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Sergio Carrillo

Viersabadingo.

Siempre me supiste a fin de semana. Cada vez que conseguíamos estar juntos eras capaz de hacer que todo se quedara en pausa. Conseguías hacer que solo importara lo que había entre tú y yo en ese momento, que se me olvidara todo lo demás. Daba igual el tiempo del que dispusiéramos para estar juntos, siempre era como pasar un fin de semana entero a tu lado.

Aunque fuera martes y solo pudiéramos vernos un rato por la tarde. Aunque quedara toda la semana por delante y, peor aún, en el horizonte no hubiera la posibilidad de volver a verte el resto de la semana. Cada vez que nos encontrábamos siempre era como un viernes por la tarde. Éramos como niños que salen del colegio y se quedan a jugar en el parque. Como el premio de saber que era día de pizza y helado. Cuando nos encontrábamos, fuera el día que fuera, siempre era viernes. Era el inicio y siempre era un regalo envuelto con papel de sonrisas, lazo de caras relajadas y dedicatoria de despreocupación.

A continuación, en un abrir y cerrar de ojos, el sábado pasaba volando. De la sensación de pensar que todo estaba por hacer y decidir, pasábamos a la acción. Era el momento de hacer todo lo que pudiéramos juntos y de ganarle tiempo al tiempo. Era el momento de perderme en ti, de escuchar todo lo que querías contarme.

Como en cualquier sábado, también era el momento de verte con el guapo subido. Como si te arreglaras para salir de sábado noche a cenar y a tomar una copa conmigo. Mientras me bailabas me decías al oído todo lo que te gustaba y lo feliz que te hacía. Era el momento de que, precipitada por un beso, la pasión ganara y las palabras callaran.

En definitiva, el sábado era el momento en el que llevados por la euforia intentáramos que todo valiera la pena y no dejáramos nada para después. El sábado era el momento del aquí y ahora porque era contigo. Nada importaba más de lo que estaba pasando entre nosotros.

Luego llegaba la tranquilidad del domingo por la mañana. La tranquilidad de levantarse tarde y notar que tu calor lo impregnaba todo. La tranquilidad del desayuno, el sofá y la manta. La tranquilidad de tus brazos rodeándome.

Y poco a poco, nos adentrábamos en lo tenebroso del domingo por la tarde. El momento que significaba nuestra despedida. El momento en el que me separaba de ti sin saber hasta cuando. Todo el calor se convertía en frío cuando, ya sin ti, volvía a ser martes por la noche después de nuestro encuentro.

El sabor de “viersabadingo” era el sabor agridulce de un fin de semana abreviado en horas, en el que los días se superponían y masticábamos sin saborear todo lo que podíamos llegar a ser y aún no éramos.

Por suerte, ese es un sabor que hace tiempo que no reconocemos. Ahora, que por fin hemos conseguido que nuestros tiempos converjan, ya no me sabes a fin de semana. Ahora me sabes a cada día, y ese sabor dulce de cotidianidad sin intermitencias es el que por fin disfrutamos juntos.

Publicado la semana 41. 17/10/2021
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