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SuHa

Mi Ella

     El encargo era claro, pero estaba dispuesto a tirarlo todo por la borda. La llamada de mi madre había sido como arenas movedizas para los cimientos de mi vida; acomodada, sí; insípida y sosa, también. Que estaba loca, decía; que oía voces, añadía; ella, mi ella.

     Llevaba demasiado tiempo siendo el cordero modelo. Pero si se la querían llevar… Y sí, se la querían llevar. Tras las comprobaciones oportunas en los departamentos que correspondían, dando demasiadas excusas para justificar mi curiosidad… Sí; se la querían llevar, porque era especial. Eso ya lo sabía yo, que era especial.

     No lo iban a hacer. Y para eso estaba ya de camino a donde no me esperaban ver volver: a mi barrio de siempre, del que mi trabajo, tan bien remunerado, tan mal visto (o no visto, más bien), me había alejado, hacía tiempo, y en lo que parecía entonces un “para siempre”. Pero ahora…

 

Y así, hablando en rima,

Dejo escapar todo lo que me mina.

Los gusanos que agujerear mi cerebro,

Huyen cuando los verso.

Y yo me mantengo en esta cuerda,

Acercándome sin frenos

A la definitiva rotura,

De mi cordura.

 

     Ella. No ella. Ahí estaba, como siempre, como nunca antes.

     — Ha perdido la chaveta, Iñigo. No le des más vueltas – Marcos, el invariable Marcos, el eterno camarero, la única ancla fija en aquel barrio que parecía haber mutado en mi ausencia. No me atreví a replicar. No cuando, de hecho, yo mismo me peleaba con esa idea desde que la había visto entrar en el bar y no parecía haber hallado nada reconocible en mí.

     No podía dar crédito. Parecía tan ella como en mis recuerdos, pero dentro de aquella cabecita, tan alocada entonces, tan loca ahora, algún ocupa indeseable habitaba sus pensamientos. Sentada al otro lado de la barra, leía la misma página del diario desde que había llegado; y de eso hacía ya media hora. El zumo (de piña, como siempre le había gustado), sin haber sido catado aún, la esperaba caliente y baboso, intuí, dentro de un vaso de tubo ajado ya por las lavadas, más opaco que transparente. Sus brazos, apoyados sobre la barra, demasiado delgados, parecían pegados a ella por su quietud. No me habría extrañado, de hecho, que lo estuvieran.

 

¿Qué hace ahí,

ese cerdo?

¡Viene a por mí!

¡Es uno de ellos!

 

     Nos encantaba hablar en verso. Era un secreto, nuestro. Un tesoro, como todo lo que compartíamos. No sé en qué momento empezó a resquebrajase todo. Quizás hacía tiempo que teníamos que hacer demasiados equilibrios para mantener la embarcación a flote. Y cuando lo que más queríamos, antes si quiera de que le pudiéramos poner cara, se esfumó, sin más, cada uno decidió llorar hacia un lado: tú siempre miraste al sur, y yo norte, NORTE.

     Hui, es cierto; pero tenía más razones que el dolor de nuestra pérdida. Sólo ese trabajo garantizaba que mi madre lo tendría todo, cuando estaba a punto de quedarse en nada. Hubo muchos factores (muchas excusas).

 

     Vacié el vaso de un trago. No podía recordar cuándo había sido la última vez que había tomado un whisky solo; mi trabajo exigía sobriedad. Quizás el día antes de decirle adiós. Y es que ahora sentía que me despedía de nuevo, tratando de cortar de un tajo el hilo rojo que siempre creí que nos unía, aunque fuera con un cuchillo desafilado y roñoso.

     — Marcho, Marcos. Me ha encantado verte, tío – mi eterno confesor tras la barra, aunque yo ya no podía confesar nada, precisamente cuando más había por decir. Y mientras le agarraba el puño, nuestro saludo de siempre, conseguí retener una lágrima que ya se fugaba. Por nosotros y por ella, por lo que ya no era ninguno de nosotros. Los fuertes se beben las penas.

     — ¿Ya has visto a tu madre?

     — No, ahora me iba a acercar. Chipirones en su tinta dice que me ha preparado.

     — Es un once.

     Mi madre… Lo único que me había hecho dudar… Cuando aún pensaba que la podría salvar…

     Al salir pasé innecesariamente cerca de mi ex-ella, para comprobar si aún podía sentirme, si aún me reconocería, a pesar de que su mirada me había traspasado dos o tres veces ya. Un último intento. Y, de paso, ver si aún olía como en mis recuerdos, si su pelo aún me erizaba la piel.

     No se movió; ni se inmutó. Yo sí. Su olor, el de siempre, me agujereó repentinamente el pecho. Su pelo, como siempre, erizó cada cabello de mi cuerpo. Pero apreté los dientes y salí a la calle.

     La brisa helada me despejó la mente y pude pensar con claridad. Ella ya no era ella. “Asúmelo y ya está”.

 

Se va,

Qué pretende

A qué juega

Sé que trata de cogerme

 

     Juraría que la vi moverse en el taburete a través del cristal y, sin embargo, cuando me giré su mirada seguía inmóvil, fija en el periódico.

     Cogí el teléfono e hice la llamada. Cambio de planes. Sin causa justificada, al fin y al cabo, no merecía la pena tirarse por ningún acantilado. Yo no era más que un intermediario entre mandamases y mercenarios, un correveidile del montón, me justifiqué (aunque no me creí). Si no lo hacía yo, otro se encargaría. “Ella es otra ahora, una desconocida, una cualquiera”, me recordé (aunque sabía que no me perdonaría). Se la iban a llevar, porque era un peligro, porque percibía lo que nadie podía y, sobretodo, por no querer colaborar, por querer hablarlo todo. Ella siempre fue la valiente de los dos. Por eso estaba dispuesto a no cumplir, a arriesgándolo todo, a ser osado yo también, por una vez. Pero ella ya se había ido, ella sola, sin ayuda de nadie, se había esfumado. Si hubiera llegado antes… Si nunca me hubiera ido… Pero no iba a sacrificar a mi madre… sin motivo.

     — Tengo un encargo. Te doy datos.

 

Hijo de tu madre,

Siempre fuiste un cobarde.

Toda la vida huyendo

Y ahora vienes a eliminarme.

¡TROZO DE MIERDA!

 

     Y entonces siento una brisa tras de mí. Y la huelo, y me giro. Estamos frente a frente. Me mira y me fulmina. Y, aunque todo esté ya perdido, me alegro de que ella, en realidad, sea la más cuerda de todos. Y aunque ya no haya tiempo para explicaciones, si es que esas tienen cabida, me alegra comprobar que sigues siendo de los buenos.

     Suenan las sirenas, y vienen, a por ella. Intenta huir, pero la agarran fuerte, y yo me quedo anclado en la acera, viendo cómo, de nuevo, le he jodido la vida. Siendo de nuevo el cordero de siempre: mirándola a los ojos y sin ayudar, COBARDE. Intenta gritar, pero se lo impiden; y a su paso, nadie dice nada, nadie se sorprende. Y es que todos sabían ya que estaba loca, y las cosas que decía, y su mirada perdida… "Por algo se la llevarán". 

     Y yo me hundo en la acera, paralizado. COBARDE, me repito. Y, esta vez sí, se me escapan las lágrimas, directamente desde donde pretendía tener un corazón. Pero sigo quieto. Yo nunca fui el valiente de los dos.

Publicado la semana 30. 01/08/2021
Etiquetas
Locura, Complot, Mente
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