21
Sergio Carrillo

El conocido.

Me ha sonado tu cara en el semáforo anterior. Y ahora lo veo claro, te conozco. Conduces una motocicleta y te has situado justo detrás de mi coche. Es jueves a primera hora de la mañana. Acabamos de girar desde la Travessera de Dalt. Te vigilo por el retrovisor mientras bajamos por la calle Sardenya dirección hacia Diagonal y Gran Vía.

Llevas un casco abatible, con la visera levantada. Me suenan tus ojos, pero sobre todo esa cicatriz que tienes en la ceja. Te agradezco que seas un conductor de moto responsable y que no intentes zigzaguear entre los coches. Así puedo seguir intentando recordar quién eres. Te estudio cada vez que la marcha se detiene. Mi mente va a toda velocidad repasando el catálogo de amigos, conocidos y saludados.

Quizás fuimos compañeros en un trabajo anterior o compañeros de colegio o instituto. Quizás seamos familiares lejanos o alguien con quien me cruzo de vez en cuando en el barrio. No, no, no. Hay algo más. ¿Qué se me está escapando?  

A la altura de Sagrada Familia tú no te despegas de mí. Pareces pensativo, como si estuvieras cavilando algo y por eso sigues por inercia mi marcha sin intentar adelantar. ¿Será que a ti te suena mi coche y también estás intrigado por saber quién soy?

Otro semáforo en rojo en la confluencia de Sardenya y Gran Vía. Yo voy hacia la Vila Olímpica, donde tengo la oficina. Tú parece que también llevas la misma dirección porque no pones el intermitente. ¿Dónde vas? Mientras esperamos, yo sigo vigilándote, y entonces te quitas el casco para ponerte las gafas de sol. Ya te tengo, ya sé quién eres.

Los ojos, la cicatriz en la ceja, el pelazo negro. Yo te conozco. Es verdad que no nos conocemos en persona, pero yo te conozco. Tú nunca quisiste conocerme porque siempre pesaste que yo fui el suplente que se convirtió en titular.

Te conozco porque vives en mi casa en libros olvidados en las estanterías. En discos sin caja, alguno aún puesto en el reproductor después de tantos años. En la colección de DVDs que no te llevaste, algunos francamente infumables.

Pero sobre todo vives en mi casa en un montón de álbumes de fotos. Te he visto riendo, de vacaciones en ciudades de todo el mundo, celebrando cumpleaños y navidades… mi mujer dice que te encantaba la fotografía y luego hacer álbumes llenos de frases y dibujos. Algunos son auténticas obras de arte. La verdad, es que no te pega nada con esa pose de macho alfa encima de la moto.

Cuando conocí a tu mujer en el pasado, mi mujer en el presente, hacía unos meses que lo habíais dejado. No viviste bien la ruptura, y no quisiste tener nunca más relación ni con ella ni con nadie de vuestro circulo común. Qué lástima porque ella cuando quiere lo hace a fondo perdido, no deja de querer porque tome decisiones difíciles, como lo fue el fin de vuestra relación. Además, incluso a mi me resultas simpático y sin conocerte siento un cierto aprecio por ti.

Qué lástima que no quisieras que vuestra relación evolucionara, que no permitieras que no quereros como pareja no pudiera ser un “seguimos siendo familia por todo lo que compartimos juntos”.

Hemos llegado ya a la Vila Olímpica, yo me meto en el aparcamiento del edificio de oficinas y tú te pierdes dirección al Paseo Marítimo. ¿Sabes? Lo primero que nos prometimos fue que nunca dejaríamos de ser familia pasara lo que pasara entre nosotros. Quizás tenga que darte las gracias porque si tú no hubieras sido tan reticente, nosotros no nos hubiéramos planteado que nunca querríamos acabar como acabasteis vosotros dos.

Publicado la semana 21. 24/05/2021
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
21
Ranking
0 315 0