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Sergio Carrillo

Gomina.

Cuando era un adolescente, como una reafirmación de sí mismo, decidió luchar contra su herencia capilar. Era fan de Grease y le encantaba la estética rocabilly. Así que, cada mañana esculpía un tupé a golpe de secador, cepillo y gomina. Lo hacía para escapar de la onda de señorito andaluz que su cabello generaba de forma natural. También lo hacía para escapar de la comparación perpetua con su abuelo paterno, con el que todo el mundo le encontraba parecido. Más aún cuando finalmente tuvo que rendirse y usar gafas porque la miopía, otra herencia de familia, también lo alcanzó.

Cada mañana esa sensación viscosa y fría en sus dedos, que luego se fundía con su cabello y lo endurecía creando finalmente un tacto acartonado. Como a todos los adolescentes del mundo, lo que hacía que se reafirmara no siempre era lo que más le gustaba. Pero si la gomina lo hacía diferente y especial era suficiente para elegirla.

Mantuvo esa arquitectura sobre su frente hasta que llegó a la universidad y conoció a Lorena. Su primer amor era pro gomina, pero detestaba los tupés. Unos meses después, ella consiguió que se recortara el flequillo. También le enseñó que la moda favorecía a la pasta viscosa para conseguir un efecto mojado. Sin embargo, debía conseguirlo despeinando su cabello con sus dedos. Aplicando la gomina en cada mechón para conseguir el look peinado pero informal que ella quería que él luciera.

Después conoció a Ramón. Cuando se enamoró de él descubrió muchas cosas de sí mismo. Cosas que no sabía que existían en su interior. Sin embargo, volvió a dejarse llevar por los gustos capilares de su nueva pareja. Adoptaron la estética siamesa que atrapa a muchas parejas del mismo sexo. Se reconoce porque uno, normalmente el que tiene menos pelo en este caso Ramón, arrastra al otro a raparse la cabeza al 2 o al 3. Luego se dejan barba de una semana, pero continúan rasurándose el uno al otro el resto del cuerpo. Y al final, acaban comprando las piezas de ropa por duplicado. Cuando algún amigo se los encontraba de frente, se había mimetizado tanto, que no sabían quien era él y quien era Ramón.

Cuando Ramón le puso los cuernos y encontró otro geyperman incauto de tamaño natural al que moldear a su imagen, él despertó del rapto de su personalidad. Así consiguió, mucho tiempo después, volver a peinarse convirtiendo su flequillo en un tupé. En esta ocasión menos pronunciado que en su adolescencia. Aunque, también lo mantenía erguido a golpe de secador y gomina.

Cuando ya volvía a ser él, se cruzó en su camino Miguel, que también estaba marcado por su herencia capilar. En este caso, Miguel no heredó nada, por eso era calvo como una bombilla. La primera vez que se quedó a dormir en su casa, después de una ducha, él salió del baño secándose el pelo mientras charlaban. Se pasó los dedos para peinarse un poco y se sentó en el sofá recostando la cabeza en el hombro de Miguel.

Estaban distraídos el uno en el otro. Jugando a ese juego de seducción en el que ya se sabe que se ha seducido al oponente. Con esa sobredosis de endorfinas que da el amor recién estrenado. Su cabello se secó del todo. Al levantarse del sofá para ir a dormir, Miguel se enamoró de esa onda que se dibujó en relieve sobre su cabeza. Lo abrazó y le acarició la nuca. Sus mechones de pelo se enrollaron con fuerza en los dedos de Miguel.

Cuando se despertó por la mañana, sin hacer ruido para no despertar a Miguel, tiró la gomina y las lentillas a la basura. Se peinó solamente con un cepillo y se puso sus viejas gafas. Frente al espejo acepto la herencia de su abuelo, gracias a la que encontró a alguien que lo quería tal como era, incluso con su onda y su miopía.

Publicado la semana 47. 28/11/2021
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