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SuHa

Vendetta

    ¿Orgullo? No, eso tampoco; pero sí sentía cierta catarsis. No todo el mundo tiene la oportunidad de poder vengarse de quien le ha amargado parte de la infancia y le ha robado toda la juventud. Sergio, el matón de la clase que la tenía cogida oficiosamente conmigo. Yo, que cada día inventaba un dolor nuevo para tratar de convencer a mi madre de que lo mejor era quedarse en casa. Y mi madre, que “tira anda, que tengo que trabajar y a ver con quién voy a dejarte si no”. Uno no sabe nunca qué va a hacer ante una situación así, aunque la haya recreado en su mente durante años y de mil maneras distintas. Tampoco os voy a mentir: no fue en caliente. Hacía días que había visto su nombre en el parte de quirófano y sabía perfectamente qué había que hacer y qué no. Y no fue fácil organizarlo todo para engañarlos a todos y culpar a la pobre secretaria de turno del error, una cabeza de turco, un lamentable daño colateral. Incluso hubo un momento de “¿pero qué estás haciendo, chaval?”; fue breve. 

 

 

    Qué viaje, chico. Yo estaba charlando con el equipo de sanitarios tranquilamente, qué gente más maja por cierto, el cirujano como de toda la vida, el anestesista de buen rollo, la enfermera vaya risas, y de repente caí pseudo-dormido, se me fueron los ojos para atrás, extasiado, en otro mundo. Era como un sueño sin imágenes, sólo voces en la lejanía, y yo como si tuviera el cerebro de Bob Esponja, a reventar de algodón de azúcar, todo unicornios y arcoíris extendiéndose hasta el infinito. Y ya luego comenzó a pasarse el efecto. Y en ese trance, qué paz… Miraba el gotero fijamente, sin poder apartar la mirada de él, como si fuera un objeto de museo, una pieza arqueológica que explicara el origen el universo. ¿Qué importancia tenía nada en comparación con la pausada e incesante caída de las gotas de suero que iban directas a mi cuerpo, a través de mis venas? Era como estar muy borracho, pero sin náuseas, sin alteración del comportamiento… No, me equivoco, era como un buen colocó de maría… Bueno, y ¿por qué meterse en comparaciones, digo yo? Era la Virgen Santísima de Dios, todo me daba igual, el nirvana lo alcanza uno en quirófano, está claro, qué droga la anestesia general. Y yo había probado mis cositas, pero como aquello nada. Me habían hablado de cómo era la cosa, pero hay que vivirlo. Y allí, en la Unidad de Recuperación Post Anestésica, sólo deseaba que el subidón aguantase. Sentía una sonrisa idiota en mi cara, que no se quería ir, a la que yo quería aferrarme de por vida. Lo que se había perdido Buda por ir por libre. Tenía que ir a una fiesta de anestesistas cuando saliera de allí, porque esos se lo tenían que montar bien los c*. A lo lejos ya empezaba a oír alguna voz con nitidez, hasta a comprenderla, aunque las palabras llegaban con retraso a mi cerebro y las frases tardaban en componerse en el orden adecuando, y los sentidos de estas últimas se erigían como montañas imposibles para el aficionado escalador que en aquel momento era yo… Oye, vaya mustios se los veía, preocupados por tonterías, ahora lo veía claro: nada importa, todo pasa. Necesitaban un chute… Tan a mano todo y se conformaban con aquellos cafés de máquina que uno desea vomitar cuando un día ve al reponedor repostar.


    Se me acercó un enfermero, mudo, que me recolocó la almohada y me subió un poco el respaldo de la camilla de manera que quedara semiincorporado. Tenía ahora una visión algo más amplia de la habitación blanca inmaculada de papel cartón en la que me hallaba. Todo muy nuevo para mí, muy interesante, aunque nada comparable al gotero, por descontado. Tenía claro que instalaría uno en mi casa en cuanto saliera de allí. 
Miré hacia mis pies: era extraño, una cosa bien curiosa la anestesia, me habían hablado de cómo sería la experiencia, pero no me dijeron que también podía provocar alucinaciones, eso sí que no lo ponía en el consentimiento informado eh… Sí, porque mi pierna derecha parecía haber desaparecido, como si me la hubieran amputado de rodilla para abajo. ¿Te imaginas? Si lo mío era un juanete, tanto no se podían haber equivocado… Y si se habían equivocado, de verdad, que me subieran la anestesia un poco y yo no ponía ni una queja en el Servicio de Atención al Paciente. 

 

 

    Pero efecto del sedante siguió remitiendo poco a poco y Sergio tuvo que aceptar que la alucinación no era tal. Su tranquilidad también fue a menos, al darse cuenta de lo que implicaba aquel error humano, sobretodo teniendo en cuenta que era jugador de fútbol profesional. Trataron de explicarle lo ocurrido, se disculparon, le ofrecieron ayuda psicológica, una indemnización de muchos ceros… Sergio permanecía en shock, era pronto aún para que él pudiera asimilarlo o si quiera verbalizar algo. En su cabeza, de hecho, giraba obsesivamente sólo una imagen: un par de ojos que lo miraban por encima de la mascarilla quirúrgica, amables en apariencia, unos ojos que de repente le resultaban extrañamente familiares…

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Publicado la semana 13. 03/04/2021
Etiquetas
quirófano, venganza, Bullying, Error, Anestesia
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