03
SBS

A salvo.

La luna estaba a mitad de su camino cuando llegó a los límites de la ciudad. No fue nada fácil. Helicópteros rondaban los cielos, como mosquitos en una noche de verano, alumbrando con sus luces las calles de la ciudad, donde los edificios parecían estar siempre encendidos, llenos de gente insomne. Patrulleros rastrillaban en cada rincón, sabiendo muy bien donde los prófugos podían escabullirse. Lo peor de todo, y quienes más difíciles eran de sortear, eran los militares. Soldados habían sido dispuestos en cada cuadra, sin un patrón fijo de recorrido.

Había pensado en algún tipo de medio de transporte, pero nada serviría, debió caminar kilómetros para llegar al punto en el que estaba. Miró al cielo, escuchando las aspas con su ritmo pesado surcar el cielo. El campo abierto era lo que seguía si deseaba evitar los caminos cerrados. Volvió a colocarse la capucha y el barbijo sobre su boca, y se adentró en el maíz.

Aún le faltaba tanto para llegar, tanto para recorrer. Sus piernas pedían que parara, que se diera por vencido, pero ya estaba aquí. No existía camino por el cual regresar.

No lo pensó en su momento, pero sabía de su existencia. Habían personas que cuidaban de los campos, y más le valía no cruzarse en el momento en que ellos rondaran. Vio una luz a lo lejos, caminar sin rumbo por un campo cruzando la carretera, esos hombres también eran un peligro agregado.

Llegó a la primera línea entre campos. En principio no era difíciles de cruzar pero, en más de una ocasión, se hirió sus manos con el alambre de púas. Su ropa se rasgó, más de lo que hubiese imaginaba. Las heridas dolían pero no le impedirían seguir adelante.

El puesto de cruce se hizo notar. Luces rojas y azules estaban apostadas a lo largo y ancho de cierto sector de la carretera. Se alejó lo más posible, sumergiéndose en el silencio y la oscuridad. Podía escuchar a los soldados conversar, decían que lo próximo que sus líderes harían era eliminar a quien incumpliera la restricción. Eran rumores, pero desde que la amenaza había aparecido, cada rumor se había vuelto realidad en cuestión de días.

-   ¿Qué fue eso?

Ante esas palabras paró en seco. Como un niño asustado se acurruco sobre sí en el suelo. Este terreno no poseía plantas muy altas, y su único punto a favor era la oscuridad. Escuchó voces discutir sobre que pudo haber sentido aquel hombre, y vio luces pasar a centímetros de su cabeza.

-  O es una liebre. – Rio uno de los hombres, burlándose de su compañero. – O un fantasma.

Agradeció mentalmente a ese sujeto, lo había salvado sin saberlo. Esperó a que el tema fuese olvidado, para comenzar a moverse lentamente. El tramo lleno de militares se le hizo eterno, como si nada de todo el camino que había recorrido se sintiera similar.

Parecía lo peor, pero lo peor era el puente. Entre las ciudades existía un puente, cortó pero imposible de esquivar. Entre el sembradío espero a que la procesión de camionetas militares pasase por el estrecho puente. Debía correr ese tramo y esperar a que nadie lo viese o se acercará por la curva de la carretera.

Su corazón latió con fuerza, al ver las ondas de luces de los autos alumbrar sus ojos. Como un gato huyendo de perros salvajes, detuvo hasta su respiración. El sonido de motores se alejó y dio un suspiro pesado, llenó de miedo.

Viró hacia el puente, que parecía volverse más y más largo mientras más se pensaba las cosas. Era ahora o nunca. Salió de entre el maíz y corrió a toda velocidad, notando como el sonido de sus pisadas cambiaba al traspasar el límite de la construcción. Corrió la carrera más larga de su vida, notando como su mochila pesaba más de lo que recordaba.

Ya casi.

Vio las luces alumbrar la curva más allá del puente. Ellos venían. Con segundo de suerte, se tiró de llenó en el maíz que resurgía al otro lado del puente. Estaba a salvo. Los autos pasaron a toda velocidad, como en una urgente misión y se perdieron en sus luces aterradoras. Sacó su celular, revisando que tan lejos estaba.

Atravesaría el límite de la siguiente ciudad y eso sería todo, estaría a salvo en el reparo de un tranquilo pueblo suburbano. Le esperaban campos bajos y un tramo de árboles demasiado flacos y alejados entre sí para guardar el secreto de su huida. Decidió apartarse de la carretera, y estar atento a cualquier cambio en su entorno.

Un grito desolador lo estremeció cuando su sonrisa intento resurgir. Estaba tan cerca, pero no pudo ignorar aquello. Se agazapó tras los troncos que rodeaban el terreno. A lo lejos la ruta pavimentada, las luces azules y rojas estaban apagadas pero reconocía los autos.  Algunos reían, pero claramente podía oír a alguien sollozar. Bajo su barbijo, sintiendo que le costaba respirar.

Un disparo rompió hasta el propio sonido del viento y detuvo el tiempo. Olvido respirar y su corazón retomó el galope acelerado. Habían matado a alguien, cuando no tenían órdenes o permiso para eso.

Y ese pudo ser él.

Quizás estuvo allí hincado por casi una hora, jamás estaría seguro. Eso sujetos habían cargado el cuerpo y se marcharon sin arrepentimientos. Su cerebro no podía entenderlo, no podía asimilar algo así. Lo había visto en videojuegos o películas, pero nunca se sintió tan real. Nunca se había imaginado a sí mismo en una situación así.

Volvió a colocar su cubrebocas negro y entonces, notó las lágrimas que empapaban sus mejillas. Era como si esa bala hubiese rozado su cabeza y matado una parte de sí, aunque ni siquiera estaba lo suficientemente cerca para ver los rostros de aquellas personas o tan siquiera distinguir sus rostros.

Retomó su camino, centrándose en su meta. Apartó los sentimientos, el dolor en sus músculos y el escozor de sus heridas. Luego podría descansar.

Los altos pastizales menguaron poco a poco, hasta que llegó a la cima de una loma, donde podía ver las pequeñas casas apenas iluminadas. El cielo comenzaba a volverse claro al este, y ya podía ver el verde cartel con el nombre de aquel pueblo. No había nadie resguardando la entrada, era un lugar libre; un adjetivo que había olvidado.

Dejo de caminar con velocidad, ahora solo se dejaba llevar por la brisa. Atravesó los límites y se sintió como traspasar un enorme muro entre el cielo y el infierno. Se quitó la capucha y el barbijo, dejando que el viento despeinara su cabello y refrescará su piel. 

Tenía una breve descripción de su objetivo, algo que mantuvo entretenida a su mente por un rato. Entonces la vio, exactamente como en la fotografía. Aquella casa en particular, tenía la luz sobre la puerta encendida. Levantó su celular para enviar un mensaje, pero la puerta se abrió sin necesidad de avisos.

- Hey, hola.

Se permitió sonreír. Estaba a salvo.

Publicado la semana 3. 23/01/2021
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La granja John Grisham
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