06
Sergio Carrillo

Sigue buscando.

Se acostumbró siempre a ganar, desde muy pequeña. Se especializó en los helados Popeye, aquellos de hielo sabor naranja o limón y con palo. Mientras que el resto de la humanidad siempre obtenía un sigue buscando, ella siempre era recompensada con un premio impreso en el palo. Es verdad que este era un don que no le reportaba grandes cosas, el premio volvía a ser otro helado. Pero obtener esa pequeña satisfacción que casi nadie conseguía, y además tener la fortuna de conseguirlo siempre, hizo que creciera pensando que era especial. Le creó la percepción de que el azar dominaban su vida y una baja tolerancia a la frustración.

Cuando creció y se convirtió en una mujer dispuesta a encontrar el amor, pensó que encontrarlo sería como comer Popeyes. Que cada vez que encontrara al hombre que pudiera ser el amor de su vida, le quitaría el envoltorio, y tras enamorarse y enamorarlo, encontraría alguna señal en él, como en los palos, donde vería premio y que con ese mensaje tendría la seguridad de que ese hombre era el que estaba buscando.

Sin embargo, la cosa no fue tan sencilla como comer helados. Encontrar a alguien interesante al que quitarle el envoltorio no era tan fácil. Mucho menos todavía que estuvieran buscando lo mismo. Y como era de esperar, fue misión imposible encontrar la señal que le diera la seguridad de que, el que tenía delante, era el hombre que estaba buscando. Porque, aunque inexplicablemente su don evolucionó permitiéndole ver en sus pretendientes el premio o el sigue buscando, tuvo que comerse muchos “palos”, más de los que le hubiera gustado, pero en ninguno encontró impresa la palabra premio.

De hecho, solo encontró sigue buscando, montones de ellos. Los encontraba estampados en las pieles de sus aspirantes a amor para toda la vida. Siempre en las zonas más insospechadas de sus anatomías, pero nunca accesibles a simple vista: en la planta del pie, en la pantorrilla, en el pliegue del cachete del culo con la pierna, en la parte baja de la espalda… Tras encontrar las dichosas dos palabras, la sensación de vacío y decepción la sumían en la frustración. Nunca más volvía a ver a esos hombres.   

Comenzó a pensar que había perdido su estrella. Se preguntaba si había agotado su suerte comiendo helados. Se lamentaba de no haber sido capaz de guardar un poco de esa suerte para encontrar el amor.

Pero a veces de la desesperación y frustración nacen los planes más brillantes. No más quitar envoltorios. No más esperar a ver qué mensaje escondían las pieles de sus amantes. ¿Cómo hacerlo? Con una venda. Cada vez que encontrara al que ella creyera que podía ser el posible hombre definitivo intentaría conocerlo sin pensar en qué mensaje llevaría impreso. Y al intimar, siempre se vendaría los ojos para no leer si era un premio o un sigue buscando. Para que eso no le hiciera perder la oportunidad, no solo de conocer realmente a quien tenía delante, sino también de que la conocieran a ella.

Así conoció a Juan, a Luís, a Miguel… hombres maravillosos que no hubiera descubierto obsesionada con saber si eran los definitivos. Hombres con los que, a pesar de que la historia de amor no funcionó para siempre, tuvo relaciones duraderas y en los que encontró el premio en el cariño que recibió de ellos.

Tras estas relaciones, finalmente conoció a Alberto, el hombre de su vida, del que le gustaba todo y lo quería todo. Se casaron y tuvieron hijos. En él encontró todo lo que había deseado.

Un día, después de 20 años de matrimonio Alberto le confesó que, a pesar del morbo que siempre le había despertado que se pusiera la venda, le gustaría que no se la pusiera más. Al principio a ella le dio miedo no hacerlo, pero accedió por Alberto. Sorprendentemente no encontró en él ningún mensaje, ni bueno ni malo. Pensó que la ausencia de mensaje era una buena señal.

Un par de días más tarde, mientras que Alberto hacía la cena, ella decidió darse una ducha rápida y se vio una pequeña mancha en el vientre, justo al lado del ombligo. Parecía un lunar, pero tenía formas irregulares. Cogió el móvil e intentando enfocar haciendo zoom con la cámara, vio que había unas letras que estaban escritas formando un círculo. Un sudor frío le recorrió la espalda, porque intuyó que era algo que Alberto nunca debería leer. Cuando amplió el zoom al máximo lo leyó claramente: sigue buscando.

Publicado la semana 6. 08/02/2021
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Yo fui a EGB
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