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SuHa

Promesas

    — ¡A Dios pongo por testigo que jamás volveré a conducir!— dije.

    — Enfermera, súbale un poco el relajante, que se está poniendo dramático otra vez – dijo mi marido, que por cierto a continuación le dio una patadita al gotero y desmontó todo el chiringuito.

 

    Hacía ya más de tres años de aquel accidente de coche en el que uno de los puntos ciegos de mi coche me había jugado una mala pasada y había terminado un par de días  ingresado en el hospital. No había sido para tanto, entre nosotros, pero como el miedo es raramente racional, yo no había vuelto a conducir desde entonces. De todos modos, el coche había ido directo al desguace tras lo ocurrido, así que cumplir mi promesa había resultado sencillo. Sí, vivía en las afuerísimas, pero mi pareja tenía carnet y coche, así que en realidad mis miedos le afectaron más a él que a mí. Aunque sí, aquella limitación me molestaba; era una dependencia que me irritaba, una fobia contra la que perdía siempre la partida; "amaxofobia", decían. Eso también me molestaba: la manía de etiquetar y clasificar todo, como si se tuviera miedo al desorden (ataxofobia, por cierto). 

    Pero como la velocidad de crucero no se puede mantener eternamente, un día llegó el temido aunque esperable iceberg, un evento que daría al traste con mi promesa: Nacho, mi marido y chófer privado, se puso enfermo de repente. Ignoraba qué le pasaba, pero un agudo dolor torácico parecía dificultarle la respiración y el habla.

    — Llamaré a Emergencias.

    — O me llevas al hospital ya o llamas a la funeraria, Miguel– jadeó.

    La verdad es que vivíamos en un lugar de difícil acceso “lejos de toda civilización”, como solía decir mi madre, “que parece que te has ido hasta allí para que no podamos visitarte”; touché, para qué engañarnos. La sociedad no era lo mío, aunque trabajara para una red social, o precisamente por ello. Para más inri era aquel un día lluvioso, con rachas de viento bastante fuertes. Un “no iniciado”, por muy ambulanciero profesional que fuera, tardaría demasiado en llegar, por la pinta que tenía mi marido.

    — Bueno, yo llamo y mientras tanto te tumbas y vamos relajándonos un poco que seguro que se te pasa, que estás estresado con las audiciones y eso…

    A ver, no quería cargar sobre mi conciencia la muerte de mi marido, pero coger el coche ni siquiera me parecía una opción.

    — Coge el maldito coche, Miguel.

    La idea me sorprendió porque en mi cabeza yo había perdido la capacidad de conducir, como si me hubieran quitado el carnet.

    — ¿Cómo? El dolor no te deja pensar, amor…

    — ¿Cómo que cómo? –los ojos se le abrieron mucho, como si no entendiera mis dudas– Coge el coche Miguel, por favor – … -. Que me muero, j*. 

   Y el que tenía fama de exagerado era yo... 

    — Mira: llamo a emergencias y que me den alguna indicación sobre lo que podemos ir haciendo mientras llegan, que seguro que…

    — ¡AAAAAAAY! 

 

    Pues nada, ahí íbamos.

    — Oye, deja de apoyarte tanto, que pesas — estaba pagando mi amor por los músculos. 

    Llegamos por fin al coche. 

    — Abre — le dije—, que como tardes mucho te mueres.

    — ¿No tienes llaves?

    — Hombre tener sí, me diste una copia, pero vete tú a saber dónde, que no he tocado este animal en la vida. 

    — Vale, pues coge las mías; están en el bolsillo de atrás del pantalón.

    — ¿Qué pantalón?

    — Pues el que llevo.

    — Nachooooo, que tú lo que quieres es que te toque…. ¿Estamos jugando y no me he enterado?

    — Oye mira, le digo al vecino que me lleve.

    — Deja al vecino, que tiene doscientos años. Ya las cojo, ya…

    Lo metí como pude en el coche, en el asiento del copiloto. Que poco me iba a hacer aquel día de copiloto, pero bueno. ¡Lo que me costó! No colaboraba nada, todo el rato con sus dolores…Y mi drama, aquel nudo que se me había hecho en el estómago por tener que ponerme detrás de aquel volante, avocándome a los cocodrilos… Eso a él, tres pepinos. "Todo por amor", me mentalicé y me puse tras el volante. Y me quedé paralizado, aterrado, tieso como si me hubieran momificado; ya me habría gustado en aquel momento estar momificado, ya…

    — Amor, no sé en qué estás pensando, pero esto es serio…

    Le miré, y lo que vi confirmó cada palabra suya. Estaba encogido sobre sí mismo, con la cara contraída en una expresión de insoportable dolor. Miré al frente, solté todo el aire retenido y metí la llave en el contacto. Tenía las manos sudadas y temblorosas, pero aparté los miedos de en medio y me infundí valor: “eres el p* amo de la carretera, Miguel, el asfalto te adora, dale a tu público lo que quiere”. Y así, abstraído de mí mismo, imaginando a mis fans en las gradas, me eché a la carretera.

    Infernal. Al principio me tuve que comer aquellas eternas curvas de carril único y doble sentido, con cero visibilidad. En cada giro cerraba los ojos, contra toda recomendación. Nadie apareció; sí que vivíamos apartados, sí. Cuando nos incorporamos a la autopista mi estado neurótico no obtuvo su deseada paz: había olvidado lo que era navegar en aquel mar plagado de tiburones donde yo aparecía siempre como el pez payaso; un Nemo perdido al que ningún padre iba a buscar.

    De vez en cuando miraba a Nacho de soslayo, que no hablaba, sólo gemía de vez en cuando.

    Entonces ocurrió. 

    — Cuidado, que tienes un coche justo a la par tuya.

    — ¿Eh? — dije dando un volantazo para volver a mi carril. Había iniciado un adelantamiento porque la ballena de delante de mí iba muy lenta. Había mirado por todos los espejos que teníamos, pero no había visto aquel coche que tenía ahora pegado a mi costado y cuyo conductor me miraba airado; una vez más, un punto ciego.

    Me sorprendió la tranquilidad con la que Nacho me habló, con la fe de quien cree al otro infalible, cuando podríamos haber tenido un desenlace lamentable. Me sorprendió más aún lo claro que lo dijo, sin ningún deje de dolor en su voz.

    — ¿Te encuentras mejor? — le pregunté.

    — No sé qué decirte — contestó con una voz dolorida, muy distinta de la de hacía un momento. Algo se iluminó en mi cerebro de repente — ¿No estarás fingiendo, ¿verdad?

    Silencio. Nacho no sabía mentir. Sabía actuar, pero no mentir, no soportar una mentira dentro suyo sin explotar. Eso me encantaba de él, sus músculos y su incapacidad para la deslealtad. Lo iba a matar...

    Paré el coche en el arcén.

    — ¿Pero qué haces? Aquí no se puede parar—dijo, esta vez más nervioso. Ya no tenía tanta fe en mí, al parecer.

    — Es que es una maldita emergencia, porque mi maldito marido me la ha jugado, ¿sabes?

     —  A ver amor, a ver... Es terapia de choque… Tenías que superar esta tontería, este miedo, esta paranoia tuya... 

    — Eso y que la semana que viene te venía mal llevarme a la peluquería... 

    — Ya te lo dije, coincide con una audición muy importante, Miguel.

    — Baja del coche.

    Y Nacho bajó. Yo también me habría bajado, porque miedo me dio mi voz. Estaba furioso. Lo dejé en el arcén y le lancé el chaleco reflectante.  Lo cogió y se orilló para ponérselo. Lo miré sin verlo, sin querer reconocerlo, y arranqué de nuevo el coche. Por suerte no había mucho tráfico en aquel momento. Aceleré sin querer mirar atrás. Pero no pude evitarlo: lo miré por el retrovisor. Y entonces sí lo vi: un perro abandonado. Y lo vi también: que ya no tenía miedo; que conducía tranquilo. Quizás era por la ira que me poseía, pero aquella mentira piadosa estaba cumpliendo su función. 

    Detuve el coche en el arcén, de nuevo.  Me miré a la cara en el retrovisor. "Vale, Miguel, igual te has pasado, que sólo quería ayudarte y ahora te lo van a atropellar". No podía dar la vuelta, así que encendí las luces de emergencia, puse los triángulos de seguridad, me vestí con el chaleco reflectante e inicié el peregrinaje a pie en sentido opuesto. Lo vi a lo lejos, él también comenzó a caminar, en dirección a mí. ¿Cómo no iba a perdonarle aquella mentira, inapropiada pero piadosa, inventada sólo para hacerme bien? ¿Cómo, si la cita para la peluquería de la semana siguiente era también una mentira, para encubrir una vez más mis visitas a aquel psicólogo que en quince sesiones de terapia no había conseguido lo que Nacho en quince minutos?

Publicado la semana 10. 14/03/2021
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La Luisi, Ángel Sanchidrián , Amor, Miedos, accidente, Psicología, fobias, terapia, ayuda, coche, conducir, mentiras
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