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Sergio Carrillo

Recuérdame.

Cuando tu enfermedad llegó, nos hicimos más fuertes. Decidimos recordarlo todo, una vez más, antes de que lo olvidaras. Revivirlo todo otra vez antes de que te quedaras sentada mirando al infinito con la mente en blanco.

Decidiste que querías recordar hacia atrás. Yo te cogí fuerte la mano y comenzamos a pasear por tu mente con paso firme. Los recuerdos iban muy rápido, pasaban a nuestro lado rozándonos. Silbaban al cruzarse con nosotros, creando un vendaval a nuestro alrededor. Algunos tuvimos que esquivarlos para no chocar con ellos. Pero tú tenías claro cuales querías visitar. 

Primero te paraste en el día que nació nuestro nieto. Creo que aquel día fue el más feliz de tu vida, más que cualquier otro, porque sentías que se cerraba un círculo. Cómo lloraba, y qué feliz lo hiciste cuando le trajiste un biberón de manzanilla para calmarle los cólicos. Creo que vuestra relación se construyó desde la comida, y que por eso ahora él es un cocinero increíble. No se cansa de repetir que tú le enseñaste que “la mejor y más sincera muestra de amor, es cocinar para los que quieres, para cuidar su cuerpo y alimentar su alma”.

Después te paraste en tu primera exposición de fotografía. Tuviste la habilidad de convertir tu afición en tu profesión. Es cierto que no te fue fácil y que no expusiste hasta que llegaste a los 45 años, pero a tesón y esfuerzo a ti no te ganaba nadie. Por eso, llegaste a ser una de las fotógrafas más reconocidas, y premiadas, de este país. 

La siguiente estación fue la adopción de nuestra hija. Siempre dijiste que aquel fue el proceso de selección más difícil de tu vida. Que todos los que vinieron después ya no fueron importantes. Que ser madre de corazón de nuestra hija superaba el sentimiento de haber sido su madre biológica. Ahí se abrió el círculo que cerraste con nuestro nieto. 

Finalmente, nuestro paseo por tu mente acabó en nuestra boda. Eras la novia más bonita del mundo. Levitabas por encima del pasillo hasta llegar al altar. Al pronunciar el “Sí, quiero”, al contrario de otras, tú solo podías sonreír, con el rostro iluminado ansiando el “puedes besar a la novia”

Ahí acabó de forma abrupta nuestro paseo. Antes de llegar al día en que nos conocimos te quedaste sentada mirando al infinito con la mente en blanco. Así que hoy voy a explicarte cómo nos conocimos. Lo hago con la esperanza de que en algún rincón de tu mente dañada aún haya un resquicio de tu esencia y puedas escucharlo. 

Era una mañana radiante de domingo. Teníamos una cita a ciegas en el Parque Central. Tú me reconocerías por “La vuelta al mundo en 80 días” entre mis manos. Yo te reconocería por un pañuelo azul anudado al cuello. Acababa de enamorarme de ti cuando te sentaste a mi lado en un banco. Suerte que tú siempre tenías un tema de conversación, porque a mí la vergüenza me corría por todo el cuerpo en forma de sangre hirviendo y sudor helado. Sonreías y los ojos te brillaban. Caminamos un poco y nos detuvimos frente a la fuente, y entonces me besaste. Los chorros de agua saltaban llenos de vida. Así eras tú, una mujer llena de vida que la regaló a todo el que se cruzó en tu camino. 

Acabando de decir esto, ha ocurrido algo extraordinario. Has alargado la mano y has tirado uno de los marcos de fotos que había sobre la mesa. No ese, ni aquel, éste. Así que algo de ti todavía está ahí dentro. Gracias por este último regalo amor, imagino que tu intención era dármelo antes de que el blanco invadiera tu mente. Al recoger la foto en el dorso he leído: “Cuando me quede sentada mirando al infinito con la mente en blanco, recuerda que yo siempre estaré junto a ti en el banco de aquel parque, con el rumor del agua de la fuente de fondo. Estaré viviendo feliz en ese recuerdo, aunque tú no puedas verlo. Recuérdame así, porque es así como yo te recordaré a ti”.

Publicado la semana 33. 17/08/2021
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