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SuHa

Mi parte del pastel

    Esperó paciente a que todos se marcharan, uno a uno. Quería quedarse sola. Su hermana fue la última que quedó tras la ceremonia. Insistía: que se fuera a casa ya, que tenía la mirada cansada; que si quería, de hecho, podía quedarse con ella un tiempo, que podía ser beneficioso incluso cambiar de aires, hasta divertido esta las dos juntas como antes; que, fuera como fuese, había de descansar y darse tiempo.  Pero ella que no, sin palabras, únicamente por gestos, moviendo la cabeza de lado a lado, que no y que no. “Qué terca es”, pensaba su hermana, pero nada nuevo bajo el sol; solo la misma tozudez de la que ya de niñas hacía igual gala. Y que el dolor cada uno lo lleva como quiere, como sabe, como puede, y si es que puede; eso un poco también.

    Al fin escuchó Emma lo que llevaba horas esperando: los pasos del último de los asistentes saliendo por la puerta del cementerio y dejándola en paz (en este caso era su hermana quien los daba). Y después ya no oyó nada, al fin había llegado La Nada. Al fin estaban solas la naturaleza y ella, cara a cara. La lluvia, aunque poco intensa, le había terminado calando en los huesos, que ya antes le dolían, que ahora apenas la soportaban. Le chorreaba el pelo sobre la frente, revuelto y enmarañado. Su cara estaba húmeda, enrojecida por el frío y la sal de las lágrimas, que al fin parecían haber cesado… De momento. Estaba parada frente a la tumba, los ojos fijos en sus botas de agua negras, la mano derecha aterida de frío mientras sostenía su viejo paraguas, negro también, y la izquierda tiesa como la de una estatua muerta portando un ramo de flores de todos los colores que aún no había osado regalarle a él. Iba embutida en un abrigo negro también. Todo negro. Que qué importaban los colores ya, de todos modos, eso se decía; qué el frío, qué el dolor de su cuerpo envejecido cien años en una noche. La última, se decía, su última noche. Había hecho un trato con Dios: que si él había de partir, ella detrás; que del mundo nada quería si no era a su lado. Si es que ella no tenía hijos, ni propiedades más allá de su destartalada casucha y vivía rodeada de cuatro vecinos que la ponían verde en cuanto se daba la vuelta. Tenía a su hermana, sí, esa que hablaba mucho pero no le había ofrecido un céntimo del premio del cupón del ciego que había ganado… Resumiendo: nadie que le importara de verdad, nadie a quien ella importara de verdad tampoco.

    Reunió el valor necesario al fin para alzar la vista y mirar la lápida de Enrique. Le echó las flores. Con aquel gesto asumía ya que no estaba y que no volvería a estar. Comenzó entonces a arañar el césped al lado de la tumba de su difunto, como en trance, como traía pensado. Usaba sus manos a modo de palas, sintiendo la húmeda tierra penetrar en sus uñas. Cavó una tumba, la suya. Er poco profunda, pero sin herramientas no podía hacer más que lo que la ira que sentía con la vida le permitía. Y cuando consideró que ya era suficiente se tumbó allí dejando que la lluvia le mojara la ropa y la cara, sintiendo que la tierra se la tragaba poco a poco. Cerró los ojos dispuesta a aceptar su destino, la sentencia a muerte que ella ya había firmado. Un tiempo después escuchó la puerta del cementerio chirriar y sintió cómo el golpe metálico de aquella al cerrarse le golpeaba las sienes. Como esperaba, el guarda había vuelto a saltarse el protocolo: no había hecho la debida ronda de rutina para comprobar que todo estuviera en orden dentro de los muros del camposanto, para ver que no quedara nadie dentro. Era lo normal en aquella aldea, que todos se pavonearan de la perfección de sus acciones y esperaran pacientes a que el resto no mirase para disfrutar de la sensación de libertad que da saltarse las normas. Qué le importaba ya a ella eso, que se iba allí de donde no se vuelve. Sólo el descanso la aguardaba ya, y se dejó hacer.

    Pero despertó. Contra sus deseos, contra su creencia, despertó con el día y maldijo a la muerte por no habérsela llevado y también a la vida por habérselo quitado a él. Reunió fuerzas y se levantó, su cuerpo embarrado y mojado, tiritando y abrazándose a sí misma sin ningún amor. Había salido el sol, un sol macabro que parecía burlarse de ella. Miró la tumba de Enrique como si aún no comprendiera los porqués de que aún existiera ella. Se encaminó, enfurecida, pasito a paso, hasta la oxidada puerta que el guarda recién había abierto. Él, que aún estaba ahí, quedó estupefacto al verla, y es que apenas fue capaz de reconocerla. Pero ella no se molestó en mirarlo y pasó de largo.  Sentía tal desconexión con el mundo que no percibió las miradas y comentarios de sus vecinos a su paso cuando entró en el pueblo. Ella creía ya pertenecer a otro mundo y apenas era consciente de estar aún en éste.

    Entró en su casa y se sentó en el butacón de él y pegó su nariz a la tela para inhalar su aroma aún pegado a la tela del mueble. Oyó entonces jaleo en la calle. La Amparo, que habían ganado el premio del cuponazo, como su hermana, por cierto dos días antes de que partiera Enrique, y se dedicaba ahora a hacer gala de todo lo que ello le permitía permitirse. Habían sido varios los agraciados en el pueblo; ellos no, claro, para ellos sólo las desgracias, que parecía que les había mirado un tuerto. Igualmente, ya daba lo mismo. Esperaría a la muerte allí sentada, en aquel viejo sofá; esperaría a que llegara, paciente. Se acomodó y entonces se sobresaltó por el sonido de la tele. En un descuido se había apoyado sobre el mando del aparato y lo había encendido. Asió el mando para apagarla, molesta. Pero… Un momento… Se levantó y caminó despacio hacia la pantalla. Estaban dando las noticias. Hablaban de Benidorm, del buen tiempo que hacía allí mientras ellos en el norte morían de frío. El reportero estaba  en una playa atestada. En ella, tomando el sol en una hamaca, charlando con una mulata de metro ochenta mientras bebía un cubata, había un hombre que llamó su atención, porque parecía el hermano gemelo de su difunto marido. Debía estar alucinando. Pegó la cara a la pantalla… Ahí estaba: aquel inconfundible tatuaje de la mili, el escorpión con sus iniciales. Hijo de…

    Bajó corriendo las escaleras del portal mientras su mente iba atando cabos y cuando llegó donde el ciego su cara daba buena cuenta de las cuentas que había echado.

— Doña Emma, la distingo por su maravilloso perfume, como siempre. ¿Cómo se en…?

— Simón, déjate de idioteces y contesta: ¿a quien vendiste los boletos premiados en el pueblo?

— A varios, Emma, querida, no sé decirle ahora mismo…

— ¿A mi marido?

     Silencio.

 — ¿Qué pasa, que te untó para que le guardaras el secreto?

— Doña Emma, no sabía hasta dónde llegaría él, se lo juro…

— Hasta Benidorm, ¿qué te parece?

— Oiga, pero no culpemos al pobre ciego de todo. ¿Quién cree que le dio el dinero del premio y guardó silencio? El banquero. ¿Quién le anunció su falsa muerte a usted? El patrón de él, un accidente laboral, ¿no? ¿Quién mandó mantener cerrado el ataúd por el lamentable estado del cadáver? El cura.

    Un maldito teatro. Medio pueblo pringado y con su tajada cobrada. Emma se sentó en un banco para tratar de asimilar. La tierra se había secado sobre su piel y se la tensaba, estaba sucia y sentía un sudor frío caerle por la espalda; por dentro se sentía igual de desolada. Pero  al menos ahora comprendía por qué Dios no se la había querido llevar.

— Simón, has ocultado una falsa muerte, eso es muy grave…

— ¿Qué quiere decirme?

— Que si todos aquí habéis cobrado, yo también voy a tener mi parte del pastel.

 

    Años después Enrique volvería, tras haberse fundido el premio, queriendo hacer ver que lo habían secuestrado, queriendo contar con la ayuda de sus anteriores cómplices; queriendo volver, arrepentido, con su amada Emma. Pero Emma, para entonces, estaba ya muy lejos de allí.

Publicado la semana 11. 21/03/2021
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muerte, pueblo, Cementerio, Engaño, Lotería, Premio
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