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Sergio Carrillo

La primera cita.

Se quedaba absorto mirando fotos y fotos, perfil tras perfil. Julio pensaba que desde que el amor se había convertido en un catálogo infinito de posibilidades en formato foto y perfil geolocalizado, podría parecer que encontrarlo era más sencillo. Aunque, nada más lejos de la realidad, para Julio el anonimato y la distancia entre los cuerpos convertía la búsqueda en algo aséptico, sin emoción ni sentimiento.

Para él era un lugar donde había más carne que alma, pero el único al que sabía acudir para encontrar eso que si se busca no se encuentra. Y que cuando se encuentra a veces no se reconoce por nuestra adicción a lo rápido y al momento.

Sin embargo, el destino le deparaba un atisbo de esperanza. Después de perderse en miles de perfiles y hacer muchos descartes, por fin un match en la app les dio la oportunidad de entablar una conversación que en este caso no fue ni anodina, ni banal, ni típica. Buenos temas de conversación, gustos parecidos, cara de niña buena, todo encajaba. Y se llamaba Julia. La pregunta llegó un par de días después de conversación “¿Qué haces mañana que es viernes? ¿Te apetece cenar conmigo?” Y él aceptó encantado.

Se citaron en un pequeño restaurante japonés, todo surgió cuando ella le explicó la sensación de la primera vez que probó el wasabi, pensando que era guacamole. De ahí a los palillos y cómo usarlos… y al final a ambos les entró antojo de sushi, maki y yakisoba. La cita perfecta y sofisticada que Julio imaginaba.

Julio llegó cinco minutos antes. Julia llegó cinco minutos tarde. Estaba guapísima, la fotografía del perfil no le hacía justicia. El pelo rizado y cobrizo descansando sobre sus hombros, los ojos verdes y brillantes, los labios carnosos y muy rojos, y unas pecas que salteaban sus mejillas.

Él solo podía sonreír cada vez que ella le dedicaba esa caída de ojos que, por supuesto tenía muy estudiada y ensayada, pero para Julio era totalmente irresistible. Y al sentarse a la mesa ella le dijo: “por si luego no me acuerdo de decírtelo… esta noche lo he pasado muy bien”. A Julio le sonó tan bien, aunque supiera que era un guiño que Julia le hacía a su película favorita, Pretty Woman, que igualmente se sonrojó y pensó que necesitaba un poco de agua.

El ritmo de la cena fue muy bueno, hablaron de trabajo, de viajes que tenían pendientes, de sus series favoritas, de las ganas que ambos tenían de cambios en sus vidas… y en el postre, mientras Julia se peleaba con un mochi de fresa, intentando cortar la pasta de arroz dulce y densa, él la miraba embelesado y sin pensarlo le dijo: “¿Quieres tomar una copa? Conozco un local de Gin-tonics aquí al lado”. Y ella aceptó encantada.   

La música del local propició conversaciones al oído, miradas cómplices, risas atontadas. Él quiso demostrar que no era el típico chico soso y se marcó algunos pasos de baile, Julia le siguió el rollo, aunque ambos sabían que lo de bailar no era el fuerte de Julio.

Con el abrigo puesto en la puerta del local, Julia se abrazó a su cintura, y él le paso el brazo por el hombro. Julio se preguntó “¿Es nuestro primer abrazo?”. Entonces empezó un juego de seducción un poco más intenso sobre qué hacer o dónde ir, porque ninguno de los dos quería que la noche terminara. Julia le dijo que quería dormir con él y Julio le dijo que necesitaba abrazarse a ella toda la noche. Y ambos aceptaron encantados ir a casa de Julia que era la que estaba más cerca.

Acostados en la cama, después de convertir toda esa tensión de la cita en pasión y desenfreno, Julia se quedó dormida y Julio se abrazó a ella. Pero como muchas noches, Morfeo no vino a visitar a Julio y se dedicó a velar el sueño de Julia.

Sóno un WhatsApp en el móvil de Julia. La pantalla iluminada era una tentación demasiado grande para Julio. Y forzó la vista para alcanzar a leerlo:

“Amore, ¿ya estás en casa? ¿Qué tal con las chicas? Me he preocupado… como siempre me escribes… Mañana llego en el avión de la 18.35hrs. ¡Tengo unas ganas locas de verte! ¡Te quiero!”

Julio comenzó a vestirse y mientras observaba a Julia pensó: “qué pena porque podrías haber sido la única para mí, lástima que yo solo sea uno más para ti”. Y mientras cerraba la puerta con cuidado para no despertarla le lazó un beso y le dedicó una sonrisa.

Llegando a casa abrió la aplicación, e intentando esquivar el insomnio se quedó absorto mirando fotos y fotos, perfil tras perfil.

Publicado la semana 23. 07/06/2021
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