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Sergio Carrillo

Deconstrucción de un mordisco.

Siempre pensó que morder era algo muy personal. Por eso, cuando había alguien a quien realmente quería, su muestra de cariño siempre era un mordisco. Lo hacía sin premeditar, cuando el amor por el que tenía delante lo embargaba sus dientes se afilaban buscando un trozo de carne magra para apretar. Una mejilla, un cuello, un hombro, una barriga… incluso un cachete del culo. Cualquier parte de la anatomía del otro era buena para expresarle su afecto dejando marca, literalmente.

Así que sus padres, sus hermanos, sus sobrinos… incluso sus amigos más íntimos habían probado su cariño en forma de mordisco. Y la reacción no siempre era la que él esperaba. Porque él estaba embargado de amor y afecto hacia los suyos, pero ellos no siempre estaban alerta de que lo que iban a recibir era un mordisco en vez de un beso. Así que había hecho llorar a sus sobrinos, se había llevado algún codazo de sus hermanos e incluso alguna bofetada o puñetazo de sus amigas y amigos.

No podía evitarlo, cuando sentía amor tenía que morder y si no mordía es que realmente no sentía afecto por el que tenía delante.

Sin embargo, nunca había mordido a ninguna de sus parejas, lo que siempre le llevó a pensar que nunca se había enamorado de verdad. O por lo menos que no los había querido de la forma que a él le hubiera gustado y que ellos hubieran merecido. Claro que, sus relaciones siempre habían sido muy breves y siempre tuvo más ganas escapar de ellas que de morder. Siempre hubo más sexo que amor con sus parejas. Lo que había sido un problema endémico que arrastraba desde que perdió la virginidad. Compromiso inexistente y libido siempre en las alturas, una combinación abocada al fracaso al hablar de amor.   

Por eso se sorprendió cuando la tercera vez que se veía con Jorge sintió unas ganas irrefrenables de morderle.

Jorge lo citó para cenar en su casa, pero él se adelantó un poco y llegaron a la vez, Jorge de correr y él con ganas de correrse. Se colocó detrás de Jorge mientras abría la puerta y abrazándolo respiró muy profundo y muy cerca de su nuca. Jorge sonrió, siempre olía tan bien, incluso después de correr y sudar tanto que su camisa quedó empapada tras abrazarlo.

Tropezando y andando con las piernas entrelazadas, entre beso y beso y perdiendo la ropa por el camino llegaron a la ducha. El agua caliente comenzó a resbalar por las mejillas y el cuerpo de Jorge y fue en ese momento que el instinto preparó sus dientes. Lo empujó contra la pared y con un movimiento rápido le daleó la cabeza para poder tener una buena visión de su cuello. Abrió la boca y al apretar los dientes pasó la lengua suavemente por encima de la carne de Jorge, que no solamente olía bien, sabía mejor. Tanto, que perdió la noción del tiempo y pensó que realmente le estaba haciendo daño, así que lentamente fue dejando de apretar pasando la lengua de nuevo e intentando aliviar el dolor con un beso.

Y durante todo ese tiempo, Jorge no dijo nada, ni se quejó, se dejó hacer mientras lo abrazaba cada vez más fuerte. Cuando volvió a mirarlo a los ojos Jorge estaba extasiado y sonriendo se acercó a su oído y le dijo: - ¡Ahora me toca a mí! Y apretó los dientes aprisionando el lóbulo de su oreja.

A él nunca le habían mordido y aquel mordisco le pareció lo más erótico, pero también lo más cariñoso y tierno del mundo y bajo el agua caliente siguieron mordiéndose.

Dicen que la región del cerebro que actúa cuando experimentamos amor y sexo es la misma y que por eso los confundimos. Quizás distraer al cerebro con el dolor del mordisco fue lo que deshizo la confusión y le hizo ver claro que era amor y no sexo. O quizás simplemente fue que encontró a alguien que expresaba su amor de la misma forma que él.

Publicado la semana 27. 05/07/2021
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