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Sergio Carrillo

La víspera.

Cada año, la víspera de ese día, un par de mariposas revoloteaban por su estómago. En realidad no revoloteaban, hacían vuelos kamikazes golpeando las paredes y subiendo hasta su garganta. Aquella era una sensación difícil de explicar con palabras, mezcla de angustia y felicidad a la vez. Deseaba y temía a partes iguales que llegara ese día. Anhelaba volverla a ver, pero siempre temía que lo que iba a pasar al día siguiente rompieran la relación que habían inventado para no perderse el uno al otro.

Tener un plan rigurosamente estudiado, que había funcionado los últimos 4 años, no conseguía calmarle cuando se encontraba a tan solo 24 horas de que volviera a pasar, porque sabía que este año sería diferente. Una parte de ese nerviosismo más acentuado que sentía en ésta ocasión, estaba provocado por la conversación del último año.

Estuvieron juntos 12 años. A punto de casarse 3 veces. A punto de ser padres 2 veces. A punto de comprar una casa y olvidarse del alquiler 1 vez. Y hasta ahí, porque cuando uno se ponía a tiro y quería avanzar en la relación, el otro tenía miedo o no se sentía preparado. Esos 12 años se convirtieron en un bucle, que al final los mandó otra vez a la casilla de salida, pero ya no con veintimuchos, sino con cuarenta y pocos.

No hubo una ruptura traumática. No hubo terceras personas. En realidad, ni siquiera se acabó el amor. Solamente tuvieron el convencimiento de que juntos no podían avanzar y que necesitaban separarse para no lastrarse el uno al otro. Pero a parte de pareja eran los mejores amigos el uno del otro. Así que, como parte del tratado de paz que fue su separación, él propuso seguir viéndose para no perder de una tacada su pareja y su mejor amiga. Ella aceptó, pero añadió una cláusula al acuerdo. Solo se verían una vez al año para ponerse al día y celebrar el aniversario de su primer beso, es decir, para rememorar el día en que se conocieron.

Así funcionó durante los primeros 3 años. En su restaurante preferido, a la misma hora y en la misma mesa. Comían juntos, y después hacían una larga sobremesa que se alargaba con un paseo por el Borne y el Gótico hasta llegar a la Gran Vía. Después continuaban caminando hasta Plaza España, para volver a besarse junto a la Font Màgica, como la primera vez. En esas largas caminatas recordaban todo lo que pasó aquél primer día. Si llovía, la ropa que llevaban, las palabras que dijo uno y otro, lo que sintieron, a quién le contaron justo después de despedirse que habían encontrado la mujer/el hombre de su vida.

Desde que se separaron y hacían esta celebración, después de ese beso que ponía punto y final a su cita de ex, las mariposas se volvían a dormir en el fondo del estómago y se separaban hasta 365 días después. Pero la última cita, la del cuarto año, fue diferente. En aquella cita el tema de conversación no fue el recuerdo de su historia. Ella quiso explorar un tema diferente. Propuso un juego en el que ambos tenían que imaginar qué habría pasado si hubieran seguido juntos.

Ella lo sorprendió con la firme convicción de que hubiera conseguido convencerlo y que ya estarían casados, con un niño en casa y otro en camino, aunque no se hubieran hipotecado. Porque como habían visto en estos años separados no había nadie lo suficientemente bueno para sustituirlos.

Él se sintió abrumado, pero en su cabeza solo podía pensar que no quería a nadie como la quería a ella, que no se imaginaba su vida sin verla, y que necesitaba verla todos los días del año. Cuando llegaron a la Font Màgica, tras el beso de rigor, que esta vez fue más dulce, más cálido y más largo, él le susurró al oído: “Sabes que nunca habrá nadie más para mí, yo también quiero que lo volvamos a intentar”.

Por eso este quinto año, en la víspera de lo que debería ser su cita de ex, las mariposas no dejan de hacer vuelos rasantes en su estómago. Porque tras un año en el que han recuperado el tiempo perdido, mañana pronunciará el sí quiero.

Publicado la semana 50. 18/12/2021
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