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SBS

Papeles.

Tomó al cadáver por los brazos y comenzaron a caminar hacia la corriente caótica del rio. No pesaba mucho compartiendo el peso entre los dos, pero la situación lo había cansado mentalmente, y sentía que todo le costaba un poco más. Sin embargo, su sonrisa no cambiaba.

Llegaron hasta la cercana orilla. Contaron hasta tres, y lo lanzaron hacia el agua tan fuerte como podían. El estallido del agua fue un sonido que quedaría grabado en su mente para siempre, más allá de toda la sangre en sus manos. En las noches que no pudiese dormir, ese sonido sería calma, paz y una promesa de que todo estaba bien ahora. Su mal estaba hundido y perdido en el fondo del agua más turbulenta.

Podía decirse que la historia más larga de su vida, tenía un final feliz. Había comenzado cuando apenas entraba a jardín de infantes. Siempre fue un niño muy tímido, incluso en compañía de la familia que le vio crecer. Hacer amigo no fue fácil para Gabe. Sin embargo, se divertía construyendo con bloquecitos de madera durante el receso, disfrutaba de las actividades que su maestra planteaba y salir a jugar con arena al patio era su momento favorito. Era un niño que nadie notaba, y duras penas, su maestra recordaba que estaba allí. No lloraba, pero tampoco reía estridentemente.

Sin embargo, alguien particular lo vio. Su primer acercamiento fue un bloque de madera tirado hacia él, provocándole un fuerte dolor en su cabeza; la primera vez que lloró de verdad en jardín de infantes. Su maestra fue a componer la situación y el niño de cabello rubio fue apartado de su lado, aun con su mirada azul fija en la victima de su ataque. Gabriel no comprendió que era lo que había hecho para que ese niño lo agrediera, y pensó que sería una única ocasión.

Pero el niño rubio volvió a agredirlo el día siguiente, poniendo su pie en medio de su camino y haciendo que cayera de boca al suelo. A diferencia de la pasada situación, su maestra no se dio cuenta de lo ocurrido. El extraño niño fijo su mirada en él y Gabe supo que no tenía que llorar, o le iría peor. Ese día, entendió cuáles serían los papeles.

Obviamente, estuvieron también juntos en primaria. Gabe no era alguien de calificaciones importantes o habilidades en los deportes, no había nada que resaltará en él para entender la obsesión que el niño de cabello rubio sentía. No había conocido a su padre, su familia era de clase media y no había absolutamente nada de relevante en su apariencia. No lo entendía. Pero ese chico continúo molestándolo durante ese periodo de su infancia, cada día mejorando sus destrezas para evitar ser descubierto o que algún profesor lo creyera culpable.

A vista de todos, Simón era un chico normal, para Gabe era una pesadilla.

Por supuesto que jamás pidió ayuda, había sido adiestrado desde muy pequeño para no hacerlo porque podían pasar cosas peores. No llevaba juguetes a clase como el resto de los niños porque sabía que no regresarían a casa. Gran parte de su almuerzo no sería para él,  y adjudicaba cualquier caída a su torpeza.  

Creyó un logro su ascenso a la secundaría, donde no compartía clases con Simón. Por un momento, realmente pensó que todo pararía. A pesar de no compartir mucho tiempo, Simón se las arreglaba para aparecer en el receso donde él estaba o seguirle incluso después del colegio. Sus trabajos desaparecían, mientras más moretones se marcaban en su piel. Su timidez se marcaba cada vez más y comenzó a aislarse de todos.

Fue entonces que recibieron a un nuevo profesor de matemáticas, el último año de su estadía en secundaría. Alguien que realmente se interesaba por su clase y le notó desde el primer momento, como el pequeño bulto separado del montón. Le perdonó aquella vez en que su libro de matemáticas desapareció repentinamente, y le entrego el suyo para que trabajará. Era amable y atento, pero Gabe sabía que buscaba en él.

Un día, el profesor entendió que estaba pasando. Simón golpeo su frente con la palma de su mano, mientras entraba hacia el recinto. Nadie se percató del pequeño incidente, o eso creyó. Gabe levanto la mirada y vio al profesor observándole con una mirada particular, de enfado y preocupación. Se estaba debatiendo en señalar o no al agresor.

Se sentaron a solas en el salón de clases durante el receso, para hablar de lo ocurrido. Gabriel negó cada una de las preguntas y aseguro que solo eran amigos, ese golpe no era más que algo amistoso.

El profesor no pudo seguir insistiendo, pero si  lo hizo días después, luego de ver a Simón con un cuadernillo muy similar al que Gabe había extraviado no hace mucho. Gabriel volvió a negar que el rubio tuviese algo que ver en sus cosas, culpando a su propia incompetencia.

Citaron a Simón entonces. Altanero desde el primer momento en que cruzabas mirada con él, se mostró incrédulo ante acusaciones sin sentido. Dijo conocer a Gabe desde muy pequeños, pero su interés en él era nulo. Estuvieron charlando un rato, hasta que no habían más hilos de los cuales tirar. El profesor sabía que algo estaba mal, pero no iban a decirle qué.  

Muchas más de estas situaciones, donde pasaba algo y luego ellos lo negaban, pasaron. Sin que el profesor tuviese más remedio que sobrepasar sus propios límites. Había requisado el celular de Gabriel, porque este había sonado en clase y tenían prohibido el uso de los mismos. Aprovechándose de ello, reviso el aparato luego de clases. No llegó muy lejos para entender la magnitud de lo que sucedía.

Gabriel se había ido a casa para entonces, por lo que tuvo que ir hacía allá, con la urgencia de lo que acontecía. Casi pudo jurar que vio el auto de Simón transitar en sentido contrario. La madre de Gabe trabajaba, por lo que él estaba solo en caso. El profesor pidió hablar con él. 

Gabriel, ¿Simón está abusando sexualmente de ti? –fue lo que dijo en cuanto tomaron asiento.

Lo negó todo de nuevo, incluso cuando el celular del que se habían sacado las conclusiones estuvo frente a él. Había sido su culpa que encontraran conversaciones de ellos y cualquier otra cosa que el profesor pudiese ver. Se maldijo a sí mismo.

Tendré que llevar esto a las autoridades pertinentes –advirtió el profesor.

No haga eso, por favor –suplicó Gabe en medio de la desesperación.

Sé que tienes miedo, pero Simón es un agresor que debe pagar,  y no permitiremos que se acerque a ti nunca más.

Gabriel recordó el arma que su madre guardaba tras un cuadro, fingió que iría por algo de agua y regreso con ella. Apuntando al profesor directamente, le obligo a salir de la casa, mientras tenía el teléfono en llamada. Le estaban dando órdenes. A punta de pistola, el profesor condujo muy lejos de allí, durante los minutos más largos de su vida.

Otro auto esperaba, lejos de la carretera e invisible para el resto de la humanidad. No escucharon las suplicas del profesor y sus intentos de consolidar un acuerdo. Simón pidió el arma que Gabriel cargaba y disparó.

Ahora el cuerpo de ese profesor se hundía en las profundidades, arrastrado por la corriente más fuerte conocida. Simón le ayudo a limpiarlo todo y que pareciese que se había tirado desde el puente a pocos metros. No encontrarían el cuerpo, porque no habían encontrado a ninguna de las personas que se habían suicidado en ocasiones anteriores.

Vámonos –ordenó Simón, caminando hacia su auto.

Gabe corrió hacía él, para sujetar su mano en los pocos metros que le quedaban, sintiendo la calidez de la primera persona en el mundo que, de verdad, le notó. Todo iría bien, porque nadie iba a poder separarles. Había aceptado su papel dentro de esta pequeña obra y cualquiera que interviniese, debería desaparecer.

Publicado la semana 9. 07/03/2021
Etiquetas
asesinato, Bullying
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