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Sergio Carrillo

Aquí nadie sabe tu nombre.

Se sentó en el banco del vestuario y comenzó a desnudarse. Aunque no dejaba de sentir algo de vergüenza, saber que todos los que estaban allí buscaban lo mismo que él le quitaba el peso de no tener que vigilar con quien flirteaba. Algo que era un poco complicado en su situación a principios de los años ochenta. Por eso, se convirtió en un habitual de aquel tipo de lugares, porque allí nadie sabía su nombre.

Tras guardar la ropa, se puso las chanclas, se anudó la toalla a la cintura y ajustó a su muñeca la pulsera con la llave de la taquilla. Se incorporó y caminó encogido y con paso lento hacia la salida del vestuario. Algunos pares de ojos siguieron su recorrido.

Deambuló por los pasillos laberínticos y en penumbra, transitados por otros hombres como él con toallas anudadas a la cintura. Escuchó el rumor del agua, los susurros, los quejidos de placer ahogados tras las puertas cerradas de las cabinas.

Se dirigió a la zona del jacuzzi, dejó la toalla colgada y una vez sumergido en el agua espumosa y clorada sus ojos se cruzaron con otros. Tras una mirada de curiosidad, otra con más intención. Luego se sonrieron y hubo un acercamiento. Entonces un temblor le recorrió de los pies a la cabeza, cuando notó como ese cuerpo que se acercaba primero le rozó el muslo al sentarse a su lado y después le pasó el brazo por el hombro. Comenzó entonces una conversación animada aunque escueta, que acabó en una de las cabinas y sobre un catre de sexo incómodo.

Tras el desenfreno del momento ocurrió algo que no le había pasado antes. A diferencia de lo que había pasado con otros, éste no salió corriendo ni lo dejó solo. Se incorporó y le ofreció un cigarrillo. Continuó sonriendole mientras le decía que había sido un polvo increíble, y lo había pasado genial. Él se ruborizó, no sabía como actuar, era algo nuevo para él. Más aún cuando le propuso ir a tomar algo y seguir charlando en el bar de la sauna.

Una conversación interesante consiguió que se desarmara. Le fascinó su naturalidad y descaro. Las caricias en el brazo, el brillo en sus ojos, el sabor de sus labios cuando se descuidaba y se acercaba para robarle un beso. Y pensó que quizás valía la pena romper su seguridad y que él sí que supiera su nombre.

Se vistieron y al salir, “yo te acerco”… y finalmente prolongaron el deseo en una noche que acabó con los dos extasiados formando una trenza de carne, piel y pelo sobre la cama, sin poder distinguir donde empezaba uno y acababa el otro.

Cuando se despertó, él todavía dormía. Estuvo observándolo y pensando que quizás lo que había pasado aquella noche era lo más parecido a un enamoramiento que él hubiera experimentado. En ocasiones el destino es caprichoso y consigue que en un lugar tan poco romántico como una sauna, nazca el amor.

Cuando abrió los ojos, sonrió y continuaron la conversación, justo por el lugar por el que debían haberla iniciado.

- Buenos días dormilón, soy Manu.

- Encantado, yo soy Toni.

Toni nunca más se marchó de casa de Manu.

 

 

*Gracias a todos los Tonis y Manus que consiguieron que hoy podamos ser quienes somos y amar libremente a quien queramos.

 

Publicado la semana 44. 07/11/2021
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