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SuHa

Un cascarón vacío

     Miraba su barriga con atención, observando curiosa cada centímetro cuadrado de aquella piel que lo cubría, una piel tersa y sin estrías, una piel nueva, a estrenar, que se extendía interminable ante sus ojos. Miraba su barriga como esperando que le diera respuestas, como si no entendiera muy bien por qué estaba ahí, para qué servía, preguntándose a ratitos si era una mujer de verdad, si podía considerarse tal, si era incapaz de concebir, de ser un hogar para un bebé. Hola, soy Marta y soy estéril; ¿acaso no es una un poco menos deseable si está incapacitada para procrear? Y la respuesta racional era que obviamente era una mujer, enteramente, totalmente deseable, pero ella no lo sentía así desde que le dieran aquellos resultados; y aunque hacía ya algunos años de eso, el tiempo no había hecho sino acrecentar aquella idea obsesiva e irracional hasta el punto de que se había convertido en una sombra negra que la acompañaba en cada paso y amenazaba constantemente con engullirla en las desapacibles entrañas de la locura más irreversible.

     No era fértil. Era joven, estaba sana, pero no era fértil. Podían recurrir a la donación de óvulos, a la adopción… Había opciones. Pero ella no podía con eso. Su idea había sido una y esas alternativas eran otra cosa… Por eso se alejó, porque él quería ser padre. Por eso lo dejó, porque no era capaz de aceptar ninguna de las posibilidades que les plantearon. Él lo entendía todo, él la quería, él se habría quedado a su lado, sin condiciones. Pero ella no lo quiso infeliz, lo echó de su lado para que pudiera realizar su sueño, él que sí podía. Y él sufrió, pero años después formó una familia y ella se alegró por él.

     Al fin y al cabo ella tenía para entonces a Daniel a su lado, aquel Reborn del que había quedado prendada desde que lo viera en un escaparate; como, ella suponía, debía pasarle a una madre la primera vez que mira los ojos de su bebé, acostado sobre su pecho, aún algo sangriento y mugriento, más tierno que nunca.

     Mimaba a aquel muñeco como si de un bebé de verdad se tratase, aunque lo hiciera siempre a escondidas; aunque a menudo se le cayeran las lágrimas, desordenadas y en cascada, sobre su cara de silicona; aunque muchas veces, como en aquel momento, siguiera levantando su camiseta para mirar su barriga e imaginarse una buena panzota que acariciar, que se abultara por momentos cuando un bebé la pateara desde dentro, oprimiéndole quizás las costillas con su cabeza. Y se preguntaba desesperada por qué no, por qué ella no, maldita sea, por qué estaba ahí adentro todo ese aparataje averiado, sintiéndose una inútil concha marina a la espera eterna de un cangrejo ermitaño que la habitase. A menudo se imaginaba vieja y seca, y se peleaba contra su racionalidad en infinitas diatribas.

 

     Por suerte tenía algunas buenas amigas con las que conversar y ahuyentar fantasmas, y distraerse. Aunque no todo se comparte, pues todos somos un poco iceberg.

     Aquella tarde necesitaba airearse, así que telefoneó a Mireia y le propuso quedar para hacer un café.

     — ¿Vas a traer a Daniel o también hoy se quedará con tu madre?

     La verdad es que empezaba a sentirse abrumada por la presión, se sentía incapaz de seguir inventando excusas. Quizás, pensó, era ya momento de que ella, y también las demás, conocieran a su Daniel.

Publicado la semana 14. 10/04/2021
Etiquetas
Lars y una chica de verdad - Craig Gillespie , Infertilidad, Esterilidad, Maternidad, Reborn, Muñeco
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