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Sergio Carrillo

Efervescente.

Pablo era todo un seductor. Por eso, para él flirtear era su forma de relacionarse con los demás. Era una habilidad innata e involuntaria, que desplegaba con el que tenía delante, aunque no fuera su intención hacerlo. Sufría, como la gran mayoría de hombres, de falta de constancia y atención. Aunque en él esta tara de la masculinidad era aún más acusada.   

Era el seductor de manual que todo el mundo puede imaginar, de voz profunda con mirada pícara y cautivadora. Con porte de dandi y verborrea intensa pero interesante. Un embaucador a todas luces, incluso visto desde lejos.

Le gustaba gustar siempre. Tanto a hombres como a mujeres. De los hombres obtenía camaradería, les ganaba el favor para usarlo en su propio beneficio. Pero de las mujeres quería toda su atención, que bebieran los vientos por él, que se desmayaran a su paso. De ellas lo que quería realmente era la emoción de la conversación susurrada, la adrenalina de la conquista, la excitación del primer beso robado, el fuego de compartir cama por primera vez con cada una de esas mujeres.

Lo que hacía que Pablo se sintiera vivo era esa efervescencia de las primeras veces, la piel erizándose con un escalofrío que recorre todo el cuerpo y el corazón latiendo desbocado.

Tras ese frenesí, conseguido con el falso galanteo que le había permitido abrir ese regalo, todo se desinflaba. Todo porque ese regalo solo era posible abrirlo por primera vez, una sola vez. Pssss, pssss, pssss… toda esa efervescencia quedaba diluida, como si el flirteo fuera la pastilla y la mañana siguiente fuera un gran vaso de agua donde ya no quedaban burbujas chispeantes. Una vez que el efecto efervescente pasaba, Pablo perdía todo el interés y necesitaba de nuevo volver a seducir para poder sentir.

Podría haber quien pensara que Pablo era un depredador de la debilidad que generaba en las mujeres que pasaban por su vida. Pero en realidad, el problema era justo el contrario, era un depredador de su propia debilidad: su adicción al enamoramiento.

Sí, Pablo era un niño grande adicto a las emociones fuertes que le reportaba buscar la primera vez una y otra vez. Vivía de la dependencia a las endorfinas que generaba esa búsqueda. Sin embargo, vivir así, nutriéndose de esos primeros y únicos momentos que nunca más vuelven, era precisamente lo que lo hacía débil. Porque la dependencia de esa emoción hacía que cada vez necesitara una dosis más grande para poder sentir.

Pero ni siquiera él era infalible. Cuando no conseguía su dosis de efervescencia, la abstinencia lo dejaba noqueado. Dejaba de sentirse el hombre confiado de autoestima por las nubes, para ser el alma en pena que nadie imaginaba que podía ser. Por eso, se quedaba en casa, a oscuras y tapado hasta la cabeza. Le dolía todo el cuerpo, y su corazón, normalmente desbocado, se ralentizaba. Se quedaba helado.

En aquella ocasión su sequía de conquistas duraba ya una semana y Pablo entró en una espiral que lo hundió profundamente. Una mañana, tras despertarse y sentirse de nuevo vacío, sin nadie a quien no conociera a su lado, notó que algo se había quebrado en su interior. Que ya no conseguiría jamás tener la sensación de efervescencia que siempre le llenaba. En su mente germinó la idea de que quizás la solución era que necesitaba menos pasión con otros y más compromiso consigo mismo.

Ese pensamiento positivo siguió creciendo en él. Parecía que empezaba a recuperarse y encontrarse mejor. Pero su cuerpo concibió esa idea como un veneno contra el que tenía que luchar. Tenía que aniquilarla para volver a su forma de ser natural, que le reportaba el nivel de adrenalina y endorfinas a las que estaba acostumbrado. El delirio de su adicción comenzó a pelear por su dosis de efervescencia, en un último esfuerzo desesperado por conseguir volver a sentir.

En la batalla entre su pensamiento positivo y su síndrome de abstinencia, Pablo fue el perdedor. Cuando se metió en la ducha y el agua comenzó a correr… pssss, pssss, pssss… Pablo se disolvió y desapareció por el desagüe.

Publicado la semana 4. 25/01/2021
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