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SBS

Ojos de piedra.

La brisa sopló, pero no alcanzó a despeinar su largo cabello o tirar su diadema. Con una mano en su mentón y otra entregada al mundo, observaba desde los cielos el mundo arder. Pocas veces la gente devolvía su mirar, haciendo que solo fuese existente para contados seres. Cada vida tenía su camino, con sus preocupaciones y sus condimentos, ajenos al resto.

Los pecados marcaban cada alma como lunares, habiendo nacido esta tan pura como agua de manantial. Algunos buscaban perdón, otros lo fingían, a unos cuantos no les importaba. Los humanos creían que no era posible distinguir sus verdades, pero Dios era mucho más sabio que todos ellos.

Le gustaba observar a los niños correr, cerca de su madre o padre, manteniendo esa sonrisa todo el tiempo. El candor de su corazón era tan sublime que cegaba a los suyos, casi como la divinidad hecha ser. Pero, a su par, existían aquellos niños manchados por la impureza de adultos malintencionados; simples victimas que podían convertirse en héroes o victimarios en su andar por la vida.

Como todo imperfecto ente, sus ojos decidían centrarse en la belleza y no en aquel porcentaje de fealdad en la niñez. Veía a los niños divertirse con el solo hecho de estar vivos. Esa tarde, de la mano de su madre, Jonathan contaba cómo había ido su primer día de clases. Le escuchó decir que había hecho muchos amigos y su maestra era muy buena, permitiéndole usar muchos colores diferentes para pintar. Su madre poseía el enamorado mirar de casi todas las madres, observando al fruto de su vientre crecer tan dulcemente. Embelesada por su pureza. Los niños podían llenarte con la simpleza de su vivir o podías verte tentado a mancharlos de pecado. No le gustaba pensar en la segunda opción.

Al día siguiente, muy temprano en la mañana. Un hombre se sentó en las escaleras, justo frente a su mirar. Usaba sus manos para cubrirse el rostro; lloraba. Luego, tomó el pañuelo de su traje, se secó el rostro y junto sus manos. Suplicaba a Dios por un milagro, como la mayoría de los seres humanos lo hacía. Pero este era más importante, un muy desesperado grito de auxilio. Había muchos, pero Dios no los clasificaba por su nivel de presura; tiempo al tiempo cada uno sería concedido, o no. Era decisión de Dios. De verse como un hombre triste y destrozado, Mike sonrió con amargura y se levantó de su lugar para seguir su camino. Le observo caminar con más seguridad, como si un simple rezó curara una herida que, en realidad, solo seguía supurando. Era extraño como una simple posibilidad aliviaba los peores terrores, como si decidieran creer en mágicos cuentos haciéndose verdad. Y se levantaban del suelo, quitaban las lágrimas de sus mejillas y elevaban la cabeza para seguir luchando con un posible destino cruel. Irónicamente bello.

La humanidad era algo fascinante cuando decía ver el paisaje más allá de la tormenta.

Entonces, un día, apareció un señor ya mayor, de la mano de una mujer. Elsa era solo su cuidadora, y le ayudaba a dar un paseo por el lugar al hombre. Los pecados marcados en la vieja alma eran borrones opacos, de un pasado demasiado lejano para que alguien más que él los recordará. Traía consigo una cruz, y es que, durante la vejez es cuando la gente más se aferra a un mañana. El miedo a la muerte es algo patente, aunque decidieran aceptarlo con el tiempo. Allí estaría Dios  para guiarles por la eternidad y borrar los pecados, devolviéndoles la pureza de la niñez; o al menos eso esperaban.

La gente que realmente resultaba importante para el viejo señor, ya no quería verle, porque era un problema para ellos. Sin embargo, él no lloraría como el hombre que rezaba, tampoco tendría a alguien a quien contárselo como el niño. La vida, para ese señor, era un destino asumido. Estaba cansado de gastarse en sentimientos oscuros, de pensar en todo aquello que no tenía o que le sobraba. Su amable cuidadora le ayudo a sentarse en un banco, y observar las vidas ajenas pasar. La vieja alma elevó su mirar, como nadie más lo hacía últimamente, y encontró ojos de piedra cristalizados en piedad. Él sonrió, y lamento no poder sonreírle de vuelta en su estoico semblante.

Solo era una piedra derruida por el pasar de los siglos y escaza de vida, pero para el señor a sus pies, representaba su paz. Sabía que ese señor no sería eterno, más podía darle la inmortalidad de un recuerdo.

Una tarde, como lo hacía desde hace eones, miró hacia abajo la gente deambular. Algunos con caminos marcados; otros, danzando como verdaderos locos; muchos de ellos, perdidos en un laberinto de espejos. Fue entonces que la tierra tembló, quizás tentada por Dios. Todos corrieron, tratando de proteger sus destinos de la vil muerte. No tenía la fortuna de poder hacer eso, y tampoco sus alas le ayudarían a huir.

Cayó, cayó sin poder hacer nada para evitarlo. Su perfecta composición de piedra se destrozó como si fuese de cristal. Pensó en lo efímero que era aquello que creemos eterno, y que eterno es lo que creemos fugaz. Sus ojos, aun libres de grietas, vieron al mundo arder a su alrededor, y huyendo en busca de la vida eterna.

Creyó comprender de qué trataba la vida entonces, hacia donde iba la humanidad. Pero, ¿Qué podría saber un ángel de piedra en lo alto de una iglesia antigua? ¿Qué pueden ver vacíos ojos de piedra?

¿Acaso tú lo comprendes?

Publicado la semana 5. 07/02/2021
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