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SBS

Libro en caída.

Apagó las luces del fondo, allí donde se archivaban documentos o reliquias absolutas. Había cerrado la puerta y encendería el sistema de seguridad antes de irse. No quedaban ya más libros que devolver a sus estantes o sellar del nuevo cargamento. Su compañera se había retirado un poco antes del horario, ya que su hijo menor presentaba una leve fiebre; pero como madre primeriza, era preocupante para ella. No existía problema para él en cubrirla, pues amaba la soledad perfumada por nuevos y viejos libros.

Caminó por los largos e iluminados pasillos de libros, con paredes repletas en cada uno de sus espacios; el lugar donde historias, más antiguas que la propia biblia, y aquellas nacidas de autores muy jóvenes e inexpertos, se encontraban.

Llegó hasta la mitad del pasillo y se detuvo. Contó tres segundos y giró sobre sus pies observando arriba; justo a tiempo para ver caer el enorme libro antiguo desde más de cuatro metros de altura.

No era la primera vez y quizás, nunca llegase la última.

Aquella inaugural ocasión en que todo comenzó, pensó que había algo mal en el entorno del libro que había provocado su caída. Desde la vieja madera hasta una posible mala reubicación del tomo, incluso algo que le empujará desde atrás; todo fue pensando y analizado.

El suceso, con la misma secuencia, se repetía cada noche sin falta: era sorprendente que tan viejo y pesado libro no acabara hecho polvo. Cada vez, él pasaba frente a esa particular sección de libros, en su recorrido cotidiano; pasarían un par de segundos luego, y este gran libro caería sin razón. Había contado dos meses desde que el ciclo se repetía, siendo ya tres años el tiempo que llevaba trabajando para la biblioteca central.

Existieron noches que los pensamientos le mantuvieron despierto, otras en las que creyó que estaba volviéndose loco. Una de esas tantas veces, obligó a su compañera a realizar el recorrido a su lado, sin realmente hacer notar su desesperación y ocultando su verdad tras una charla interesante. Ambos pasaron por aquel punto caliente y el libro cayó.

Ambos voltearon sorprendidos. Él observo el tomo sin encontrar respuestas en su experimento y ella se acercó a levantarlo, moviendo las escaleras con costumbre. Su compañera continúo la conversación, sin darle mayor importancia a lo acontecido. Desde entonces, dejó esa escalera allí, adoptando una falsa normalidad ante la situación. Cada vez que pasaba, solo suspiraba, daba la vuelta, y subía las escaleras con el pesado tomo. ¿Qué caso tenía romperse la cabeza intentando explicar que sucedía? Solo era un libro que caía cada noche cuando el pasaba cerca, pero no hacía daño a nadie.

El tiempo paso, y el tema fue olvidado; o mejor dicho, adoptado. Se hizo parte de su rutina como lo eran apagar las luces y activar el sistema de seguridad, ordenar los libros o sellar los mismos. Mantuvo la idea de que simplemente se debía a una coincidencia, aunque no fuese un creyente de ellas.

Se cumplía un año desde que la repetición de sucesos había comenzado, pero él no lo sabría hasta el día siguiente. Actuó con normalidad, escuchando la voz de su compañera despedirse y cerrar la puerta desde el primer piso. Se acercó a paso lento, silbando alguna melodía que se había arraigado en su mente y girando las llaves en su mano.

La blanca y brillante sala le recibió. Pasó por detrás del escritorio de recepción y abrió la puerta con su llave. No había nadie más dentro, y todo parecía en orden, según sabía, nadie había estado ese día allí tampoco. Apagó las luces y volvió  a cerrar con llave antes de regresar por su camino.

El clic de una lejana cerradura detuvo su andar relajado. Quizás su compañera había olvidado algo, o el guardia de seguridad fuera necesitaba ingresar por alguna cuestión. Retomó su andar, con todos sus sentidos atentos a alguna nueva señal. El silencio fue mucho más alarmante que cualquier sonido.  Una sensación de peligro, tan instintiva como el llanto de un niño, le lleno por completo. Necesitaba salir de allí.

Un ruido de algo deslizándose le sorprendió, a dos pasillos de distancia. Tomó su celular y envió simples letras de auxilio al guardia fuera del edificio. Eligió uno de los libros más pesados de todos y trato de aligerar sus pasos, alejándose de la sala con más valor en ese lugar de letras. Su corazón iba a toda velocidad, y hacía más difícil silenciar su respiración.

Rezó a todos los dioses sobres lo que había leído, en un inútil intento de salvación. La escalera que había dejado apoyada contra los estantes le sirvió para ocultar su sombra. Podía ver la sombra ajena, retomando su andar por el pasillo principal, apenas a metros de él.

Todo paso muy rápido. El guardia abrió la puerta de empleados en la planta baja y esto alertó al intruso. De repente había llegado hasta él y el arma en sus manos apuntaba a la cabeza de un pobre bibliotecario.

¡Dame la llave! –reclamó.

Intento correr, esquivando la escalera. Los pasos le siguieron solo tres segundos, luego un golpe seco sonó y otro más delató la caída del cuerpo inconsciente. Como cada noche, el libro había caído desde lo alto cuando paso frente a él. Más de dos kilos de libro aterrizaron sobre la cabeza del intruso y apagaron todos sus sentidos.

No había sentido alguno en que un libro cayese durante un año entero, solo para acabar salvándole la vida. Sin embargo, había leído lo suficiente para no sentir apego por la lógica.

Publicado la semana 16. 25/04/2021
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