01
Seba

Casa cuidada

Las noches son siempre iguales entre ellas, algunas más iguales que otras. Pero si se las mira con un microscopio a veces se alcanza a ver diferencias imperceptibles.

Aquella noche, como tantas otras, me desplomé en la silla de la cocina a comer mi sándwich de atún, tomate, queso y unas hojas de albahaca de mi maceta (siempre le da un sabor exótico y fresco). En el preciso instante del segundo bocado (menos mal que no fue el en primero, es el más sabroso y el que más se disfruta) escuché el característico chirrido de la puerta cancel de los Adler. Esa casona vieja que estaba junto a la panadería de la calle.

La puerta de entrada tenía unos vidrios viejos, pero excesivamente limpios. Eso me compartía su intimidad. De hecho, no necesitaba más que la radio de fondo para entretenerme con lo que veía. Dos hermanos en una casona limpiando y llevando la más monótona y retraída vida, como la mía, pero sin la casona o la limpieza o la hermana o el dinero. ¡Con qué poco se entretiene quien poco tiene!

Ese sonido metálico y chillón era el único sonido que se escuchaba hasta la otra vereda, penetraba sin permiso en mi casa y llegaba directamente a mis oídos. De los muchos ruidos de la cuadra, ese era distinguible en la más absoluta oscuridad.

Sin levantarme de la silla observé aquella inquietante escena. Eran las once de la noche (según el arrumbado reloj que descansaba en la pared), y los Adler, Irene y Arturo, estaban de este lado de la cancel y en pijamas. Mientras Irene tiraba al piso las eternas agujas de tejer, Arturo miraba su reloj de pulsera. Pude percibir que con un abrazo de hermano (que podría rozar lo indecente) Arturo intentó contener la inundación de lágrimas que estuvo a punto de brotar de las rosáceas mejillas de Irene.

Al parecer logró su cometido, pero a un alto precio (supongo). Salieron de la casa y la miraron por última vez. Con ampulosa resignación Arturo tiró algo que tintineó en la alcantarilla al momento en que emprendían camino a la unánime noche.

Nunca se los veía a los Adler, menos de noche, menos que menos en pijamas y camino hacia el infinito, nunca.

Le di un tercer bocado al sándwich y lo guardé instintivamente en el bolsillo del pantalón. Cuando llegué a la vereda miré a ambos lados de la calle y no vi a nadie. Me apresuré a cruzar (tanto como me lo permitieron las alpargatas y mis desvencijadas rodillas) y llegué a la vieja y pulcra puerta. Con la agilidad de un elefante me agaché y hurgué en la alcantarilla. Entre la mugre encontré un metálico objeto pegado en algo viscoso. A la tenue luz de la luna pude discernir una llave. Supuse (y acerté) que era la llave de aquella puerta señorial.

El temor a lo desconocido y mi eterno titubeo me paralizaron. Pero ya aprendí que es parte de mi, solo dura un momento y la curiosidad disipa cualquier duda. Abrí la puerta y entré. Traspase la puerta cancel y una lejana luz apenas visible dejaba ver aquella tétrica escena. Prendí todas las luces que pude (la valentía con la luz prendida es otra cosa) y escuché. Nada, el silencio y la soledad reinaban en aquella casona abandonada.

Un lejano murmullo y un golpe apagado me sacaron del trance del silencio. Parecía venir de la otra parte de la casa. Avancé prendiendo todas las luces a mi camino y me topé con una puerta de roble maciza. Tenia una llave y el pasador corrido. Lo descorrí, giré la llave y abrí la puerta. (Me estaba haciendo un experto en esto de abrir puertas). Me aventuré como héroe manchego a lo desconocido de aquel lugar. Miré para todos lados. Había polvo pegado a los muebles viejos y abandonados, como se pegan las necesidades a los relegados. Por todos lados había fotos de otras generaciones, de otro lugar.

El silencio no cejaba de dominar todo cuanto existía allí. Mis oídos apenas podían percibir otra cosa que no fueran los latidos de mi desvencijado corazón. Solo las puertas chirriantes y los pasos perdidos parecían batallar contra el silencio que dejó el olvido.

A mi izquierda se escuchó nítido y triunfal el sonoro golpe de vidrios hechos añicos y su persistente eco en la casona. Giré lento y firme. Me dirigí sin prisa, pero sin pausa hasta la puerta corrediza. Otra vez me paralice. Pudieron pasar mil vidas en otro lugar del mundo y yo podría afirmar que eso es cierto porque para mí es lo que duró aquella sensación. La sangre arrebujada en mi cabeza que latía junto a mí corazón tan rápido que también latían mis dedos y mis oídos a punto de estallar. No podía respirar y mis pensamientos se quedaron fijados a lo que había del otro lado.

El miedo paraliza (¡qué novedad!), pero no para siempre. Solo hasta que resolvemos enfrentarlo o sucumbir. Perdido por perdido abrí la puerta y a tientas busqué la perilla. Prendí la luz. En el centro de la habitación de la vasta biblioteca, sobre la antigua alfombra, estaban los vidrios rotos como de un corazón que amó hasta las últimas energías. Miré alrededor y en lo más alto del anaquel más alejado vi un gato negro. Nuestros ojos se encontraron como en el amor a primera vista. Recordé el sándwich, lo saqué con cuidado del bolsillo y, luego de darle un último bocado, lo dejé sobre el escritorio. Retrocedí lentamente hasta la puerta y esperé.

El gato miró con desdén y bajó con agilidad. Olisqueó mi cena frugal y la comió con la avidez de quien se halla famélico. Cuando terminó, vino con la suavidad de pisar nubes y se acurrucó entre mis piernas. Un maullido confirmó la naciente amistad.

Me cruzaba todos los días para darle de comer y brindarle compañía (aunque él me la daba más a mi que yo a él). Busqué a los Adler con la intensidad de quién saluda a ese familiar que ve solo en ocasiones cada vez más lejanas. Naturalmente no los encontré.

«Sería una picardía que el polvo terminara de tomar la casa» me dije y, mientras Jamie comía su atún, yo limpiaba la casona. Al principio solo los pisos, luego se sumaron las ventanas y los muebles. Las fotos las dejé, pero el polvo (como las necesidades) no distingue así que me encogí de hombros. De tanto limpiar las fotos y cuadros, las generaciones de las Tierras Altas de los Adler se mimetizaron con mis ancestros de barroso litoral.

Mis rodillas ya no eran las mejores y necesitaban descansar. Había camas y comodidades para muchos. Si bien yo era solo, no me importaba recibir a otros que necesiten techo y trabajo, la limpieza en conjunto es más llevadera y mejor.

Mientras estábamos limpiando pensé, «la casa es de quién la cuida», aunque en el barrio pensaran que la casa estaba tomada.

Publicado la semana 1. 04/01/2021
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Jazz , Cortázar
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