52
Sergio Carrillo

Tantas cosas que contar.

Conseguí poner el punto y final al último cuento. Como siempre en el tiempo de descuento, a las 23.59 del domingo “… se acababa el año del pato. Mi año de pagar el pato”. Pulsé publicar y al instante coronaba la lista de mis 52 títulos. Me dio un poco de vértigo asomarme desde lo alto de la lista y ver la cascada de títulos hasta llegar al primero. Pero también se me llenó el estómago de orgullo por haber completado el reto poniendo el lazo a mi año de cuentacuentos.

Apagué el ordenador y cerré la luz de la cocina. Cuando ya subía las escaleras hacia la habitación, en la oscuridad escuché un sollozo. Encendí la luz de la sala de estar, y me asusté al ver que la esposa de Carlos de “Playback y Subtítulos” estaba sentada en el sofá. Me acerqué entre el asombro y la compasión. Al sentarme a su lado me puso la mano en la rodilla. Me explicó que Carlos se fue con la otra, y que en realidad ella ya lo había superado, pero que llevaba llorando desde que yo puse el punto y final al cuento, a pesar de estar feliz por haberse quitado de encima al pedante de Carlos. Solo podía seguir llorando porque así la dejé yo. No supe qué decir, estaba demasiado alucinado.

Continuó diciendo que por lo menos ella solo lloraba, que podría haber sido peor, haciendo un gesto hacia el otro sofá. Allí estaba la anciana de “Nadie como tú”, que dormía sonriendo con el álbum de su boda ente las manos. También dormía junto a ella la protagonista de “El hechizo” que se quedó dormida esperando a su presentador y éste se fue sin despertarla. Acurrucada en su regazo también estaba la mentirosa de “La primera cita”. Y haciendo equilibrios por no caerse del sofá, estaba el ligue del protagonista de “Canas”.

Intenté levantarme sin despertarlas cuando escuché un ruido en la habitación. Subí las escaleras a toda velocidad y desde la puerta vi salir del armario a Toni y Manu de “Aquí nadie sabe tu nombre”. Me alegré mucho de verlos, y los abracé con fuerza. Por encima del hombro de Manu vi los pies de la cama. Allí había una colección de personajes a los que obligué a enamorarse y a mostrar su lado más sensual y sexual. Seguro que alguno de ellos hubiera preferido que no hubiera sido tan explícito en los detalles, o por lo menos que hubiera sido más pudoroso en algunos pasajes. Cuando estaba a punto de sentarme en la cama para disculparme con ellos y darles las gracias por haber llenado de pasión mis cuentos, el grifo de la ducha a toda presión me hizo salir corriendo hacia el baño.

Me encontré a Pablo que volvía a la vida desde el desagüe dejando se ser “Efervescente”. Junto a él saliendo del váter desfilaban, en formato zombi, todos los personajes que tuvieron la mala fortuna de morir mientras yo tecleaba “El destino” fatal que les aguardaba. Yo que soy muy impresionable no tuve miedo, en realidad me pareció poético que esa noche tuvieran la posibilidad de volver a estar junto al resto de personajes.

Los seguí y volvimos a bajar a la sala de estar, que estaba llena hasta la bandera. Me inundó un sentimiento de ternura al ver todas mis criaturas allí reunidas. Me senté junto a ellos y escuché todo lo que tenían que decirme. Creo que, por lo menos, les debía eso.

La mayoría creía que eran personajes con más recorrido. Que eran lo suficientemente redondos como para poder protagonizar una historia más larga y compleja que un cuento. Creo que algunos tenían más razón que otros, aunque no sé de donde sacaron esa soberbia que yo no les infundí nunca.

Después hablamos de los nombres. Algunos estaban agraviados y molestos conmigo por ni siquiera tener nombre. No entendían como podían ser solamente un pronombre (yo, tú, él o ella) y que no me hubiera molestado en ponerles nombre. Un grupo más reducido estaban aún más enfadados porque les había puesto un nombre en forma de eufemismo: el loco de los abrazos, la mujer que no sabía decir te quiero, el hombre que leía subtítulos, el italiano, el vecino de la sal. Y por último los que tenían nombre, pero creían que había sido poco original y había utilizado nombres demasiado clásicos. Creo que en este tema sí que tenían razón. Prometí hacer propósito de enmienda y esmerarme más con los nombres en el futuro.

Entonces se levantó Miguel de El tiempo entre citas” y puso en marcha un reloj de arena. Antes de que la arena se precipitara por completo y volvieran a a sus respectivos cuentos, mis personajes quisieron hacerme saber que habían visto una constante: la preocupación por el tiempo. Por la ansiedad del tiempo que se escapa, por la desesperación del tiempo que se eterniza, por el vértigo de sumar años. Me hicieron ver que en ocasiones el tiempo se comió otras cuestiones y se hizo protagonista por encima de ellos mismos. Mientras se despedían e iban desapareciendo me pidieron que relativizara y dejara de preocuparme. Aún quedan tantas cosas que contar que el tiempo no puede ser el límite.

Yo solo pude darles las gracias por haberme acompañado en el viaje. Por haberme dejado vivir otras vidas, 52 concretamente. Por haber sido el alma y la razón de ser de todo lo tecleado por mí y de todo lo que habéis leído vosotros.

 

Muchas gracias a tod@s los que habéis leído cada semana mi publicación. Ha sido más emocionante sabiendo que estabais al otro lado de la pantalla. Gracias por todo el cariño que me habéis transmitido con vuestros comentarios y ánimos ¡Nos seguimos leyendo!

Publicado la semana 52. 29/12/2021
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
52
Ranking
0 140 0