía. Aparcaron cerca del río, aunque a suficiente distancia como para permitirse un paseíto corto hasta allí. Buscaron una zona tranquila donde aun no había nadie y allí montaron todo el campamento: toallas, cremas, algo de picoteo, una pelota… Se respiraba tranquilidad en aquella zona, al fin. Era lo único que Mamen de verdad llevaba ansiando, inconscientemente, durante los últimos meses. La peque había tenido una muy buena idea. Aunque le preocupaba un poco aquello que repetía constantemente sobre caminar encima del agua. A ella, que no era religiosa, aquello le sonaba demasiado a Jesús. ¿Habría visto algo en la tele? De cualquier modo, estaba segura de que aquel día podía bien servir para borrarle aquellas ocurrencias de la cabeza y ver si es que tenía alguna preocupación a la que ella no había sabido responder y que la estuviera llevando a intentar llamar la atención de aquel modo. 

     — Mamá, ¡voy a caminar sobre el agua!

     — Sí, cariño, anda a ver.

     Esta vez no lo dijo sin pensar. Se dijo que era mejor dejar que ella misma comprobara la imposibilidad de lo que pretendía y así después, tranquilamente, podrían mantener una charla. Se echó en la toalla y la miró mientras se lanzaba al agua y chapoteaba. ¿Cuándo se había convertido su bebé en niña, su niña en aquella personita que caminaba sin remedio hacía la pubertad?

     — Mamá, ¡mírame! —gritó la pequeña al tiempo que el móvil de Mamen comenzaba a sonar.

     Corrió a revolver la mochila, en su busca, poniéndose cada vez más nerviosa.

     — Mamá, ¡que no me miras!

     — Que sí te miro cariño, que sí — mintió. Estaba con la cabeza metida en la mochila, poniéndolo todo patas arriba; imposible ver nada fuera de ahí. Al fin encontró el dichoso aparatejo, justo cuando dejaba de sonar. Bufó. La llamada era del jefe, en sábado, jo*, ¿es que no tenía derecho a descansar un poco? Puso el móvil en modo avión; y "San Se Acabó". 

— ¡Mamá! — gritó, por enésima vez, la niña.

     Mamen alzó la vista justo cuando la niña terminaba de cruzar el río, caminando sobre su superficie. Se levantó; rauda, blanca, con los ojos fuera de la cavidad. Gritó:

— ¡Prohibido hacer eso! ¡Prohibidooooo!

— Pero mamá, ¿por qué? — se defendió la pequeña. 

— Pues… ¡porque es imposible! ¡Por eso! 

Publicado la semana 42. 24/10/2021
Etiquetas
Niñez, Adultez, Imposible, Posible
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