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SuHa

En el metro

     Bajé las escaleras con desgana, trabajando sin éxito eso de la automotivación: “último día de trabajo, pequeña, vamos allá”. Era el último día antes de las vacaciones de verano; un verano para el que no había sido capaz de hacer aún planes, planes que quizás se limitarían a descansar, descansar de aquel odioso empleo que, sin embargo, pagaba mi independencia.

     La parada de metro estaba más vacía que de costumbre y, en realidad, apenas había caras conocidas; exceptuando, por supuesto, a aquella cuarentona de gafas de pasta negras vestida, como siempre, con exquisito gusto y despidiendo, como de costumbre, una fragancia desconocida que hacía pensar en primaveras lejanas de una niñez aún más lejana. Aquella mujer estaba siempre sentada por la mañana en el banco más alejado respecto a las escaleras que descendían al andén, siempre enfrascada en alguna lectura. Sus libros parecían ser cada vez más gruesos. No la vi jamás levantar su vista de ellos. No la vi jamás coger un metro. Por aquel andén pasaban  metros que iban, alternándose, a dos destinos distintos. Ella los dejaba pasar todos y yo terminé por determinar que iba a la parada a leer. Quizás no soportara la soledad de su hogar, y le atronara los oídos el silencio de la biblioteca, y el aire libre le pareciera peligroso, o amara profundamente estar bajo tierra, o esperara la vuelta de algún amor perdido. Ahí estaba, siempre, inmutable; era una roca.

     Por lo demás, no vi a la gente que habitualmente cogía el metro a esa misma hora. Ni siquiera estaba Maite, mi compañera de trabajo que siempre me acompañaba en el viaje. Miré mi reloj, por si se había atrasado o adelantado. No me gustaba llegar tarde pero tampoco demasiado pronto, porque la primera que llegaba hacía el café y a mí me gustaba llegar y servírmelo directamente; de hecho habría sido fantástico tener un encargado de servirlo también, un secretario o un mayordomo, que ésas no eran horas de hacer nada. Y si llegaba tarde mal también, porque a veces me quedaba sin él.

     Aparentemente andaba bien de hora. Miré el reloj del metro, por si el mío estaba fallando, pero marcaba la misma hora exacta que el mío. No obstante, cuando miré el letrero vi que aún faltaban cinco minutos para que llegara mi metro. Extraño, siempre era puntual: 7.22. Hoy pasaría a las 7.25. Me sentí de pronto en el país de las maravillas de Alicia; eran demasiadas las anomalías. Quizás Maite se hubiera dormido, pero, ¿el resto también? ¿Estaba en el cuento de la Bella Durmiente o qué? Le mandaría un mensaje y a ver.

 

     Maite escuchó su móvil vibrar dos veces. Un mensaje. Aunque hacía un rato ya que no dormía, seguía echada en la cama estirando un poquito más el tiempo hasta que empezara el día. No se molestó en coger el aparato porque, a ver, ¿quién narices escribía a esas horas en festivo?

 

     Esperé conectada un par de minutos mirando la pantalla del teléfono. La última vez que Maite se había conectado había sido la noche anterior y no parecía haber oído el mensaje, que constaba como entregado (doble check). Se había dormido seguro; que no le pasaba nunca, pero oye, siempre hay alguna vez.

     Al fin llegó mi metro. Paró, pero las puertas no se abrían. Aquellos cacharros fallaban cada día por una cosa distinta. Al fin empezaron reaccionaron, y las pocas personas que esperaban en el andén empezaron a entrar y tomar posesión de sus asientos, exceptuándome a mí, pues la puerta que trataba de hacer que se abriese se me resistía. Empecé a impacientarme y a presionar con más fuerza el botón, pero viendo que no funcionaba fui corriendo hasta la siguiente puerta. Ya todos se habían metido dentro y el metro comenzaba a pitar avisándome de su inminente cierre. Y me quedé a las puertas, con dos palmos de narices, viendo escapar el metro al tiempo que maldecía al conductor que, estaba segura, me observaba divertido por el retrovisor. Me senté en un banco a esperar de nuevo. Díez minutos; tendría que hacer café de nuevo, pero quizás así le daba a tiempo a llegar a Maite e íbamos juntas; tarde pero juntas.

     La gente empezó a amontonarse en el andén de nuevo, esperando sin duda el metro siguiente, que a mí no me servía; su atuendo no dejaba lugar a dudas. Todos iban con sus bolsas de playa, sus pantalones cortos, su aroma a crema. Qué envidia. El siguiente metro apareció en seguida y se tragó a la mayoría de los que esperaban conmigo. Entre ellos me pareció ver a lo lejos a una mujer del departamento de contabilidad de la empresa, de esas que no llegan nunca puntuales, que les gusta eso de llegar tarde. Habría pedido el día, supuse, porque iba sin duda a la playa, vistiendo ya una enorme pamela rosa que desentonaba desde lejos.

     Las puertas no se cerraban. Luego se cerraron, excepto la que quedaba frente a mí, que permanecía abierta. “Sube”, la oí llamarme. Qué locura… “Si no llevo bañador, y tengo que trabajar, ¿a dónde voy a ir? “, contesté, porque aunque me resultó extraña la llamada, es de mala educación no contestar cuando le hablan a una. “Sube” repitió la puerta. Y todos los viajeros, de pronto, giraron sus cabezas hacia mí, escrutándome, apremiándome para que subiese de una vez y dejara de entretener al metro. La llamada tenía tanta fuerza que, sin ser consciente a penas, fui dando pasos hasta la puerta mientras todos los pasajeros asentían con sus cabezas. De repente, comenzó a sonar el pitido de la puerta que anunciaba su cierre. Y en ese momento reaccioné, desperté del hechizo y desanduve lo andado aprisa, mientras  los demás volvían su mirada de nuevo a sus cosas y la puerta que aún permanecía abierta me despedía con tristeza.

     Me quedó un sentimiento extraño. Me quedé parada en el andén sin poderme mover. Permanecí allí parada con la mente perdida en algún lugar que no recordaría después. Incluso la mujer lectora levantó la vista de su libro para observarme, sólo brevemente; sentí sus ojos en la espalda.

     Y llegó el siguiente metro. Una mujer abrió la puerta que quedaba frente a mí desde dentro, para salir ella, y me esquivó como pudo a mí, que permanecía aún inmóvil, soltando un quejido malhumorado. Reaccioné  a tiempo de montar antes de que cerraran.

     Cuando llegué a mi parada y pulsé el botón para salir, de nuevo la puerta se resistió pero, como al montar, terminó cediendo al pulsar el botón una mujer que, a mi lado, había comenzado a ponerse nerviosa por mi aparente ineptitud. Salí y vi un andén extrañamente solitario. ¿Es que solo yo iba a trabajar hoy? Antes de que alcanzara a plantearme nada más, recordé que ya iba tarde y comencé a correr escaleras arriba.

     Salí de la boca del metro y vi varios locales que siempre solían estar abiertos a esa hora con la persiana echada. La cosa era realmente extraña, pero iba demasiado tarde para parame a pensar en metafísicas. Estaba segura de haberme quedado ya sin café. Corrí hasta mi trabajo sin conocimiento y al fin llegué hasta mi piso, echando a perder con aquella carrera lo mucho que me había arreglado que día; sudando toda mi ropa y sintiendo mi maquillaje disolverse en mi cara y caer hasta el cuello. Arreglar aquello iba a costar lo suyo. Mierda. Ya habían apagado la luz del office. me había quedado sin café; tendría que hacer más. El día estaba torcido desde bien temprano. Aceleré hasta la oficina y vi que las luces estaban apagadas, la cerradura echada… ¿Pero qué día era, a ver?

     Justo entonces me vibró el móvil. Un mensaje. Maite : “Tía, es fiesta, ¿dónde estás? No me digas que has ido a trabajar”. Y todo encajó entonces, porque el día anterior mis compañeras habían traído picoteo y bebida, pero yo ni siquiera lo probé, tenía mucho trabajo y… Celebraban el inicio de las vacaciones porque el día siguiente era festivo, maldita fuera. “Vengo a meter unas horas que debo, tranki”. Antes muerta que reconocer que me había equivocado, que me conocía bien a aquellas arpías que tenía por compañeras. “Venga nena, el universo lo ha querido así”; la cosa requeriría dosis extra de positivismo y autoengaño aquel día. Saqué las  llaves y abrí la oficina.

Publicado la semana 34. 29/08/2021
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