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SuHa

La tía Tere

     Dicen que a Buda le afectó profundamente salir de su lujoso palacio y conocer la enfermedad, la vejez y la muerte.

     Algo así me ocurrió a mí, salvando las distancias, con mi tía Tere. Estricta-legal-biológicamente hablando no era mi tía- tía. En realidad era “solo” la mejor amiga de mi madre. Pero informal-afectiva-distancialmente era mucho más tía mía que cualquiera de las otras dos que tenía (una por cada parte), a quienes apenas veía en los eventos oficiales (bautizos-comuniones-bodas-entierros) y fechas señaladas (básicamente navidad y algunos cumpleaños de casualidad). A la hermana de mi madre sabía que yo no le gustaba porque abiertamente se encargaba de dejar claro cada vez que nos juntábamos que “es que no soy niñera yo”. Era un comentario innecesario que hacía que pensara que iba a tener que esperar a ser tan vieja como ella para que dejara de mirarme sin que le bizqueara el ojo derecho (cosa que sólo le ocurría en mi presencia). La hermana de mi padre, por su parte, siempre que estaba con nosotros, nunca estaba. Es decir, estaba, pero pegada a su portátil. Así que como si nada. Mi padre la excusaba diciendo que tenía un trabajo de mucha responsabilidad y fue gracias a ella que decidí que yo  quería un trabajo muy irresponsable.

     La tía Tere, sin embargo, era una fiesta itinerante. Para mi gran suerte, vivía en el bloque de pisos que había frente al nuestro y tenía un trabajo que decía que la tenía "medio loca” (loca entera, según mi padre) pero que, al parecer, no era de gran responsabilidad, porque cuando venía se veía siempre relajada y ociosa. Mi tía Tere era camarera en un bar y le gustaba preparar cócteles, para lo que incluso había tomado clases especiales. A menudo venía a mi casa a experimentar y mi madre y ella hacían las catas correspondientes. Para mí preparaba zumos o batidos con sombrillas de papel; lo-más-de-lo-más. En tales ocasiones poníamos la música a todo  volumen en la radio; sintonizábamos los 40 principales o Cadena 100 o Cadena Dial, según, y bailábamos las tres hasta que llegaba mi padre de trabajar y mi tía se despedía rauda pero alegremente y bajaba las escaleras  desde el quinto en el que vivíamos andando porque el ascensor le daba fobia (“y así se despeja”, decía mi padre). Cuando ella aparecía yo sabía que tenía la diversión asegurada mientras durara la visita. A menudo pasábamos horas jugando juntas al Twister o a adivinar películas. También pintaba conmigo. Mis clases de pintura  de los martes y jueves por la tarde eran mi otra gran pildorita de felicidad, y ella pintaba muy bonito. En realidad daba lo mismo, con ella todo era una carcajada. Además, casi siempre me traía algún detalle (una chocolatina, una muñeca, un disco de música…). Mi madre la regañaba por ello, pero ella siempre decía que no podía evitarlo. A veces pensaba que me quería incluso más que mi propia madre, al menos, ahí- ahí.

     Mi madre y ella se habían conocido en la universidad. Mi tía Tere terminó por dejarla, porque quería ganar dinero y salir de “esa vida de mierda que tenía en mi casa, nena”.  Su familia tenía dinero, por lo que había oído decir a mis padres, pero la tía quería vivir de una manera que no les gustaba a ellos, por lo que, como me había dicho mi padre, “la mantienen por el qué dirán, pero no la ven ni en Navidad”. Yo a mi tía se lo contaba todo, y cuando le conté de aquel comentario ella soltó una risotada y concluyó: “yo no lo habría explicado mejor”. Mi madre también rió en aquella ocasión, aunque me llevé un mal de ojo de regalito por mi sinceridad. 

     En efecto, la tía Tere tenía, al parecer, bastante dinero. Aun así le gustaba tener un trabajo porque “con lo loca que tengo esta cabeza, necesito algo que me ponga los pies en la tierra”. A la tía le encantaba viajar, y también de sus viajes me había traído recuerdos y objetos que coleccionaba como tesoros . Una vez me trajo una máscara italiana con una nariz larga-larga que lucí unos carnavales y dejó alucinados a todos los de mi clase. De Bélgica me trajo los bombones más sabrosos que yo hubiera probado nunca y, de la India, un elefante de madera que medía casi como yo entonces y que hizo que mi padre pusiera el grito en el cielo.

    Mi madre sí que terminó la carrera: hizo económicas y ahora trabajaba en un banco. “El trabajo más triste y vil del mundo”, bromeaba mi tía Teresa. “No es que el mío sea mucho mejor, pero al menos no me quita la sonrisa”. Tenía razón, en realidad. Mi madre no sonreía muy a menudo, y casi siempre que lo hacía era cuando estaba ella o, también, conmigo, porque mamá siempre decía que yo era lo mejor que le había ocurrido nunca. Mi tía, sin embargo, me decía: “me tienes toda enamorada”, que era lo mismo, pero distinto. A mamá también le gustaba pintar, como a mí, seguramente por eso me apuntó a las clases de pintura, porque a ella le hacían feliz.

     A mi padre no es que le disgustara mi tía, es sólo que a él le gustaba el silencio y a ella el ruido, y esa diferencia parecía ser bastante importante. Supongo que por eso él era perito mercantil (nunca supe qué hacía realmente en su trabajo, pero algo serio y silencioso) y ella camarera. Aun así, las visitas de mi tía le daban luz a nuestra casa, y él lo sabía, y por eso, aunque no lo habría admitido jamás, le gustaba que viniera. Mi tía Tere era capaz de sacarle la sonrisa incluso a él, que no tenía ni una arruga de lo rígido que andaba siempre; ni se reía, ni se entristecía, ni se enfadaba nunca. Pero mi tía Tere hacía que se rieran y se enfadara con una facilidad sorprendente. Él decía que sólo se reía porque ella era una absurda, pero había carcajadas que no encajaban en esa excusa. Recuerdo una cena en la que mi tía Tere contó un chiste de uno que le entran en casa y está con la mujer, y el atracador dice que va a acabar con los dos, pero que luego dice que a la mujer, que se llama Mari Carmen, no le puede hacer nada, porque es el nombre de su madre, y el marido dice “yo me llamo Luis, pero en mi pueblo todos me llaman Mari Carmen”, y entonces a mi padre le dio la risa y se atragantó, y ese día lo hizo todo: reírse-llorar-enfadarse; y ese día sí que la tía se disgustó un poco, pero mi madre le guiñó un ojo y no hubo tragedia (ni más comedia durante las comidas). 

     Esa rutina mía era mi particular vida palaciega. Rutina que se quebró un lunes, 8 de febrero de 2010, por la noche, cuando mi madre se sentó junto a mi cama, el libro de Harry Potter fuertemente asido para contener el temblor de sus manos, y me dijo que quería hablar conmigo, que era importante. Ninguna noticia así anunciada presagia nada bueno. La tía Teresa estaba enferma. “Durante algún tiempo no va a poder venir tan a menudo a casa”. “¿Pero qué le pasa?”, pregunté. Últimamente se había quejado de algunos dolores intestinales, pero en su tono folclórico habitual, sin que nadie creyera que debía prestársele mucha atención. Pero hay una palabra terrible, que me habría gustado desconocer, que al momento de escucharla me dio un empujón al abismo de la realidad que no estaba preparada para afrontar. La tía Teresa tenía cáncer, un cáncer bastante avanzado que iban a tratar de tratar. Tenía mil preguntas, pero no quería saber la respuesta de ninguna, así que me las ahorré, asentí, me di media vuelta y le dije a mi madre que no me apetecía leer aquel día y que, por favor, me dejara sola. Ella intentó seguir conversando pero pronto se rindió.

     Fueron días oscuros en los que nadie me decía nada, por miedo a sacar el tema, pero mi tía no venía y yo no me atrevía a preguntar, por miedo a sacar el tema, yo también. 

     Un día fui donde mi madre y le di mi hucha. "¿Con esto se puede hacer algo, mamá? Ahorraré más si hace falta, no importa, venderé mis juguetes...". El dinero compra muchas cosas, casi todas, pero hay veces en que no alcanza. “Mamá, ¿es que no va a venir más a vernos?”. Hacía más de tres semanas que no venía y eso era mucho tiempo. Mamá me explicó que la tía estaba un poco débil y que no quería que yo la viera así. Ella la visitaba a diario y le ayudaba con las cosas de casa y las compras, mientras yo tomaba mis clases de pintura. Le supliqué que me dejara verla, pero ella dijo que sólo si la tía accedía. Accedió, claro. 

     Cuando llegué a su casa lo primero que noté fue que olía distinto. Normalmente se respiraba siempre un rico aroma a vainilla, que era su ambientador favorito. Pero aquella vez me asaltó, como una fiera a su presa, un olor a vómito mezclado con desinfectante y arrejuntado con colonia caducada . Estuve a punto de echarme atrás. Mi madre lo notó y me dijo que estaba a tiempo de darme la vuelta si no me creía preparada, pero yo le dije que adelante. Entramos en la habitación de la tía. Ella estaba recostada en su cama, con la tele encendida. Había envejecido cien años. Se había cortado su larga melena morena y asomaban en su cabeza desvergonzadas algunas calvas aquí y allá. El pelo estaba teñido de canas que se erguían orgullosas y descaradas. Se había dejado de teñir. Se estaba rindiendo. Su cuerpo, voluptuoso y fresco siempre, brillante y vibrante, se había arrugado como un fruto deshidratado, se veía encogida-débil-seca. Aun así supe que había querido estar decente para mí, por mí. Se había puesto un bonito pañuelo de vivos colores a modo de diadema y se había pintado los labios del rojo intenso que acostumbraba a usar siempre. La habitación se veía ordenada y ella sonreía todo lo que podía. Sonreía tan intensamente, tan forzadamente, que parecía que los dientes se le harían añicos.

     Me acerqué, las lágrimas me surcaban el rostro, que ella me acarició suavemente. Le besé la mejilla… Su perfume de siempre se me apareció mezclado con un no-sé-qué que hizo que supiera, de repente, que todo iba mal, muy mal. Y se me detuvo el corazón. Y salí corriendo.

     Aquella fue la última vez que la vi. Ella entendió las palabras que no pude pronunciar aquel día. Y no me arrepiento de haber ido a verla, aunque me hubiera gustado que su imagen final, la que se ha quedado pegada en mi memoria, fuera otra.

     Cuando mi madre regresó aquella tarde me dio un anillo con brillantes que mi tía Tere le había entregado para mí. Era demasiado grande para mis dedos, por lo que lo colgué de una cadena que empecé a llevar al cuello a partir de aquel día. 

     No me dejaron verla cuando la llevaron al hospital. Fue rápido, eso dijeron. Y después vino el silencio. Nos despedimos de ella, eso sí, como dejó mandado: con una bonita fiesta lejos de cualquier iglesia. Después, paradójicamente, mis padres comenzaron a pasar más tiempo jugando conmigo, mi madre sonreía más, mi padre sonreía, a secas; como para compensar. Yo, en cambio, me engrisecí, también para compensar.

     Dicen que a Buda le afectó profundamente salir de su lujoso palacio y conocer la enfermedad, la vejez y la muerte. Acostumbrado a la comodidad y despreocupación de su palaciega existencia, aquello le conmocionó hasta tal punto que abandonó toda su vida anterior y comenzó un camino hacia el entendimiento de todos los porqués del universo.

     Hoy he descubierto que el anillo de mi tía me sienta bien en el dedo anular; en el de la mano izquierda, porque el anular derecho es más fino y se me escapa. Lo que le ocurrió a mi tía cambió muchas cosas, pero hoy creo que ya es hora de escribirlo, dejarlo ir y usarlo, yo también, para intentar entender todos los porqués de mi pequeño universo, como a ella le habría gustado, y con ella velando por mí, sin duda. 

Publicado la semana 1. 04/01/2021
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cáncer, infancia, Relato, arte, vejez, Enfermedad, Depresión, Ficción, Buda
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