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Sergio Carrillo

El año del pato.

En enero comenzó la debacle. Jorge se fue de casa corriendo tras unos centimetros más y unos años menos. Lo de los centímetros pude comprobarlo con mis propios ojos cuando los encontré in fraganti en el sofá. Lo de los años lo supongo, por su cara de niño y porque Jorge nunca se hubiera acostado con nadie sobre el que no pudiera ejercer algún tipo de control. Y así, medio desnudos, corriendo intentando esquivar mis gritos e insultos, salieron por la puerta. Jorge ni siquiera volvió a cruzarla para venir a buscar sus cosas. Pero, como hombre enamorado, lo que más me dolió fue que ni siquiera intentara darme una explicación. Pensé en quemar el sofá, pero al final fui más práctico y lo vendí por Wallapop.

El frío de febrero se acentuó cuando a la pregunta, cómo repartimos los amigos, la respuesta fue unánime: todos se pusieron de parte de Jorge. Para más humillación, el muchacho de los centímetros de más y los años de menos, también se los metió a todos en el bolsillo. Bueno, eso sí, me quedé con nuestro piso lleno de sus fotos, de sus camisas y de su perfume. Ah, y con una hipoteca que tuve que subrogar y para la que tuve que vender, a parte de mi dignidad, un riñón. Vale, estoy haciendo un poco de drama, pero me vais a permitir que me regodee un poco, que yo soy al que han dejado y el que está sufriendo.

Recibí una llamada inquietante en marzo. Una empresa que me descartó en un proceso de selección, se volvía a poner en contacto conmigo porque ahora tenían la posición que se adaptaba perfectamente a mi currículum. Me enamoré de la idea de romper con todo y empezar de nuevo, incluso profesionalmente. También me enamoré de la empresa, del proyecto y de que se murieran por mis huesos un año después de descartarme. ¡Chúpate esa cabrón, ay digo Jorge! El proceso de selección fue tan rápido, que debería haberlo visto venir. Pero yo necesitaba escuchar lo bueno que era y lo que me necesitaban, aunque fuera a nivel profesional. Dije que sí casi antes de que acabaran de explicarme la oferta.

Cuando aterricé en la nueva oficina en abril, todo parecía encajar. Aproveché los viajes de trabajo visitando delegaciones para mitigar mi despecho y sentir que aún era apetecible para otros hombres. En multitud de ocasiones abrí la app para ligar de hotel a hotel. Pero el sexo vacío con desconocidos nunca me llenó, y siempre antes de quedar, cerraba el móvil e intentaba dormir.

La dinámica de aquella empresa no me convencía. Es que aquí siempre lo hemos hecho así, era el mantra que mayo repetía una y otra vez en mi cabeza. Y la dirección, una especie de secta con la que era imposible hablar, si no era a través del oráculo, una adjunta de dirección que creía que la empresa era de su propiedad.

¡Toc, toc! ¿se puede? Junio llegó con un nuevo vecino en la finca. Desde la ventana de mi habitación podía verlo en el balcón, fumando, hablando por teléfono y haciendo dominadas. Una tarde me pilló cuando se me caía la baba observándolo, y me guiñó un ojo. Cuando unos días después coindimos en el ascensor me dijo que iba a necesitar un poco de sal, que ya se pasaría a buscarla. Entonces fui yo quien le guiñó un ojo.

La situación se volvió insostenible en julio. El proyecto que me vendieron no tenía nada que ver con la posición real. Nos sentamos, lo discutimos y llegamos a un acuerdo. La relación laboral se acabaría cuando yo encontrara otro trabajo o ellos encontraran quien me sustituyera. Me puse las pilas para no volver a ser el dejado por segunda vez este año.

Con el calor de agosto y la mitad del vecindario de vacaciones, el nuevo vecino pasó varias veces por casa a por sal y lo que no era sal. Mi ego creció exponencialmente, llegando a cotas nunca vistas. Después de la sal, las conversaciones con un café con hielo entre las manos eran interesantísimas. Parecía que yo, volvía a ser yo. Y a él parecía que yo le gustaba.

Encontré un nuevo amor, profesional obviamente, en septiembre. Cuando llegué, enseguida me hicieron sentir útil, y mis aportaciones y nuevas formas de hacer las cosas eran recibidas con interés y entusiasmo. Me sentí cómodo desde el primer momento, y durara mucho o poco, estaba convencido que la relación siempre sería cordial y de igual a igual.

De la sal pasamos a cocinar juntos la cena completa, parecía que la cosa avanzaba poco a poco. Pero octubre es un mes traicionero con tanto fantasma y zombie suelto en Halloween. Mi fantasma fue el vecino de la sal, que me dijo que en noviembre recibiría la visita de su novio italiano. Se me cayó la sal de las manos, pero disimulé haciéndome el moderno y diciendo que cuantos más fueramos mejor lo pasaríamos, aunque estuviera hirviendo por dentro. Mi zombie fue Jorge con el que me encontré casualmente por la calle, y al que no se le ocurrió otra cosa que decirme que quería que fueramos amigos y que no perdieramos el contacto. ¡No, gracias! Yo ya estoy casi curado, si quieres aliviar tus remordimientos, vete a un psicólogo.

Con el Black Friday de noviembre, el amor también pasó a estar a coste de saldo. Mi amigo el de la sal quería un dos por uno, al italiano y a mí. Me di cuenta enseguida de que las relaciones poliamorosas no son lo mío. Y eso que, contra mí, y contra todo pronóstico, tengo que deciros que lo intenté. Pero las paredes de este bloque son de papel y el italiano gemía en estéreo, seguramente para que yo me enterara de que el de la sal se lo estaba tirando. Consiguió su propósito ponerme celoso y de mala ostia simultáneamente. Así que le dejé un paquete de sal en la puerta con una nota: “Ahora ya tienes sal, no vengas a pedirme más”.

Para acabar el año, en diciembre no tuve muchas ganas de ver a nadie. Creo que nadie tenía especial interes en verme a mí tampoco. Así que me acosté en nochebuena y me levanté en nochevieja justo antes de que tocaran las doce. Solo para ser consciente de que se acababa el año del pato. Mi año de pagar el pato.

Publicado la semana 51. 21/12/2021
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