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Sergio Carrillo

El hechizo.

Cada noche tenían una cita, siempre a la misma hora. Las 21.00hrs era la hora del hechizo. Ella encendía la televisión y tras una música de fanfarria, que anunciaba el inicio de las noticias, él aparecía en un plano americano fijo. Desde que presentaba las noticias de pie, y podía ver tres cuartas parte de él, a ella le parecía aún más atractivo.

Él tenía 45 años, y medía 1 metro y 75 centímetros. El semblante serio y una barba muy poblada. En una entrevista que le hicieron le escuchó decir que se perfilaba la barba cada día y que usaba el número 14 en las mejillas y el número 12 para el bigote y la perilla. Era un hombre guapo y elegante. Siempre vestía sobrio y sin estridencias, con camisa y corbata del mismo color y traje oscuro.

Mientras lo veía por la tele ella se ponía una copa de vino y simulaba que aquellas noticias se las estaba explicando solamente a ella. Incluso le parecía que le hacía ojitos y que a pesar de su seriedad esbozaba media sonrisa y se acariciaba la barba solo para hacerle saber que él sabía que ella estaba al otro lado.

Uno de los motivos por los que ella se enamoró de él fue por la forma en la que modulaba su voz grave y profunda, sabiendo poner énfasis en el dato relevante de cada noticia. Así fue como él consiguió, sin saberlo, captar su atención. Ella se recostaba en el sofá, cerraba los ojos y fingía que él le contaba al oído con ese susurro profundo la información internacional. Mientras tanto su imaginación volaba pensando en cómo sería viajar con él por todos esos lugares de los que él hablaba cada día.

Cuando daba paso a los deportes, ella notaba que no era la parte que más le gustaba de las noticias, pero le valoró siempre verlo esforzarse por hacer un guiño chistoso a su compañera. En cambio, cuando daba paso a la previsión del tiempo, se le notaba disfrutar con los anticiclones, las borrascas y las fotos que enviaban los espectadores.

A las 21.50hrs con su despedida y la fanfarria de cierre, ella le lanzaba un beso y se deshacía el hechizo. Apagaba la televisión y se ponía a cocinar la cena. Como cada día 2 minutos más tarde recibía una llamada de teléfono. Era él para preguntarle qué tal lo había visto y si le había gustado la señal que le había enviado acariciándose la barba. Pero como desde hacía algún tiempo, ella estaba distante y fría. Solo era capaz de decirle que viniera rápido que la cena se le iba a enfriar.

Sí, ella fue la fan que consiguió atrapar a su ídolo. Fue por casualidad, o quizás no tanta. Él entró a comprar a la tienda de ropa donde ella trabajaba. Ella emocionada lo reconoció. Pidió a su compañera que la dejara atenderlo y le llevó todo el muestrario de trajes que tenían al probador. Le cogió el bajo, le colocó bien las solapas, se recreó en su perfume… y también espió tras la cortina del probador. Cuando al pagar él pidió factura ella le escribió su teléfono "llámame soy tu fan número uno".

Así fue como él tuvo la excusa de invitarla a cenar y ella tuvo la oportunidad de traspasar la pantalla y cenar con él. Mientras ella, loaba su trabajo como comunicador veraz, alababa su estilo con los trajes y le decía que esa barba aún le daba un aspecto más distinguido. Él se prendó de la ilusión que brillaba en sus ojos, y mordió el anzuelo. La vanidad de los hombres es lo que los hace débiles, y más cuando es alguien más joven quien los adula. El flechazo fue inmediato, cayó rendido a sus pies antes de llegar a los postres. Enseguida se fueron a vivir juntos. Él se enamoro de quien era ella, sin embargo, ella siguió enamorada solamente de lo que él era.   

Aquella noche cuando él llega a casa, casi a las 23.00hrs, la cena está fría y ella ya ha cenado. A él no le importa porque en realidad solo tiene ganas de hablar con ella y abrazarla. Pero está dormida en el sofá. Y él se pregunta qué puede hacer para luchar contra esa imagen idealizada de la que ella se enamoró envolviéndola en un halo de misterio, cuando solo lo veía por la tele. Qué difícil es competir con una versión mejorada e irreal de ti mismo y mantener ese interés cuando no eres el presentador guapo que da las noticias. Cuando te has convertido en el que ronca a su lado, tiene el lavabo invadido con sus maquinillas para arreglarse la barba y llega tarde a cenar cada día.  

Así que, recoge sus trajes, sus camisas, sus corbatas y sus maquinillas. Y antes de marcharse de casa le deja una nota cogida con el pie de la copa de vino que aún está en la mesita junto al sofá donde ella duerme: “Me voy porque necesito que me sigas queriendo y sé que solo sabes quererme cuando me ves a través de la pantalla. Siento ser quien cada noche provoca el hechizo, pero siento aún más ser quien también lo rompe cada noche. Por favor, no dejes de quererme, aunque sea de esa forma tan extraña en que lo haces viéndome a través de la pantalla. Yo cada noche seguiré acariciando mi barba para que sepas que te extraño desde el otro lado”.

Publicado la semana 9. 01/03/2021
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