06
SBS

Oro

Supuso que tuvo gran suerte en sus primeros años de vida, algo que le duraría muy poco. A los cuatro años de vida, fue obligado a aprender que escapar sería su único destino. Corrió tan lejos como sus piernas cortas podían llevarle, como su instinto de supervivencia soportaba. No sabía muy bien porqué su madre le había entregado a esos hombres, solo sentía el peligro en su corazón. Era como un animal con su pata atrapada en una trampa, a la primera señal de liberación, su meta fue correr rápido y sin descanso.

Solo, en el bosque, muy lejos de casa, los monstruos parecían multiplicarse a su alrededor. Era un pequeño bulto, escondido entre arbustos y grandes árboles, esperando quien sabe qué. Escuchó aquellas peligrosas voces acercarse, pero nunca lo suficiente como para notarle. La noche llegó más pronto que cualquier otra ocasión, y congeló sus huesos en un frio arrasador. Debió morir entonces, pero nada de ello paso. Los sonidos del bosque, en una cerrada noche de invierno, hicieron a su primitiva naturaleza erizarse y existir en una constante alerta.

No había pasado mucho tiempo desde que el sueño logró vencerle, cuando un perro olfateo su cara hasta despertarle. Pensando que era un lobo, retrocedió, arrastrándose por la tierra húmeda. Su corazón acelerado se calmó al tener visión del alegre can. La luz apenas alumbraba tenuemente el paisaje y vio a alguien más acercarse.

Parecía mayor que él, pero no por muchos años. Se sorprendió de verle y se hinco para verle.

-  ¿Estás bien? ¿Qué haces aquí solo?

Sam, como descubriría que se llamaba más tarde, tomó su mano y le ayudo a levantarse. Era un campesino de los mucho que podían encontrar en aquellos lares, separados por kilómetros de tierras sembradas. Caminaron por un largo rato por el bosque, pero Sam parecía ya conocer el camino, por lo que no se soltó de su mano en todo el trayecto.

La pequeña casa de la familia era humilde, pero tenían comida y abrigo que era lo importante. No tardaron mucho en hacerlo sentir seguro, en brindarle comodidades que su madre nunca le dio, no porque no pudiese, es solo que no quería. Sam se convirtió en su hermano mayor y comenzó a correr tras él cada día por la vida, sintiéndose seguro de que, si tropezaba, él le ayudaría a levantarse de nuevo.

Uno de esos días, finalmente sucedió. En una de sus pequeñas aventuras, resbalo de un árbol, raspándose rodillas, palmas y rostro. Nunca antes había llorado, porque su madre no se lo permitía; pero esa vez se permitió sollozar con libertad. Sam le abrazó y revisó sus heridas. La sorpresa fue grande para ambos, ya que no tenía sangre en sus heridas. Su piel lastimada supuraba un líquido dorado y brillante como el sol.

-  ¿Oro? –dijo extrañado su amigo.

Y algo, en su pequeña cabeza, cobró sentido. Su madre le había entregado a gente que exigía un pago, pero no entendía cómo es que él podía simbolizar eso. Se dio cuenta de que no era del todo normal, y quizás por eso, la mujer que más debía amarle en el mundo, le aborrecía. Lloró con más ganas al darse cuenta de ello y se abrazó a Sam con fuerza, buscando la seguridad de su amistad.

-  No te preocupes –dijo el mayor de los niños-, será nuestro secreto.

Fue así, pero no de manera eterna. Pasaron el resto de su infancia juntos, pero la adolescencia llegó con rapidez. En un accidente doméstico, por mucho que intentasen evitarlos, los padres de Sam descubrieron la particular materia que corría por las venas del pequeño perdido. Prometieron que nada malo pasaría y no le dieron importancia a ello, pero duro muy poco.

El ganado de la familia, en difíciles tiempos, había perecido. Sin embargo, poseían todo para criar nuevas adquisiciones, pero no tenían el dinero para conseguirlas. Un día, sin que Sam o él se lo esperaran, al volver del lago, descubrieron los corrales repletos de animales. Tampoco previeron que dos soldados del reino exigieran al joven muchacho adoptado, llevándoselo a la fuerza.

Intento escapar, como la primera vez, pero no le dejaron las mismas oportunidades. Como si su existencia fuese un delito, con manos esposadas, fue arrodillado frente al rey. Y, de la misma forma que cuando era un niño, su vida parecía empeorar, pero solo se preparaba para un giro inesperado. La propuesta era simple: viviría allí, entre lujos y servidumbre, a cambio de una humilde donación diaria de su sangre.

Acepto. Porque carecía de la madurez para darse cuenta de que eso no estaba bien. Pero el vino caro sabía bien en su boca y las camas suaves de la realeza eran mucho más cálidas que el fuego de la vieja chimenea en el campo. Comenzó a comportarse como uno de ellos, y saber que su poder no tenía límites sobre los seres inferiores a él. Le gusto saber que valía mucho más que el mundo entero, solo por lo que había en sus venas. Ya no miraba asustado a sus pares, ahora miraba desde arriba, con superioridad.

Una corona fue forjada, con el oro proveniente de su propio ser. Adornaba su cabeza y denotaba su importancia. Mientras más tenia de sí mismo, más quería exigirle al mundo.

Lo malo de la realeza era la gente, siempre era la misma y casi todos tenían la avaricia marcada en sus ojos. Tomó todo lo que podían darle ellos, pero sabía que se irían cuando el interés se acabará. Nadie buscaba conocerle o compartir a su lado, solo los guiaba el aroma de la riqueza y el dorado de su sangre. Nadie entre ellos parecía quererle de verdad.

Comenzó a aislarse de la realeza, a dejar sus modales y solo pagar por el hecho de vivir allí. Pasaba mucho tiempo en sus aposentos, leyendo y mirando por la ventana como la gente daba y recibía cariño, eso que él no tenía.

Los años pasaron y solo una persona se mantuvo a su lado.

-  ¿Quieres manzana? –dijo Sam, alcanzándole una de las tantas que había recogido por la mañana.

De vez en vez, escapaba del Reino e iba al bosque en que se conocieron. Pasaban el rato charlando de cosas triviales, esperando a que llegará la tarde y tuviese que volver a los altos muros del palacio. Desde su blanco corcel, le observó con una sonrisa y tomó el fruto que le ofrecían manos cubiertas de tierra. Tenía manzanas mucho más brillantes y dulces en sus aposentos, pero había algo especial en el presente que sostenía.

Caminando por el bosque, encontraron un rio de turbulentas aguas. Se detuvieron para descansar, al menos un par de horas, hasta que el sol se escondiera lo suficiente. Despertó de su sueño momentáneo con el ruido de ramas y el bufar del caballo. Sam estaba liberando al animal y robándolo.

Se levantó rápidamente y lo tomó por el cuello. Las riendas escaparon de la mano de su amigo y el caballo se marchó solo; más no era ello lo que le importaba.

-  ¡Sabía que ibas a traicionarme! –dijo mientras clavaba la afilada navaja de oro que escondía entre sus ropas.

El oro de su arma se tiño de carmesí en cuestión de segundos y la mirada de Sam paso de la sorpresa al terror. Respiraban el mismo aliento, pero uno exhalaba ira y al otro se le escapaba la vida. Sam cerró los ojos y ni siquiera dijo adiós. La adrenalina se disipó, y el pánico fue más fuerte. Su ropa, sus manos, la tierra, estaban cubiertos de sangre, tan roja como las manzanas.

A sus pies, había un cadáver. El cuerpo de la única persona que parecía no buscar nada de él, pero que era tan avariciosa como el resto. Todos querían algo de él, como si fuese una fuente de los deseos de la que saciarse. Era tan rico que solo podía atraer envidia e interés.

Estaba en la cima del mundo y todos querían subir donde él, arrebatarle el lugar que tanto lucho por tener.

Escuchó al caballo bufar de nuevo y miró a su derecha. Parecía sediento mientras se apresuraba a beber agua del rio. Entonces, fue consciente de que Sam solo quería llevarlo hasta allí para que bebiera, no iba a llevárselo a ningún lado. Cayó de rodillas y busco el rostro de su mejor amigo.

-  ¿Sam?

Con el mundo en sus manos, se sintió tan solo de repente.

Publicado la semana 6. 14/02/2021
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Vivencias de una amistad trágica. , sangre, Fantasía, metáfora
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