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SuHa

Calcetines

     Esto tiene que parar. No puedo continuar así.  Al principio ocurría solo de vez en cuando, pero ahora se ha convertido en algo diario. ¡Es de locos! Ya casi… No tengo calcetines.

 

     Todo empezó hace cosa de tres meses. Ocurrió entonces la primera vez. Me levanté a media noche para ir al baño y sentí el frío suelo entarimado de mi habitación al posar mi pie izquierdo en él, sin nada que lo protegiera. Había perdido mi primer calcetín. Supuse que estaría por la cama, entre las sábanas. Busqué y rebusqué mientras aguantaba estoicamente la orina dentro de la vejiga. Pero la búsqueda no daba frutos, así que me rendí y fui al servicio cuando la situación se puso límite. A la vuelta continué buscándolo, pero nada. Cogí otro par del armario y me cambié; y seguí durmiendo. Pensé que, en fin, ya lo encontraría por la mañana. Pero no; aquel calcetín nunca volvió.

 

     La siguiente semana sucedió lo mismo. Esta vez me percaté de la desaparición al levantarme, ya por la mañana. Otro calcetín extraviado; el del pie izquierdo, de nuevo. Revolví todas las sábanas, quité la colcha… Nada. El mismo agujero negro se lo había tragado.

 

     Un nuevo episodio sucedió apenas cuatro día después. Despertaba con el pie derecho vestido, el izquierdo desnudo; siempre lo mismo. Empezaba a ser inquietante. Aquel día, que era sábado, decidí hacer limpieza y mudé la ropa de cama. Suponía que en algún recoveco se habrían quedado aquellos calcetines desaparecidos. Pero no. ¿Estaría volviéndome loco? Durante aquellos días únicamente yo había estado en casa, en principio y que yo supiera. Me parecía un sinsentido, de cualquier modo, que alguien entrara  en mi casa a robarme un calcetín en medio de la noche… ¿Un silenciosísimo demente con una sola pierna, quizás? Aquella constituía una hipótesis de lo más absurda, pero seguro que cosas más raras se habían visto-oído-conocido.

 

     Para mí no se trataba de un problema menor. Mi ropa era obligadamente seria-oscura-aburrida: trabajaba como comercial de una importante farmacéutica y aquel empleo no dejaba lugar a espontaneidad alguna: el uniforme que no había tenido que usar en el colegio era obligatorio ahora que, como adulto, en teoría, era libre de hacer lo que quisiera. Mis calcetines era lo único que mantenía aún de mí verdadero ser; lo único que me recordaba quién era yo debajo de aquel traje extraño: Bob Esponja, Spiderman, Batman… Eran todos protagonistas de mis pies. Por tanto, aquellos episodios me causaban un grave problema: no podía emparejar tales selectas prendas indistintamente, por lo que cada vez se estrechaba más mi margen de acción. Ya no podía elegir los calcetines libremente, ya no era solo el jefe quien mandaba sobre mí vestimenta, sino que se le había sumado también aquel monstruo de los calcetines que no daba la cara. Pikachu, Mario Bros y Crash Bandicoot ya se habían quedado sin pareja de baile.

 

     Las desapariciones eran cada vez más frecuentes, por lo que tomé una decisión: no pasaba nada porque Mi Little Pony y El Joker se hicieran amigos. Combinaría mis calcetines al gusto; buffet libre. Pero ocurrió que las desapariciones continuaron y, por combinarlos arbitrariamente, algunos pares desaparecieron por completo: adiós David el Gnomo, hasta luego Looney Tunes.  Cada vez quedaban menos, así que compré nuevos; de dibujos, por descontado.

 

     Pero la situación se volvió preocupante. Las desapariciones habían pasado a ser tan frecuentes que  ocurrían ya prácticamente cada noche y, aunque intenté mantenerme despierto, como si el mismísimo Freddie Kruger se me fuera a aparecer en sueños, en cuando Morfeo conseguía raptarme medio segundo mi calcetín izquierdo desaparecía de nuevo.

 

     Tomé otra decisión, la más dura  que había tomado jamás hasta entonces: renuncié a mis calcetines de dibujos. Lo sé, lo sé; para mí también fue duro; ya os he dicho lo que mis calcetines animados significaban para mí; pero los lisos negros y azules marinos eran más baratos (¡se me iba el sueldo en cubrepiés!) y Peppa Pig ya la había tenido con Willy Wonka, no quería más peleas de calcetines enamorados. "Sólo hasta resolver el enigma", me dije, "después volveré a ser yo, todo volverá a la normalidad". Pensé, además, que si me ponía aquellos calcetines aquel agujero negro dejaría de tragárselos, por insípidos. No obstante, me daba cuenta de que una nube negra se estaba posando poco a poco sobre mi cabeza: mi armario era gris, ya no había color, olía a naftalina. Me estaba convirtiendo en una sombra… Sin aquellos calcetines que me caracterizaban, ¿qué quedaba ya de mí en mí? ¿Podría dar marcha atrás después?

 

     Pero mi plan de los calcetines normales no funcionó; después de tanto sacrificio estaba prácticamente como al inicio.

 

     Y ahora la cosa ha llegado a su límite. Incluso en las siestas pierdo el maldito calcetín izquierdo. Echad cuentas. Esto es la ruina. He tomado la decisión más radical que podría: dormiré sin calcetines. Sé que hay mucha gente que lo hace así siempre. Pero yo he dormido con ellos puestos desde que tengo memoria. Incluso en verano, con 30 grados. Son para mí lo que la mantita de bebé para Linus van Pelt. Decir no a eso es básicamente negar mi existencia. Pero no queda otra. Ha llegado la hora de la verdad.

 

     Son las 6 de la mañana. Hoy trabajo. Suena el despertador y abro los ojos sobresaltado, sin saber aún quién soy. Hacía tiempo que no descansaba tan bien. De repente recuerdo todo, aprisa, y sonrío porque hoy no me faltará ningún calcetín, ni izquierdo ni derecho. Me incorporo, feliz. Miro orgulloso hacia mis pies. ¡Qué valiente he sido! 

 

     Y entonces lo veo… Ahí está… Un muñón en el lugar en el que solía tener mi pie izquierdo.

Publicado la semana 26. 04/07/2021
Etiquetas
calcetines, misterio, Desaparición, Adultez, Pérdida, Alineación
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