08
Sergio Carrillo

Hay un lugar.

Jorge llevaba todo el día pensando en el mensaje que quería enviarle. Estaba bloqueado y no conseguía encontrar las palabras. Quería que el mensaje le intrigara. Que su reacción fuera la necesidad de contestar rápidamente. Que se iniciara una conversación maratoniana. Y al final, que ella deseara verlo.

Le intimidaba el cursor azul pestañeando en la pantalla en blanco de su móvil. A veces le parecía que ese pestañeo era un guiño de ojos que le decía “Adelante, ¿a qué esperas?”. Otras veces le parecía que se burlaba de él sacándole la lengua y riéndose “No te va a contestar, no lo intentes”.

Mientras tanto, su mente giraba sobre sí misma para encontrar las palabras justas, precisas, apropiadas. Su frente se perlaba de sudor inexorablemente. Sus dedos temblorosos antes de pulsar la primera tecla. Con cada nuevo carácter escrito, más miedo al vacío que comenzaba a abrirse bajo sus pies. Antes de enviar, lo releyó, lo repensó y al final, como siempre, borró el mensaje.  

¿Qué pasaba con todos los mensajes que él le había escrito y que nunca llegó a enviarle? Hay un lugar donde van a parar todos esos descartes de mensajes. Un limbo donde viven esperando ser vueltos a escribir.

El nuevo mensaje llegó a aquel oscuro lugar con la frescura del que lo ve todo por primera vez. Saludó a los demás mensajes, que hacían corrillos mirándolo y cuchicheando. Presentó sus respetos a los mensajes más ancianos. Intentó congraciarse con los mensajes más jóvenes repartiendo tarjetas y haciéndose el simpático. Cuando se le acabaron todas las ideas, harto de que nadie le hiciera caso, se sentó en un rincón a observar mientras meditaba que había hecho él para estar en aquel lugar.

Al poner atención comprobó que en aquel lugar no existía la alegría. Que el que no tenía miedo, tenía vergüenza, o arrastraba los pies con la mirada perdida y llena de pena. Pensó que tenía que hacer algo, que no podía convertirse en uno de esos mensajes. Que tenía que salvarse y salvarlos a todos consiguiendo salir de aquel lugar.

De repente una luz muy brillante lo iluminó todo. El resto de los mensajes salieron corriendo y gritando: “¡la luz! ¡vuelve la luz!” Guiñó los ojos para intentar ver con un poco más de nitidez y al fondo vio una barra azul que aparecía y desaparecía intermitentemente. Entonces lo entendió, esa era su puerta de salida. Por ahí era por donde iban a escapar, pero él solo no podría hacerlo, necesitaba convencer al resto.

Cuando la luz se apagó y todos se tranquilizaron un poco, se subió a una caja y les pidió a todos que se acercaran. El resto de los mensajes se acercaron tímida y lentamente.

“Lo he visto claro y tengo una idea que nos sacará de aquí, pero para que funcione tenemos que trabajar todos juntos”. El resto de los mensajes lo miraban con interés.

“Ya sé que es esa luz que nos ciega. Es la pantalla donde nos escriben. Y la barra azul intermitente es la que nos crea, pero también es la que nos borra, hay que doblegarla para que solo nos cree y no nos borre”. Algunos de los mensajes comenzaron a jalearlo y a asentir con cara de ilusión.

“Esa luz es la puerta para entrar a este lugar, pero también puede ser la puerta para salir de aquí. No os prometo que vaya a ser fácil. No os prometo que vaya a funcionar. Pero os prometo que lucharé para que todos salgamos de aquí y nunca más nos borren. ¿Quién está conmigo?” El resto de los mensajes estallaron en aplausos y gritos. La revolución estaba en marcha.  

Crearon una gran cadena de mensajes entre todos. Para que tuviera más consistencia se ordenaron mezclándose entre los mensajes más jóvenes y los más ancianos. La idea era que la inercia de la fuerza de unos ayudara a avanzar a los otros, para salir todos a la vez.

Así organizados esperaron pacientes en el límite de aquel inhóspito lugar a que volviera la luz. Y cuando se encendió, todos estaban preparados, todos sabían lo que tenían que hacer. Cogieron carrerilla y saltaron todos a la vez contra la barra azul intermitente. Apretaron con todas sus fuerzas y consiguieron pasar todos en un solo golpe. Sin embargo, el esfuerzo que tuvieron que hacer fue tan grande que las palabras de cada uno de ellos se mezclaron con las palabras del resto y se convirtieron en un único mensaje.

Jorge no sabía que estaba pasándole a su móvil, notó como vibraba y estuvo a punto de caerse de su mano. De repente apareció el mensaje perfecto en la pantalla. El mensaje que llevaba tanto tiempo esperando escribirle.

“Ojalá supieras que llevo todo el día pensando en ti. Que mis palabras viajan en un limbo mientras yo pienso si tengo que enviártelas o no. Pero quiero que sepas que hoy he visto la luz, me he hecho valiente por ti y necesito por fin que las leas. Porque solo así podrás saber que lo que siento por ti revoluciona todo mi mundo”.

Y Jorge pulsó enviar.

Publicado la semana 8. 22/02/2021
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