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SuHa

Ayuda

     Cuando la miré, sin pretenderlo, posando la mirada en ella por inercia, porque me quedaba a mano, igual que podría haberlo hecho sobre cualquier otra persona o cosa, solo por situarme en la realidad y salir un momento de la historia que leía, ella me sonrió extrañamente. Abrió la boca y me enseñó unos dientes amarilleantes que se apretaba los unos a los otros rechinando, sin que de aquella expresión manara ningún atisbo de felicidad. Nunca antes la había visto. Estaba sola, sentada al otro lado de la mesa más cercana a la mía, frente a mí prácticamente, a solo dos mesas y un par de sillas de distancia. No estaba segura de cuánto tiempo llevaba en el local, porque no me había enterado cuando llegó, abstraída como estaba leyendo. Sin embargo, no tenía duda de que no estaba allí cuando llegué y deduje también que no debía hacer mucho que ocupaba aquel lugar, ya que bebía un café con leche en vaso que permanecía aún intacto; demasiado caliente todavía para que ella osase echarle el diente, supuse. Frente a su café había otro vaso, lleno de lo que parecía un whisky con hielos, también sin aspecto de haber sido catado aún. ¿No era un poco pronto para beber? Su acompañante andaba fuerte… Sonreí para mis adentros recordando las mañanas resacosas de los domingos, en mi no tan lejana pero sí tan alejada juventud, desayunando cerveza. Ya no andaba tan fuerte yo.

     La mujer se dio cuenta de que había captado mi atención con aquella sonrisa forzada, y es que sin darme cuenta llevaba ya un rato sin despegar mis ojos de sus dientes. Entonces levantó las cejas en lo que parecía ser otra señal más para mí, otro saludo. Seguidamente levantó con cautela la mano derecha, de forma que asomaba solo ligeramente sobre la mesa. Puso la palma de la mano en dirección a mí, con el pulgar metido, y comenzó a doblar los cuatro dedos restantes sobre la parte superior del pulgar, una y otra vez, como si estuviera saludándome de un modo infantil; algo así me pareció. Pensé que probablemente se trataba de una mente enferma. Le devolví el saludo al tiempo que esbozaba para ella una sonrisa lastimosa que trataba de no ser tal.

     De repente su expresión cambió, se contrajo, y un hombre cuyo rostro no alcancé a ver tomó asiento frente a ella, impidiéndome verla. Decidí entonces continuar leyendo en mi eBook aquella novela de intriga tan interesante que me había enganchado desde el principio; una recomendación de una amiga que me conocía bien. Mientras, apuraba las últimas gotas de un café ya frío; de todos modos era sí como me gustaba tomarlo. De nuevo me impliqué tanto en la historia que perdí la noción del tiempo y olvidé el lugar en el que estaba. No sería la primera vez que llegaba tarde al trabajo por entretenerme leyendo durante el descanso. Pero el encantamiento se rompió bruscamente cuando oí la silla del hombre sin cara arrastrándose sobre el suero entarimado de la cafetería. Levanté la vista de forma semiautomática y busqué, inconscientemente, su cara, curiosa. Un rostro atractivo y simpático me sonrió entonces, algo ajado por la edad y el sol, pero aun así con un inusual magnetismo en él. No obstante, algo no me resultó armónico, como si fuera un Lego que había equivocado una de sus piezas. Le sostuve la mirada, quedé enganchada a ella; mi subconsciente era de repente Sherlock Holmes tratando de interpretar señales aparentemente inconexas y contarme una historia que pudiera entender; encontrar las siete diferencias, la última palabra oculta en una sopa de letras.

     Cuando me quise dar cuenta, de vuelta en la realidad, los dos estaban de espaldas, se marchaban ya, el hombre y la mujer, de la mano. Pero no era natural, la forma en la que iban… Me pareció que él agarraba la mano de la mujer como si se tratara de una niña inquieta que uno teme se escape corriendo hacia la carretera. No hablaban entre ellos, en realidad no me había parecido escucharles hablar en todo el tiempo que les había tenido como vecinos de mesa. La campana colgada de la puerta tintineó cuando abrieron la puerta del local para marcharse. Me quedé un tiempo mirándolos a través de la puerta de cristal, tratando de comprender qué no comprendía, qué me tenía tan inquieta.

     Me estaba obsesionado un poco con aquellos dos, resolví pronto. Debía de ser la influencia de la novela que tenía entre manos… Hice un enorme borrón en mi mente, a veces ha de ser así; y decidí volver a mi libro para despejarme y cambiar de tema, a veces ha de ser así. La protagonista estaba a punto de descubrir algo importante para la trama; tenía que leer sólo una página más, apenas una y terminaría el capítulo, pero… Maldita sea, me había pasado ya diez minutos de mi tiempo de descanso. Recogí apresuradamente mis enseres, di un último sorbo a aquel café congelado ya y salí pitando del bar. La pareja de antes estaba en la parada de taxis, esperando. La mujer me miró, pero yo no podía prestarle mucha atención a ninguno de los dos en aquel momento, ya llegaba suficientemente tarde. No obstante, mientras corría rumbo a la oficina, el viento me trajo algunas palabras con voz de mujer que, aunque de nuevo no llegaba a entender, me parecían tener sentido y sentimiento y… Paré en seco. Y vi donde residía el problema: aquella mujer parecía normal, muy normal, demasiado normal para saludar a cualquier extraña, y de aquella extraña manera… Bueno, de todos modos qué sabía yo de nada… Además, incluso quizás nos conocíamos y mi despistada mente lo había olvidado para centrarse en cosas más útiles para mí día a día… Mi mente se aceleró. Traté de hacer memoria, pero no me sonaba de nada. La imaginé rubia, la imaginé más gorda, más flaca, más joven, con otra ropa… Nada. Pero entonces caí en algo que sí me sonaba: el saludo con la mano. Aquel saludo sí lo había visto en alguna parte. No era el típico saludo de niño, ahí había más. Sin embargo, era complicado ubicarlo. Por mi profesión como periodista y redactora, a menudo haciendo las veces también de correctora, tenía siempre un batiburrillo de informaciones entremezcladas en la cabeza en el que costaba poner orden. Pero no había duda, lo vi claro, estaba segura de que había tratado con algún texto o vídeo o reportaje o algo en el que aquel saludo aparecía, se describía, alguna foto… ¿Algo de los masones? Algo de… Seguí intentando rememorar y, como una aparición repentina, una visión ocupó toda mi mente sorpresivamente, dándole a mi cerebro la luz que le había faltado hasta aquel momento para interpretar un detalle más de todo aquel episodio… La sonrisa de aquel hombre. Algo fallaba en ella, efectivamente… Algo no encajaba: los ojos no sonreían. Seguramente era el vecino amable que siempre saludaba, pero la realidad era que su mano apretaba la de su acompañante con demasiada fuerza; no era cariñoso, no era afectuoso, era un gesto más bien de dominación… Todo encajó como en un puzle.

     El reportaje sobre la Señal de Ayuda lanzada por la Canadian Women’s Foundation. Yo incluso había salido en la maldita televisión hablando del tema, siendo la cara visible para millones de espectadores. Era una señal de ayuda para las mujeres que sufrían una situación de peligro, que necesitarán ayuda, para llamar la atención de alguien que pudiera, de algún modo, socorrer las. Y ahora, a la hora de la verdad…

     Me giré bruscamente. No veía a la pareja: se habían metido en un taxi que justo entonces arrancaba. Mis pies iniciaron una carrera que no podía permitirme perder. Reuní todas las fuerzas que tenía y me concentré en usarlas todas para llegar a tiempo. Pero nunca he sido una gran corredora… Apenas había recorrido unos pocos metros cuando resbalé y caí al suelo. No me importó; me levanté de nuevo y continué corriendo mientras sentía la sangre brotar de mis rodillas. Corría todo lo rápido que me era posible. Vi que el taxi había iniciado ya la marcha. Mire alrededor: mi única esperanza era que el semáforo que había a pocos metros se pusiera en rojo y el coche se detuviera. Seguí corriendo y el semáforo, como obedeciendo a mis deseos, me dio un pase: se puso colorado. “¡Bien!”, pensé sin saber muy bien cuál era mi plan si alcanzaba a alcanzar al vehículo. Y es que lo cierto era que me estaba acercando mucho al coche; incluso ya podía ver claramente la silueta de la pareja, sentados uno junto al otro en los asientos traseros. Sentí el cuerpo llenándoseme de adrenalina, de esperanza, de euforia: ¡lo iba a lograr!

     Y entonces, en una único segundo, a veces ocurre, todo se vino abajo.

     A través de la luna trasera del coche vi al hombre girar la cabeza. Clavó sus ojos llenos de fuego en mí al tiempo que mostraba una descarada sonrisa de oreja a oreja. Entonces alzó la palma de la mano en dirección a mí, con el pulgar metido, y comenzó a doblar los cuatro dedos restantes sobre la parte superior del pulgar, una y otra vez.

     Me quedé parada, paralizada.

     El semáforo se puso en verde y el coche arrancó.

Publicado la semana 31. 08/08/2021
Etiquetas
Maltrato, ayuda, Señal
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