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SBS

Intocable.

Creció con la certeza de inmunidad. Ser completamente intocable.

Durante toda su vida, y creciendo desde su nacimiento con esta particular habilidad, vio como muchos caían. Ante la ceguera del amor, la irracionalidad de la ira, la impulsividad desatada por el deseo,  y demás sentimientos, ellos caían. Sin embargo, desde muy pequeño notó como se encontraba aislado de esa ola de sentimientos primitivos e irracionales que afectaban la lógica del ser humano.

Su cerebro funcionaba con método, ciencia, experimentación y resultados matemáticos. Comprendía los sentimientos desde la psicología, pero muy lejos estaba de empatizar con el resto de seres a su alrededor. Era como si fuese de una raza alienígena, que entendía el idioma, pero no se trataba de su lengua madre y muchas palabras quedaban fuera de su alcance.

A veces, podía llegar a situaciones incomodas, donde se requería de expresar o comprender emociones ajenas; pero tampoco concebía la incomodidad. Muchas veces había llegado a decir cosas que herían a las personas, o que dejaron un ojo morado en su rostro por una pelea. Con el tiempo comenzó a comprender los límites, entender cuáles eran las palabras correctas que debía usar, y hasta los puntos donde podía manipular a otros.

Vio la muerte de cerca. Su madre debía viajar por la mañana y decidió llevarle con ella. Se trataba de una simple hora de viaje y regresarían en cuanto acabaran unos trámites en la ciudad que vio nacer a la mujer. Nunca en su vida creyó que su sentido de supervivencia reaccionaría entonces, preparado para lo que pasará. El tiempo fue percibido lentamente por su cerebro, atento a cualquier peligro. Cayeron del revés sobre la vía; vidrios rotos y carrocería retorcida. Su madre era un bulto de sangre y entrañas, apenas reconocida la forma humanoide de su naturaleza. La carmesí sustancia ajena estaba sobre él, mientras que su cuerpo solo tenía leves golpes. Se arrastró lejos de los restos de su progenitora y buscó ayuda.

Visito a psicólogos y psiquiatras, sin encontrar traumas en su psique; tal como si nada hubiese pasado, aunque era consciente de los hechos paso a paso y en detalle. Allí fue que descubrieron como su cerebro carecía de la capacidad de procesar emociones; casi como si alguien hubiese olvidad conectar un cable importante en su sistema.

No encontró problema en ello. Viviría allí, donde estaba a salvo de todo aquel sufrimiento del que todos hablaban cuando el amor, la ira, el dolor y demás entraban en discusión.

Creyó que jamás debería preocuparse por ese aspecto en su vida. Pero fue tonto de su parte dejar ese mínimo porcentaje de posibilidad de lado, ignorando que “mínimo” no es igual a “nulo”.

Ese gato comenzó a seguirle por la calle, un día de lluvia para nada particular en su vida. Era blanco y negro, de grandes ojos verdes; y no rechazó su compañía. Llegaron a casa y solo le permitió entrar, como si viviese allí desde siempre. El gato se refugió en su cuarto, lamiendo sus patas sobre la alfombra para secarse.

El tiempo pasó y ni siquiera se dio cuenta del sentimiento creciendo en él. 

El gatito era callejero y enfermo. El chico poco sabía de cuidado de mascotas; tampoco podía sentirse preocupado por el animal. Una noche el gato fue a dormir y ya no despertó.

Ese momento, en que sostuvo una pata fría y sin fuerzas, sintió el dolor más profundo y desgarrador en el mundo. Sus lágrimas cayeron como la lluvia torrencial de aquel lejano día. La primera vez que lloró fue el infierno, y no quiso volver a sentirlo.

Habló con la misma gente que le aseguró que jamás podría procesar sentimiento alguno, y ellos no podían solucionar el despertar de su naturaleza. Su mundo de lógica se volvió irracional y dejó de gustarle. De esa angustia se desato el miedo, del miedo se desbordo la impotencia; y sentimiento a sentimiento surgieron directo a su corazón.

Trato con químicos, con terapias, con ideas de las más locas. Hasta paso por su mente operarse a sí mismo y volver a acallar esa parte de su cerebro.

Nada había roto su armadura durante años, y algo tan simple como la muerte de un gato callejero, logró resquebrajar su corazón. Tomó el arma sobre la mesa y disparó a su cabeza.

Ya no sentía nada, ni físico ni sentimental. Nada. La sonrisa de liberación se formó en su rostro. Deseaba ser tan intocable como un muerto.

Publicado la semana 26. 03/07/2021
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