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SuHa

Una plantita de recuerdo

     No le quedó otra que irse. A pesar de que sus deseos eran otros, de que habría tirado todo por la borda, de que no le importaba el qué dirían; a pesar de todo eso al final partió. Al menos eso fue lo que me dijo y eso fue lo que yo le creí a pies juntillas. Había de marcharse y no podía explicarme por qué. Pensé que quizás estaba casada, que tenía otra vida paralela, hice tantas hipótesis de toda índole, plausibles y descabelladas, que a menudo me sentía una novelista tramadora de tramas. 

     No me pidió que la esperara, ella nunca pedía nada; quizás por eso se lo di todo y quizás por eso la esperé; también porque prometió volver, aunque fuera con la boca chica y susurrándomelo tan bajito al oído que a menudo pensaba que quizás solo lo había imaginado.

     La última vez que nos vimos antes de que se fuera, después de aquel efímero verano de amor, me dio de recuerdo una plantita pequeña. Aunque nada tenía de especial la cuidé con un esmero que nunca antes había puesto en cuidar a ninguna otra. Fue la única que me sobrevivió, pues las escasas plantas que la habían precedido corrieron una horrible suerte. No era lo mío la jardinería. Pero aquella planta tan del montón era para mí ELLA. Con ella hablaba como si mis palabras pudieran llegarle a través suya. Le cantaba, le susurraba y le daba los mejores abonos; descalificaba el agua con que la regaba, adornaba su tierra con pequeñas figuras artesanas de porcelana y pasaba mis ratitos muertos decorando su maceta: pintándola, poniéndole pegatinas… La saludaba al llegar a casa, la besaba en la noche, la despedía con cariño si me ausentaba. Jamás dejé que pasara una sola noche sola, mi pequeña... 

     Al principio a la planta se la veía pletórica, pero con el tiempo fue decayendo, y yo también fui perdiendo el ánimo y la esperanza. Contra todo pronóstico, no obstante, le salió un flor rosa fucsia de proporciones descabelladas, maravillosa, al tiempo que el resto de la planta se iba ajando y marchitando, como si la flor le estuviera chupando la sangre. Primeramente era un capullo minúsculo. Después creció y fue abriéndose y descubriendo su belleza y, al final, mostró todo su esplendor, sorprendiendo a todo visitante que tenía por su aspecto y su aroma meloso, relajante, primaveral, hipnótico, indefinible en palabras; sólo Patrick Süskind fue capaz de describir talentosamente los olores en El Perfume. 

     La planta, no obstante, continuaba estropeándose hasta que fue poco más que un montón de cables pelados sobre la tierra humedecida que sostenía a duras penas aquella grandiosa flor.

     Nadie supo decirme qué clase de flor era aquélla, nadie parecía conocerla ni haberla visto jamás antes; ni siquiera uno de mis amigos, el mayor experto que yo conocía en plantas y flores. Pero un día el enigma comenzó a resolverse cuando, al entrar en casa por la noche, recién llegada del trabajo, pillé a la susodicha cazando un mosquito que zumbaba por la habitación, al vuelo. ¡Con razón aquel verano estaba librándome de las picaduras! Desconcertada, solo me salió decirle “¡buen provecho! ”, mientras repuganada la oía masticar. La flor se giró entonces hacia mí, como sorprendida, como si la hubiera cogido in fraganti, como si se sintiera avergonzada. Al momento escupió al bicho, o más bien su cáscara triturada, pues ya había extraído y rechupeteado todos sus juguitos.

     ¿Quién regala a su amante una maldita planta carnívora? Una que, por cierto, no aparecía en ninguna guía, totalmente desconocida. El misterio continuaba. 

     Dos días después del episodio del mosquito vi cómo, en mi presencia ya y sin pudor alguno, cazaba y devoraba un enorme abejorro. Lo hizo poco a poco, gozando con la lenta tortura que llevaba a cabo. Aquella visión despertó en mí un desasosegante pensamiento: el de que yo sería su próximo plato, tarde o temprano.

    Pero cuando se cumplían ya ocho meses desde que aquella chica mía se fuera, apareció. Volvió, tal como había dicho, cambiando mi negro destino. Inesperada y sorpresivamente, sin dar aviso alguno, llamó a mi puerta en mitad de la noche; al tiempo, de hecho, que el reloj marcaba la medianoche.

     Le abrí, pero al principio no pude reconocerla. Como el mosquito masticado y deshidratado que había escupido mi flor el día en que descubrí su carnivorismo, así la encontré a ella también. Su piel era grisácea, sus ojos se veían hundidos, su cabello seco, su cuerpo escuálido. La dejé pasar y contemplé cómo se derrumbaba sobre el sofá. Allí paso durmiendo dos días, sin que me atreviera a despertarla, aunque comprobara periódicamente, eso sí, si respiraba aún.

     Extrañamente y sin que fuera capaz de encontrarle explicación alguna, la plantita comenzó a revivir, los tallos a recuperar su intenso verdor. Ella también tenía mejor aspecto cuando al fin se levantó, al tercer día. "Cariño..." me susurró, como había hecho tantas veces; y yo, como siempre, me sentí derretir.

     Pasamos unos días de indescriptible felicidad, haciendo como solíamos castillos en el aire, sabiendo bien que todo ignorábamos la una de la otra y que así seguiría siendo; seguras de ir a incumplir cada una de nuestras promesas.

     “Ya no me iré más”, me dijo un buen día antes de que me marchara a trabajar, como si aquella simple frase fuera resultado de un largo y arduo proceso de valoración de pros y contras, “pero las cosas tendrán que ser algo distintas”.  Sonreí sin entender, sin saber si debía alegrarme o entristecerme su declaración. De cualquier modo, no la encontré allí al volver a casa. Había estado dándole vueltas a sus palabras todo el día y ya nunca dejarían de rondarme la cabeza, porque ella desapareció aquella mañana y ya nunca más supe de ella.

     La planta, no obstante, continuó recuperando su fuerza. La grandiosa y terrible flor fucsia, sin embargo, se marchitó con rapidez una vez mi chica misteriosa desapareció, perdiendo sus pétalos hasta quedar calva y caer reseca finalmente sobre la tierra. Un montón de mosquitos, abejorros y demás insectos aparecieron para devorarla entonces y vengar así la muerte de sus parientes. El banquete les dio para dos días enteros.

     Unos meses después la planta floreció de nuevo, pero con flores distintas esta vez: pequeñas, color sangre intenso y de forma acampanada. Nadie ha sabido reconocerlas, pero son inofensivas. De hecho, su única peculiaridad es, quizás, que a menudo me susurran al oído, tal como a ella le gustaba hacerme. Y yo me derrito, por supuesto. 

Publicado la semana 27. 11/07/2021
Etiquetas
Peter Pan, Haruki Murakami , Amor, Relato, despedida, Plantas
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