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Sergio Carrillo

El tiempo entre citas.

Aquella noche, después de llevar la cita hasta un cuerpo a cuerpo pasional, incluso después de dormir un rato juntos, Marta se levantó para empezar a arreglarse. Desde la cama Miguel disfrutaba embobado de la visión de Marta vistiéndose. Cuando ella se acercó para besarle y despedirse, el reloj se puso a cero y comenzó la cuenta atrás hasta la siguiente cita. Así que, cuando la acompañó a la puerta y le robó el último abrazo le dijo al oído: “Cuídate y vuelve pronto a verme, estaré esperándote”. Ella sin quitarse la sonrisa de los labios desinfló el momento con lo que a Miguel le pareció un raquítico: “¡Ya vamos hablando!”

Qué hubiera dado Miguel en aquel instante por saber cuánto tiempo duraría esa cuenta atrás que para él transcurría en un reloj ciego. Un reloj del que solo escuchaba el tic-tac, pero en el que no podía ver la hora en la que sonaría la alarma para que llegara su siguiente cita con Marta. Porque para él lo importante era el tiempo que pasaba con Marta, el resto del tiempo, el tiempo entre citas, era tiempo que él no quería contar. Pero ¿cómo podía solucionar la relatividad del tiempo? ¿Cómo superar esa medida subjetiva de tiempo que nunca solía coincidir entre la percepción de él y la percepción de Marta?

Lo que pasaba en realidad era que, a pesar de lo que pensara Miguel, sí que pasaban cosas en ese tiempo que para él era tiempo muerto. Mientras que para él ese tiempo era excesivo, incluso insoportable, gracias a la relatividad, ese mismo tiempo para Marta era el necesario, a veces ella tenía la sensación de que incluso se veían muy a menudo.

Eso era lo que pasaba. El tiempo entre citas crecía de manera directamente proporcional al deseo que uno de los sujetos, en este caso Miguel, tenía de que llegase la siguiente cita. En ese deseo claro, existían aceleradores y desaceleradores del tiempo entre citas. Como, por ejemplo, cuánto se gustaban en realidad, si querían llevar la relación a otro nivel, o la posibilidad de que solo quisieran pasarlo bien, sin compromisos, ni ataduras. Cuando estas variables tienen valores diferentes dentro de la ecuación para cada uno de los sujetos, entonces la percepción de que el tiempo entre citas crece cada vez más y más se convierte en un hecho.

Pasados un par de días, Miguel empezó a obsesionarse con el “¡Ya vamos hablando!”. No se podía hablar sin escribir un WhatsApp. No se podía hablar sin hacer una llamada. No se podía hablar sin dar un like en Instagram. El mensaje fue claro “vamos hablando” … y si iban a ir hablando, ¿por qué Marta no lo llamaba? Miguel aguantaba estoicamente, aunque el peso y el paso del tiempo lo estuvieran aplastando y ahogando. Quería ser escrupuloso con el espacio que le daba a Marta, no quería agobiarla ni que pensara que, en este juego de seducción entre citas, él estuviera más disponible que ella, ese sería el peor de todos los errores. Precisamente por eso él no la llamó, ni le escribió.

Este es otro de los peligros del tiempo entre citas. Es un tiempo que se utiliza para elucubrar, para intentar adivinar qué está pensando el otro, para enfadarse con el otro porque se cree como real aquello que se ha pensado que el otro está pensando. En definitiva, para tejer una maraña entre los anhelos, las dudas y los miedos propios, proyectados sobre el otro.

Miguel se tumbó en la cama y cerró los ojos. Sobre su cabeza comenzó a crecer una nube de tonos grises. Dentro comenzaron a habitar esas dudas y pensamientos que alimentaban sus miedos. “¿Se habrá enfadado por algo que dije? ¿Quizás por lo que le dije al despedirnos? ¿Habrá conocido a otro? ¿Y si ese otro le da algo que yo no le puedo dar? ¿Y si es más guapo, o más interesante? ¿Será que solo le gusto para un rato? ¿Por qué no me llama? ¿Y si ha pedido el móvil? ¿Le habrá pasado algo?”.

Después esas mismas dudas y pensamientos interpelaron a miedos aún más profundos de Miguel, y como consecuencia, hicieron seguir creciendo la nube y que los grises cobraran tonos más oscuros. “¿Y si está jugando conmigo? ¿Y si luego se ríe de mi con sus amigas como si esto fuera la cena de los idiotas? ¿Y si ella sabe que estoy tan colado por ella que estaría dispuesto a aceptar todo esto solo por volver a verla?”.

La nube se expandió ocupando todo el techo de la habitación. Cada vez era más negra, repleta de relámpagos y truenos. Cuando ya ocupaba toda la habitación y la tormenta perfecta ya estaba a punto de estallar, justo en el momento en el que la nube había devorado a Miguel, sonó el móvil. Era Marta. Pero ya era demasiado tarde y los miedos de Miguel ya se habían apoderado de su razón. Miguel descolgó y explotó: “Que sepas que nunca me has interesado de verdad, que solo pasaba el rato contigo. Vete con quien hayas conocido y deja de reírte de mí. No vuelvas a llamarme nunca más”.   

Publicado la semana 12. 22/03/2021
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