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Sergio Carrillo

Fiebre de tormenta.

Paula esperaba todos los días con ansiedad el parte meteorológico. Cada noche, sentada en el sofá a las 21.50hrs. deseaba que el hombre del tiempo dijera que al día siguiente iba a llover, cuanto más fuerte mejor. Era viernes y Pablo estaba sentado junto a ella en el sofá. Tras la imagen de invierno que iniciaba la previsión, el hombre del tiempo empezó su intervención.

“En la mitad este, fin de semana gris y triste, meteorológicamente hablando, con nubes y precipitaciones, con granizo y tormentas localmente intensas en la línea de la costa. Esta tendencia se repetirá a lo largo de todo el sábado y el domingo, con temperaturas nocturnas en claro descenso que dejarán heladas débiles. El viento soplará suave de oeste a noroeste”.

Paula sonrió, fin de semana de tormenta. Tenía que prepararse para la fiebre de tormenta que se avecinaba. Pablo se había quedado dormido en el sofá. Pensó “pobrecito mi chico, madruga tanto”. Bajó la intensidad de la luz de la sala, hasta que se quedó en penumbra con la tele al fondo. Volvió al sofá con una manta. Arropó a Pablo y se abrazó a él. Mientras tanto, el resplandor del primer relámpago lo iluminó todo. Paula contó: 1, 2, 3, 4, 5… y el trueno rompió el silencio. Era oficial, la fiebre de tormenta había llegado.    

Fiebre de tormenta es como Paula llamaba a lo que le pasaba a Pablo cuando hacía mal tiempo. A la mayoría de la gente lo que le pasa cuando hay tormenta es que le cuesta más levantarse de la cama, están más apáticos, el día les cuesta más. Pero los días de tormenta tenían un efecto diferente en Pablo. Era un buen hombre, Paula no tenía ninguna duda de que la quería, pero los días de tormenta Pablo era aún más encantador, más considerado, más apasionado. La fiebre de tormenta lo convertía en alguien más dulce, entregado a quererla más aún, a largas sesiones de caricias y arrumacos. La fiebre de tormenta lo desinhibía, lo desencorsetaba, conseguía que aflorase una versión diferente de él, una versión que a Paula le gustaba más.  

Un nuevo relámpago iluminando la sala. Paula volvió a contar: 1, 2, 3… y el estruendo del trueno, aún más cercano, despertó a Pablo. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Se le sonrojaron las mejillas. Los ojos entreabiertos, pesados y vidriosos. Notó que la temperatura le subía y comenzó a sudar. Paula, que ya sabía lo que venía a continuación, lo besó en los labios y lo ayudó a levantarse.

Cuando estuvo de pie, se quitó rápidamente la manta de encima y en un arrebato cogió en brazos a Paula. Abriendo mucho los ojos, acercó su cara y frotó su nariz con la de ella y le susurró palabras de amor mientras se dirigía a la habitación y la dejó suavemente sobre la cama.

Hablaban, callados. Pablo le decía cuanto la quería con caricias y besos. La luna helada los miraba indiscreta a través de los vidrios de la ventana por los que ya corría la lluvia. Mientras, dentro de la habitación la fiebre no dejaba de subir. El calor los acariciaba mientras ellos hacían el amor y sudaban tanto que se deshidrataban. Los labios mojados de Pablo resbalaban por la piel de Paula. Tuvieron la sensación de que el tiempo se paraba. De improviso, un nuevo relámpago haciendo que la noche por unos segundos se volviera día y sin que les diera tiempo de contar: 1… y el estruendo del trueno les ayudó a narrar la intensidad del orgasmo. Después abrazados, cansados pero felices, murieron de sueño.

No dejó de llover en todo lo que quedaba de noche. De hecho, no dejó de llover en todo el fin de semana. Los cariños se sucedieron durante los dos días. Un desayuno en la cama, una película romántica en el sofá acurrucados el uno en el otro, secretos susurrados al oído, compartir y dejar pasar el tiempo mientras fuera las calles se convertían en ríos.

El lunes amaneció con un sol radiante y la fiebre de tormenta desapareció. Paula sabía que eso significaba que Pablo volvería a su ser, pero estaba contenta de haber pasado el fin de semana en febrícula.

Cuando ella se marchó a trabajar, Pablo volvió a casa y fue rápidamente a recuperar la bolsa de agua caliente que había dejado entre los cojines del asiento del sofá el viernes por la noche. Pablo siempre se adelantaba a consultar la previsión del tiempo antes del parte en la televisión, para estar preparado. Con esa bolsa de agua caliente simulaba la subida de temperatura que iniciaba la fiebre de tormenta, que obviamente era un estado que él inventó para Paula. Inventarse la fiebre de tormenta salvó su matrimonio de la monotonía y volvió a despertar el deseo entre él y Paula.

Por suerte, en aquella latitud, las tormentas eran muy frecuentes.  

Publicado la semana 17. 26/04/2021
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