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SuHa

Creí que... II

     Lo vi a lo lejos. Rebuscaba en otro contenedor. Daisy ladró de nuevo. A ella siempre le gustó él. Me acerqué lentamente, no fuera a huir de nuevo si veía que no me había podido dar esquinazo. Cuando estaba a un metro de él, su cuerpo absorbido por el contenedor casi hasta la cintura, esta vez el de tapa verde, el de deshechos comunes, habló.

     — ¿A ver, Elisa, qué coñ* quieres, cariño? — sacó la cabeza de la basura y el hedor que de él manaba me llenó los pulmones de un aire irrespirable. Me miró a los ojos, aguantándome la mirada, con sus ojos verde esmeralda, aquellos que siempre conseguían paralizarme; que consiguieron también esta vez hacerlo. Y me sonrió como siempre había hecho, de aquella manera totalmente irresistible. Daisy ladró y fue corriendo hasta él, su correa se me soltó de las manos.

     — Daisy, preciosa… — celebró mientras se agachaba para cogerla en brazos.

     — Hueles fatal, chico — los nervios me han jugado malas pasadas desde el inicio de los tiempos.

     — Tú no, señora burguesa — me miró de nuevo —. Las cosas te han ido mejor que a mí. Podrías invitarme a un café por lo menos.

     — O a una ducha — no quería ser una estirada, pero no podía ir a ningún lado con una mofeta recién sacada del vertedero.

     — ¿Te vas a atrever a invitar a este sucio mendigo a tu casa? Ya he visto cómo temblabas cuando te seguía, antes de reconocerme.

     — No hay que fiarse de los desconocidos, ¿no te lo han dicho nunca?

 

     Lo invité a casa, porque era un amigo, no cualquier mendigo. No tengo nada contra los pobres del montón, sólo que son desconocidos. Aunque tampoco iría nunca a un comedor social a ayudar, esa gente no tiene nada que perder, por lo que es peligrosa. Y huelen fatal. Pero eso me lo iba a reservar, no se lo iba a contar a Mario ahora que era del club… En realidad hasta que se hubo duchado y cambiado de ropa (alguna prenda que guardaba de algún amante pasado que no fui capaz de recordar) no le conté nada de nada. Preparé café y le esperé en el comedor mientras tomaba a pequeños sorbos el mío, con leche de soja sin azúcares añadidos.

 

     Hay que decir que lavado era otra cosa… Se sentó frente a mí y Daisy saltó hasta su regazo. Y charlamos. El comienzo fue extraño. Era él pero era otro, y yo no sabía hasta qué punto podía fiarme de aquel sentimiento de que nada había cambiado, o hasta qué punto quería sentirlo, más bien. Porque a ratos se mostraba algo extraño, como con una ira retenida, con la mirada oscurecida. Aunque cuando escuché la historia de sus últimos años me pareció justificado. Me contó cómo había llegado al punto en el que estaba: un trabajo estable, una hipoteca pesada, una boda feliz… Un despido por un “error” que no quiso detallar, una hipoteca que no pudo seguir pagando, un divorcio por otro “error” que no quería comentar... En sus palabras notaba tristeza e ira a partes iguales. Pero yo, que le había conocido antes de aquel declive, me empeñé como siempre en ver en ello la mala fortuna, la inocencia. Supongo que siempre he sido un poco como Bella, intentando dominar a las bestias.

 

     La cosa acabó como se veía venir, y se prolongó durante todo el día. ¿Por qué no? A la noche me dijo que se iba, pero yo no quería que volviera a la calle, al menos esa noche no. Se durmió junto a mí.

 

     Cuando sonó el despertador para ir al trabajo él ya no estaba. Me vestí rápido para sacar a Daisy antes de marchar y fui a por un café para llevar al bar de al lado de casa. Cogí la cartera para pagar y entonces lo vi: ni un billete. Sólo dos euros sueltos me había dejado el cab*, y porque esos estaban en un monedero aparte. Unos 200 euros me había robado, culpa mía que acostumbro siempre a llevar tanto. Al menos para el café me daba, qué vergüenza sino... En el espacio para los billetes, eso sí, me había dejado una nota: “Lo siento cielo, pero esto no es nada para ti y a mí me arregla muchas cosas”.  

 

     Yo le habría dado ese dinero sin problema, por eso me indigné un poco, por la desconfianza. Pero en fin, si con ello le había ayudado… Al muy cerdo…   El tiempo, la vida, No, no pasan en balde. Y él No, no era el de siempre ya… Ni YO, ni lo volvería a ser.

Publicado la semana 19. 16/05/2021
Etiquetas
Amor, Vida, Reencuentro, Pobreza, ayuda, Cambio
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