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SuHa

Creí que... I

     Era moreno de piel, aunque el color estaba potenciado por una capa de suciedad que no dejaba claro dónde terminaba lo uno y comenzaba lo otro. Su ropa se veía vieja y raída: un chándal de marca pasado de moda hacía más de veinte años que probablemente había sacado de un contenedor de ropa y objetos usados como en el que rebuscaba en aquel mismo momento. Era la mañana de un domingo de primavera precioso, demasiado temprana aún para que hubiera movimiento en esas calles aún resacosas del Saturday Night. Era uno de mis momentos preferidos de la semana: adoraba salir a pasear con mi perrita Daisy mientras la ciudad parecía tan desierta como en pleno confinamiento de marzo de 2020. Ahora que las juergas habían vuelto, una parte de mí no podía evitar añorar aquella cuarentena en la que todos creímos que nos convertiría os en un pueblo más solidario, más unido… Ilusos… El individualismo no tenía marcha atrás.

     De cualquier modo, cuando vi a aquel hombre me percaté del lado oscuro de la situación: ¿qué pasaría si me atacaba? Nadie había alrededor que fuera a poder socorrerme (aunque ya era mucho suponer que en aquellos tiempos nadie se jugará el tipo por otro nadie). Por supuesto estaba claro que Daisy, una yorkshire diminuta y tan asustadiza como el mismísimo Piglet de Winnie-the-Pooh, no iba a defenderme, y el silencio de la ciudad dormida se comería mis gritos, si es que a tanto me atrevía yo.

     Pero eso eran sólo miedos de mi mente a los que era mejor no atender, pues hacerlo era como regar un Gremlins psicótico. Pasaría discreta tras él y lo más seguro era que ni siquiera notase mi presencia, absorto como estaba, armado con un largo gancho metálico y un carro de supermercado al lado, en buscar algo de valor entre la porquería.

     De modo que pasamos a su lado y, aún con la distancia de seguridad debida, fui capaz de notar el olor que de aquel cuerpo emanaba: sudoroso, ácido. Quizás, no le había podido ver bien la cara, se trataba de un mendigo cliché: de esos que tienen como mejor amigo un cartón de vino temperatura ambiente.

     Entonces Daisy ladró. Aquella perra pacífica y temorosa ladró y echó por tierra mi plan de pasar lo más desapercibida posible. No me asustó tanto el hecho de que el desconocido andrajoso fuera a saber de mi existencia sino el que mi perra ladrara cuando jamás lo hacía. Me quedé mirándola sorprendida, sin entender, hasta que vi cómo Don Nadie comenzaba a girarse para mirarme. Inmediatamente me giré yo y apresuré el paso, tirando con fuerza de Daisy. Entonces noté pasos tras de mí, y supe que él me seguía. El corazón comenzó a latirme más rápido y un sudor frío a bañar mi espalda, mi pecho, mi frente. La respiración aumentó en frecuencia, porque sin darme cuente había acelerado el paso y prácticamente estaba arrastrando a Daisy, que se mostraba reticente a continuar caminando.

     — Perdone.

     Su voz me tensó aún más, como si una descarga eléctrica me recorriera de cabellos a pies.

     — Disculpe, se le ha caído esto.

     Me detuve. Sabía que era una trampa, no había duda, pero nada conseguiría fingiendo que la cosa no iba conmigo. Además, algo había comenzado a brillar en una minúscula parte de mi cerebro que, sin embargo, requería mi atención con insistencia. Me giré, sin atreverme a mirar al hombre, y dirigí la mirada a sus manos, a eso que él decía que se me había caído. Mi monedero, que acostumbraba a llevar en el bolsillo trasero del pantalón, una manía de tantas que, aún sabiendo desaconsejable, mantenía. Alcé la mirada hasta sus ojos. Mario. Esa luz en mi cerebro me avisaba de que yo ya conocía aquella voz. Era Mario, un ex novio al que hacía años que no veía. Un ex novio con el que yo rompí porque se rompió el amor, de buenas, y con el que mantuve una posterior relación de amistad durante años, hasta que él se marchó a otra ciudad por motivos de trabajo y la distancia nos enfrió. Daisy también lo había reconocido, ahora me cuadraba todo. Y Mario, por supuesto, ahora también me había reconocido. No sólo eso, también supo que yo lo había reconocido a él, y que yo lo había temido durante unos instantes. Supo cuál era la sensación que generaba en los demás cuando se vio en mis ojos. Me lanzó el monedero y yo lo cogí y me quedé parada. Él entonces bajó la vista y se dio la vuelta. Caminó deprisa hasta su carro y caminó en dirección contraria a mí demasiado apresuradamente como para que resultara natural:  huía. Estaba tan paralizada que no supe reaccionar. Daisy ladró de nuevo, despertándome de aquel pensamiento incapacitante. La miré: su trajecito rosa, su peinado de peluquería, su perfume de marca.

     — ¡Mario! — grité.

Publicado la semana 18. 09/05/2021
Etiquetas
Miedo, individualismo, Reencuentro, Pobreza
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