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Sergio Carrillo

Paisaje humano sobre cama.

Lo primero que entró en aquel piso vacío fueron tres paquetes planos suecos. Dentro, ordenados casi patológicamente, se encontraban los elementos de hierro y madera que más tarde y después de atornillar hasta el infinito se convertirían en patas, somier y cabecero.

El colchón llegó enrollado sobre sí mismo, hubo que esperar 48 horas a que cogiera su forma original, fuera del vacío. La ropa de cama elegida fue un nórdico multicolor coronado por 6 cojines, a parte de las almohadas. Ella estaba orgullosísima de su obra maestra. Él, que era el que hacía la cama cada mañana, pensaba que poco a poco iría haciendo desaparecer cojines.

Aquella cama se convirtió en uno de los pocos muebles que llenaban aquel hogar que empezaba a formarse. En ocasiones, la mayoría, era el templo del descanso donde ambos dormían abrazados. Otras veces, era el sitio de recreo donde leer, ver la tele, conversar, escribir, o quedarse absorto cotilleando redes sociales en la pantalla del móvil. Y por supuesto las más especiales, muchas al principio, pero luego todo decae… se convertía en cuadrilátero donde el combate de pasión se dirimía con besos, caricias y pijamas saliendo disparados hacia el suelo.   

Una noche, se convirtió en el lugar donde se inició una aventura increíble y muy deseada. Una contracción y rompió aguas. Él daba vueltas alrededor de la cama intentando vestirse, aunque al final se puso todo del revés. Ella, guardando la calma, cogió la maleta y le dio las llaves del coche.

Lo siguiente fue el sonido de los pasitos recorriendo el pasillo. Desde los pies de la cama el niño intentando subir reptando hasta colocarse entre ambos. La felicidad y el amor vivían en aquella cama.

Con el paso de los años, tuvieron que ir cambiando algunas piezas y la cama fue mutando sin dejar de ser el mismo lugar. Primero cambiaron el somier. Después un colchón con viscoelástica. Más tarde un cabezal acolchado, más cómodo para recostarse.

Mientras todo pasaba, la madurez se instaló como compañera de sueño. Pero no vino sola. Trajo el estrés del trabajo. La preocupación por los estudios del niño. Los problemas económicos que en ocasiones les ahogaron. Y con tantos habitantes en aquella cama, llegó el último que finalmente colgó el cartel de overbooking, el insomnio.

Rodar, vuelta y vuelta, con la cabeza llena de temas que no los dejaban ni dormir, ni descansar. Llegaron las canas y él subió algún kilo que otro. La cama se hizo kilométrica. Con cada uno en una punta y todo lo demás, invisible, creando un muro entre ellos, que en ocasiones los alejaba, y en otras los ayudaba a seguir. No, no es que dejaran de quererse, pero lo que sentían se transformó. Cada vez era más complicidad, cariño y entendimiento. Cada vez era menos enamoramiento y pasión.    

El niño que ya se había convertido en un joven con ganas de descubrir, le dio una nueva oportunidad a aquella cama para revivir combates pasados. En más de una ocasión, y siempre cerciorándose de que no sería descubierto, la deshizo con diferentes amigos y amigas. Buscando el espacio que necesitaba y que su diminuta cama individual no le proporcionaba. Ellos, por supuesto, lo supieron desde la primera vez que el joven profano su cama, pero siempre prefirieron permitirlo y que su hijo tuviera un lugar seguro en el que experimentar. Y aunque no tuvieron nunca claro que fuera el sitio donde comenzó a amar, por lo menos sí tuvieron claro que el sitio donde comenzó a sentir y a decidir qué quería y qué no.  

En pocos años volvieron a quedarse solos en casa, y tuvieron que reordenar las rutinas, los espacios y la forma en la que se relacionaban. A él le entró la locura del running cincuentón, cincuentón tardío casi sexagenario. Sintió miedo de perderla porque él se había dejado y en cambio ella siempre se había mantenido estupenda. Comenzó su operación para enamorarla de nuevo. Entonces, dejó de trabajar hasta las tantas, la invitó a salir y a tener todas esas citas que no habían tenido en los últimos años. A recuperar todos esos viajes que habían pospuesto. A volver a dormir juntos en su cama abrazados, incluso volviendo a hacer salir disparados los pijamas cuando se terciaba. Y la verdad es que volvió a terciarse bastantes veces.

            Fueron unos años estupendos, hasta que llegó el último visitante a aquella cama, la enfermedad. Y en pocos meses hizo que todo se volviera en blanco y negro y que él se fuera consumiendo. Cuando ella se quedó sola, nunca más quiso volver a dormir en aquella cama. Habló con su hijo, vació el piso y lo puso en venta. Solo dejó la cama de la que no tuvo valor para desprenderse.

El día que se fue a la residencia, recorriendo las estancias de la casa, por el pasillo dirección a la puerta, recordó todo lo vivido y que no querría que toda esa felicidad saliera nunca de allí. Así que cerrando la puerta desde fuera dejo las llaves puestas por dentro, para que todo lo vivido se mantuviera dentro un poco más de tiempo y fuera difícil hacerlo salir de allí.

 

Publicado la semana 22. 31/05/2021
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