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Sergio Carrillo

Cicatriz.

De tanto ir y venir, de tanto intentarlo y desilusionarse, de tanto retomarlo y dejarlo… se le abrió una herida profunda y sangrante en el pecho. Contuvo, como pudo, todo su amor por él taponando la herida con los retales de la vida apedazada e intermitente que habían compartido. Porque sí, se querían, pero su relación era tormentosa y llena de altibajos. Tanto como para amarse y odiarse a partes iguales.

Con esfuerzo consiguió contener la hemorragia y, por suerte o por desgracia, no se vació del amor que sentía por él. Cuidando mucho la herida consiguió que se cerrara y convertirla en costra y cuando ésta se desprendió quedó marcada por una cicatriz.

Aquella cicatriz era la marca de todo lo que había pasado entre ellos. Era la constatación de lo unidos que habían estado, pero también de lo separado que podía estar lo que antes estaba unido. Y, además, era la marca de que lo que había estado separado podía volver a unirse, pero nunca de la misma forma en que se unió por primera vez. Porque ese viaje hacia atrás, de lo separado a lo unido, nunca es tan fácil. El motivo que hizo que se abriera la carne y dejaran de ser uno siempre quedó impreso en esa cicatriz que ahora unía de nuevo la piel.

Se notaba que la cicatrización había sido dolorosa y difícil. Era una cicatriz irregular, como si se hubiera producido por un golpe súbito y seco. Era abultada, con un relieve escarpado. Al reseguirla con el dedo podía distinguirse donde la piel se superpuso y donde se unió al mismo nivel. Como si la herida se hubiera cosido con prisas, sin prestar atención a los puntos, sin importar que después la cicatriz fuera fea y dejara marcada la piel de su pecho.

Quedó así porque fue ella misma quien cosió como pudo la herida. Porque mientras la cosía estaba pendiente de que él volviera, de que los demás no lo supieran, de que su vida siguiera obviando todo lo que había pasado entre ambos. Superpuso lo que sentía por él a lo que sentía por ella misma. Se olvidó de todo lo que ella quería por cerrar la herida, que hiciera costra y se convirtiera en cicatriz, en un recuerdo de lo que pasó y de lo que ella quería borrar y hacer desaparecer rápido.

Pero cada vez que él estaba cerca, aquella cicatriz latía con fuerza, cogía temperatura, se enrojecía y dolía. En ocasiones tenía la sensación de que quería volverse a abrir, como si la piel seca alrededor de la cicatriz tirara para dejar salir todo lo que ella guardó dentro.

Un día él volvió a hacerle daño. La cicatriz colapsó y se abrió. La hemorragia fue incontenible. En esta ocasión todos sus esfuerzos fueron en vano. Irremediablemente la hemorragia fue tan abundante que se vació del amor que sentía por él. Con el pecho abierto le pidió que nunca más volviera a su vida, que ya no quedaba dentro de ella ningún sentimiento por él. Y quizás lo más importante, nunca más guardaría tras esa herida nada que tuviera que ver con él.

Se dedicó a sí misma, a cuidarse, a contarle a los que la querían todo lo que había pasado. Se dejó ayudar y comenzó a sanar. Fue ella misma quien también cosió esta nueva herida, pero en esta ocasión se tomo el tiempo que necesitaba, juntando los bordes de la piel con cuidado, para que todo quedara al mismo nivel. Consiguió una cicatriz plana, que al reseguirla con el dedo era casi imperceptible, gracias al amor y dedicación que puso en sí misma.

Cuando entendió que quererse a si misma era lo primero, solo en ese momento, encontró las fuerzas y se sintió preparada para volver a intentar querer a alguien más. 

Publicado la semana 30. 26/07/2021
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