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Seba

El juicio del Bar de Glutire

Mi abuelo siempre cuenta la misma historia, está clavada en su memoria.

Los muchachos del lugar que, por su edad, no podían ingresar, se apiñaban afuera del antro y creaban historias a partir de los retazos de imágenes y sonidos entrecortados. Las chispas del fuego interno destellaban con particular fuerza aquel día.

El vaho del verano dentro del verano espesaba los alegatos de los improvisados fiscales que acusaban al joven moreno ante el juez inobjetable. Su rostro sudoroso y pétreo era la personificación del enigma. La pregunta. La duda. Era el niño equilibrista en su primer viaje en bicicleta. A la vez reserva y miedo. A la vez coraje e incertidumbre.

Decía mi abuelo, con los ojos clavados en el cielo raso de otro tiempo, “no todos los castigos son castigos”. Nadie quiso ponerse de su lado, su crimen era innombrable: le arrebató el amor a otro.

Era la primera vez que entraba. Pidió un trago y con su mirada llena de vida le quitó el suspiro, el corazón, la ilusión al parroquiano del Bar de Glutire, y desde ese momento su novia ya no fue más su novia.

La pena fue inapelable. El camarero lo exilió y con él a mi abuela.

Publicado la semana 3. 18/01/2021
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