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SuHa

El opositor Rapunzel

     Nunca me había jugado tanto en unas oposiciones. Para mí siempre se había tratado de una especie de pasatiempo, un llenar el tiempo y la cabeza de algo tras acabar la carrera y, después de toda una vida estudiando, no saber qué más hacer, no encontrar un trabajo de mi gusto tampoco, no creer en ninguna de mis aptitudes, ni innatas ni aprendidas. Había estudiado Filología Hispana y hecho después un Máster en Escritura Creativa. Hay quien lo llama también “abonarse al paro”, pero era lo que me gustaba. Escribí relatos, los presenté a concursos que nunca ganaba, di algunas clases particulares a chavales con escaso talento, escribí una novela que envié a varias editoriales sin obtener nunca respuesta… Mientras tanto, para intentar mantenerme, oposité para básicamente “lo que se pudiera con mis estudios” sin saber muy bien en qué consistirían los trabajos que tendría que desempeñar. Las oposiciones eran para mí un estudiar lo justito, como había hecho casi siempre con casi todo. Además había que decir que aquello era un plomazo infumable. Yo hacía lo mínimo estrictamente necesario para continuar en listas e ir tirando, que me llamaran de aquí o allá, para unas horas, unos días, incluso tener la suerte de pillar una baja por depresión, que era como el gordo de los eventuales: muchos lo conseguían alargar hasta el año y medio. Además me gustaba la novedad que suponía el ir siempre de un lado para otro, aunque muchas veces fuera a costa de aguarme los planes a última hora o pasar largas temporadas sin apenas días libres, enlazando contratos imposibles. Al menos no me sentía atado. Pero las cosas habían cambiado de un plumazo.

     Fátima se había quedado embarazada. De repente todo se había puesto la mar de serio. Había una pequeña personita en camino. Fati hacía tiempo que estaba asentada, o todo lo asentada que se podía estar en la privada. En poco tiempo había conseguido que la hicieran indefinida (lo más cerca de ser fijo a lo que en su contexto podía aspirar) y había visos de que pudiera incluso ascender. En un campo como era el del diseño gráfico era un logro extraordinario. A su lado yo sentía que me había quedado atrapado en un limbo de incertidumbre: ni hacía lo que quería, ni quería terminar de resignarme a hacer algo que no era lo mío. Me daba cierta envidia, aunque bien sabía que ella había luchado por todo mucho más que Moi. En cierto sentido no quería entrar en aquel mundo al que denominan adulto:  aburrido, complicado, gris y lleno de deberes inexcusables. Y no obstante, cuando Fati pronunció aquel E-S-T-O-Y-E-M-B-A-R-A-Z-A-D-A la adultez cayó sobre mí cabeza como si fuera uno de los menhires que lanzaba Obélix. No necesité más que una ecografía que mostraba poco más que una alubia en blanco y negro para saber que no es lo mismo cuidar de ti que cuidar de una legumbre. Aquella cosa me necesitaba, sentía la gutural llamada de mi naturaleza animal. Y algo también cultural, totalmente característico del patriarcado occidental, me tocó a la puerta y me indicó que sobre mis hombros recaía la obligación de mantenerlo. Que yo era un chico moderno, que sabía que mantener a la criatura era cosa de los dos, que el amor y el tiempo dedicados es más importante que la tela, pero es difícil huir de lo que tan a fuego le han marcado a uno.

 

     Total, que decidí opositar, pero en serio. Ya no quería contratos eventuales de poca monta, iba a por LA PLAZA, a por el ansiado puesto fijo, y en una categoría de administrativo superior; iba a por todas. Tenía dos meses para preparar la primera parte del examen, que sería de tipo test con puntos negativos. Si la pasaba, venía la segunda, la prueba de fuego: examen de desarrollo de dos casos prácticos, fijado en una semana tras el primero. Como en aquel momento estaba sin contrato y cobrando el paro, tenía todo el tiempo del mundo para estudiar.

     Fueron meses duros, en los cuales decidí meterme en mi habitación a estudiar día y noche. Comía cualquier cosa, casi siempre cuando ya estaba fría, y únicamente me daba un día libre semanal, el domingo, como Dios, que hasta él se mereció descansar, y sólo por crear el mundo y alguna pijada más. Un mínimo de catorce horas diarias de estudio, non-stop

     Pero con el pasar de los días las fuerzas me iban abandonando y sucumbía a menudo al sonido de la tele en el salón. Me recostada junto a mi chica y hacíamos manitas mientras de fondo echaban algo en Netflix. Otras veces me acercaba a la cocina de forma inconsciente siguiendo el dulce olor de alguno de los platos que allí se preparaban; y picoteaba. Y perdía el tiempo, de paso. Iba al baño y me llevaba un sudoku para hacer. Me duchaba y aprovechaba para exfoliarme la piel, lo cuál no había probado nunca antes por desinterés total. O me hacía trencitas en la barba a lo Jack Sparrow, que hacía ya tiempo que me la estaba dejando crecer con orgullo, y admito que incluso se me estaba yendo de las manos…

 

     ¡BASTA! Una mañana me levanté consciente de que estaba autoboicoteándome y decidido a poner fin a mis propias trampas. Me encerré en la habitación e hice uso de su cerradura, con una llave que lancé por la ventana al patio vecino y que el perro del vecino engulló ipso facto. Qué bestia de American Stanford. Mi chica se asustó un poco al principio, pero yo le expliqué todo: estaba bien proveído de toda clase de comidas, había arrastrado hasta allí una vieja neverita que teníamos en el trastero. “Tranquila, que quedan solo tres semanas”. Me preguntó qué dónde orinaría. “Pues como en la edad media, por supuesto”. Que nos iban a denunciar, me contestó; pobre. Allí estuve una semana, finalmente, porque al terminar el séptimo día mi novia me tocó la puerta con urgencia:

     — Jorge, han llamado de una editorial. Están interesados en tu novela, te ofrecen mucha pasta cariño, y es de lo que te gusta.

     Para entonces yo era ya un autómata que recitaba de memoria la Constitución, la Ley del Procedimiento Administrativo Común y la Ley de Contratos del Sector Público de memoria, sin comerme ni una coma, sin comprender absolutamente nada, como hiciera con el Credo en catequesis. Tardé en reaccionar.

     — Soy un opositor — contesté.

     — Jorge, por favor, sólo vete a la cita, hoy a las cinco de la tarde, y a ver qué pasa.

     No. No iba a ir; no iba a ilusionarme una vez más y perder aquel estado de flujo que había logrado gracias a mi proceso de conversión. Ya casi era un perfecto miembro de la logia. Ella golpeó mi puerta con fuerza.

     — Sal de una vez, aséate y te vas; y no me rechistes.

     Lo dijo con tono de miembro alfa de la manada, y funcionó, eso siempre funciona conmigo; como si fuera un vulgar perrito del Encantador de Perros. Venga, voy. Pero había un pequeño problema… ¿Cómo iba a salir ahora? Qué minúsculo detalle… se me había pasado del todo: estaba encerrado y sin llave. Juro que hasta aquel momento nadie había pensado en esa problemática; ni siquiera Fati, que está acostumbrada a estar en todo gracias a mi personalidad descuidada.

     — Vale, cielo, voy a ir, pero tengo un problema: no tengo llave para abrir la puerta.

     — Pues la tiro abajo.

     — Cállate por favor, en tu estado…

     — Pues llamo a un cerrajero.

     — No hay tiempo.

     Pobre criatura la nuestra, ya estábamos provocándole traumas infantiles prenatales. Y entonces lo vi, hice mis cálculos, lo sopesé y la solución se me a pareció como la virgen en Lourdes.

     — Cariño, sal a la calle y ponte debajo de mi ventana.

     No puso pegas, no hizo preguntas; las hormonas del embarazo la tenían desconocida. Me asomé a esperar nervioso su aparición. Cuando la vi, eché mi larga barba por la ventana. De algo había servido mi insumisión al afeitado durante los últimos tiempos.

     — Ahora escala hasta mí— le dije.

     — En mi estado… — bueno, claro… — Y además ¿qué ganamos con estar los dos encerrados? — bueno, claro…

     Disney me había cegado. Pero me vi con aquella barba larga y todas las piezas encajaron en mi cerebro. Estaba claro que las leyes ocupaban demasiado espacio en él como para pensar con lógica. Menos mal que mi mujer estaba on fire.

     — Te voy a atar una cuerda a la barba, te la subes, la enganchas a algún lado y bajas por ella. 

     Así lo hicimos, muy normal todo. Cuando llegué al suelo mi mujer esperaba armada con la maquinilla de afeitar en la mano.

     — Lo del escritor loco es un mito, tienes que ir un poco decente.

     Y así fue como conseguí salir de mi torre de princeso.

 

     Pero a mitad de camino hacia la entrevista comencé a añorar la dulce objetividad de las leyes, en contra de la indomable creatividad. ¿Acaso no era mejor volver a aquella seguridad? Me paralicé. Hacía un día divino, apenas me había parado a pensar en ello, pero ahora sentía los rayos de sol en mi piel, la vitamina D sumando puntos, como si fuera Mario Bros golpeando un ladrillo flotante para conseguir monedas: un mg, dos mg… Miré a mi alrededor y vi los campos, las casas, la gente que paseaba, los niños que corrían, como si todo aquello sucediera por primera vez. Y me quedé allí sopesando qué haría, dejando que la hora concertada se acercara peligrosamente, como una novia indecisa que está predestinada a llegar tarde…

 

     Pero llegué a tiempo. Pero no me publicaron la novela. Me encerré de nuevo y saqué la plaza. Y a día de hoy, he de decir, no pierdo la esperanza. Hice unos retoques en el manuscrito y publiqué en Amazon… Quién sabe... 

Publicado la semana 25. 26/06/2021
Etiquetas
Rapunzel , sueños, embarazo, trabajo, Escritor, Opositar, Estudiar, Paternidad
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