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Samn C. de León

La Muerte y Su Alma pt. 2/2

Cuando se cumplieron dos siglos, la encontré. Y su nombre era Jeremías. 

Mi hermano Caín estaba conmigo en el momento en que me dieron el pergamino con su nombre; al tocar el papel, fue como una abrupta ráfaga de invierno que habría helado mis huesos, de no ser porque ya me había acostumbrado a la eterna falta de calor.

Caín comprendió lo que sucedía e inclinó su cabeza como señal de saludo y de despedida para después entretejerse con las sombras. Él sabía que no nos volveríamos a ver por mucho tiempo y no quería demorar mi partida. No me detuve a buscar a Mi Señor, sería inútil, si no lo había visto durante los anteriores siglos.

Durante mi trayecto hacia el mundo de los humanos, imaginé lo que le diría a mi alma ahora que la había encontrado, ahora que ya no estaría desamparada y ahora que podría protegerse dentro de su verdadero cuerpo.

Las nubes se movían a mi alrededor presagiando una feroz tormenta.

Ahora podría renacer para sentir cada gota de lluvia en mi cuerpo.

Entre las construcciones grisáceas, los hombres se apresuraban a buscar refugio, unos se cubrían con chaquetas y otros usaban overoles que no satisfacían su calor corporal.

Ahora podría anhelar esa calidez mientras latiera mi próximo corazón.

El césped muerto se arremolinaba entre las cercas de metal que crucé y sus partículas desaparecieron con el viento.

Ahora podría percibir su aroma y mi alma guardaría su esencia por siempre.

Vagué por un largo camino techado en concreto, sin ventanas y que brillaba con una tenue luz blanca. Mientras más me acercaba a mi alma, poco a poco me confundía más, pues este lugar no parecía una casa, tenía la extensión de una bodega, pero estaba rodeada de rejas… rejas que tenían atrapados a hombres.

Sin haberlo notado y mientras mis ansias carcomían mi racionalidad, mis pasos me habían dirigido a una prisión.

El lugar donde Jeremías, un niño de trece años, había muerto.

Quise correr, encontrar mi alma y huir con ella lo más pronto posible. No podíamos quedarnos en este lugar, porque a donde fuera que mirara, habían cientos y cientos de almas desdichadas, y yo temía que su corrupción fuera contagiosa para la mía.

Jeremías no murió en su celda, su cuerpo estaba oculto entre los basureros de la prisión, tenía moretones y golpes por todo el cuerpo, pero la herida mortal provenía de su cuello, donde el cable de metal seguía enrollado y marcaba un infinito círculo a su alrededor.

Mi alma brilló ante mi presencia y giró su vista del cadáver hacia mí.

—Me lo merecía —dijo, inexpresivo.

Por primera vez desde hace dos siglos en que había perdido mi alma, deseé compartir el dolor que tenían las almas.

Sin embargo, mis deseos eran en vano, tal vez la desesperación que se había acumulado durante tanto tiempo no me dejaba verlo con claridad, pero este encuentro… no destinaba la próxima vida que había planeado durante mis años en la oscuridad.

Cerré los huesos de mi mano izquierda en un puño y luché para hacerle una pregunta de la cual no quería saber su respuesta:

—¿Por qué estás aquí?

Mi alma abrió tanto sus ojos, que creí ver un atisbo de luz detrás de sus pupilas.

—Mi juez pregunta por mi pecado. ¿También llegarás a preguntar cuál será mi condena? 

Su cuerpo apenas llegaba a mi torso y tenía unos rizos castaños que cubrían sus cejas. Pero su expresión nunca cambió, porque no quedaba ni un atisbo de bondad en él.

—Jeremías, ¿por qué estás aquí? —repetí.

Le dio la espalda al cuerpo que antes habitaba y miró mis cuencas vacías.

—Maté a la hermana de mi amigo, tenía cinco años pero mordía como un animal salvaje. Aplasté su cráneo usando el martillo de mi papá. —Hizo una pausa y estrechó los ojos como si intentara recordar algo—. No sé quién fue después, si Laura o Fer, pero las dos solían molestarme en el recreo. A ellas les rompí las piernas con el martillo y luego destrocé sus caras hasta volverlas papilla, incluso tomé parte de su carne y se las di de comida a los patos del parque. —Jeremías… mi alma, señaló el cuerpo tirado en el basurero y continuó—: También encarcelaron a sus padres cuando intentaron quemar mi hogar. Mamá no estaba en casa y papá sigue en el hospital, pero yo salí vivito y coleando… hasta ahora.

Era demasiado tarde, había llegado demasiado tarde.

Mi alma no había esperado por mí y desconocía a cuántos de mis hermanos había recibido esperando que uno fuera el correcto. Yo le había fallado y no podía ser parte de ella en tal estado, no después de ver lo corrupta que estaba.

Había matado a otras almas. Ahora, mi única esperanza no era más que los restos despreciables de un monstruo. En niños. Mi alma había vivido en seres fugaces que no estaban destinados a conocer el mal.

¿Por qué todo lo que había creído se estaba desmoronando a mis pies? Mis huesos se sintieron más pesados que nunca, como si su carga helada y eterna, finalmente se rindiera ante el peso de los siglos que habían permanecido en espera.

—¿Qué sigue entonces? —volvió a decir mi alma, sacándome de mi dura y nueva comprensión del mundo—. Si estás aquí, significa que el infierno es real. No preguntaré por el cielo, es claro que no me lo he ganado. Así que… 

Pero ¿podría aceptar mi nuevo destino? ¿Condenado a desvanecerme para siempre y que mis huesos terminaran siendo uno en un billón de otros en las pilas interminables de mi hogar?

No juzgarás con recelo algo que llevas siglos buscando.

Entonces, a esto se refería. Esta era la crueldad detrás de la muerte y la vida, los seres humanos no comprendían el verdadero pesar y dolencia de morir, ninguno de ellos realmente lo ha hecho. Solo escriben y narran lo que sus corazones vivientes sienten cuando pierden a alguien, pero no entienden lo que es, pues ¿qué humano con alma y calidez en su corazón habría tomado la misma decisión que yo o habría juzgado positivamente algo que ya no tenía valor alguno?

La muerte nunca se mezclaba con la vida, son dos seres totalmente diferentes, uno que siempre protegerá su alma y otro que anhela hallar la suya, y sin sentir la verdadera esencia de la extinción, no era posible afirmar siquiera, que se comprendía el acto de morir.

Me acerqué a mi alma sabiendo que era cierto lo que Mi Señor me había dicho siglos atrás: No somos mejores que ellos.

Mi alma examinó cada uno de mis movimientos mientras apoyaba mis manos sobre sus hombros. Detrás de sus ojos vacíos, había maldad, como los del padre de Gabriel.

—Jeremías —le dije—, si hay un alma que merezca otra oportunidad, entonces es la tuya.

Jeremías ladeó su cabeza.

—¿De qué hablas?

—Tu alma no tiene que morir. Puede renacer y yo podré cuidarla. La protegeré porque ese es mi deber.

—¿Tú no matas a las personas?

Si hubiera tenido a mi alma, limpia y bondadosa, habría sonreído.

—No. Solo los humanos pueden destruirse los unos a los otros.

Mi alma bajó la mirada y asintió.

—Tienes razón. —Su silencio duró mucho tiempo—. ¿Y en quién renaceré? ¿Puedo elegir qué persona seré en mi otra vida?

—No, la vida es incierta, pero las decisiones que tomarás en su transcurso están en tu poder.

Mi alma fijó sus ojos negros en mis cuencas.

—¿Qué tengo que hacer?

No le respondí, no quería seguir hablando con ella, no cuando estaba a punto de cometer el peor error de toda Muerte. Aceptar un alma corrompida.

Cuando mi alma y yo finalmente nos volvimos uno, sentí su brillo y calidez, y creí que tal vez podría salvarla de su inevitable destino, tal calor no podría ser malo. Pero llegó el momento en que ambos desaparecimos del mundo y sentí que ese hueco que había esperado un corazón por siglos, finalmente comenzaba a latir, y la felicidad me inundó así como el amor; supe que podría corregir mis errores, podría salvar mi alma.

Desgraciadamente, la esperanza va y viene como momentos diminutos de falsas suposiciones, y la calidez que envolvió mi cuerpo y al corazón que latía, comenzaron a luchar queriendo expulsar mi alma. Era malvada, estaba corrompida, yo estaba corrompido.

Pero iba a vivir.

Sin bondad en mi corazón.

Viviría.

Mi corazón latía frenético y desesperado, no quería crecer con malicia. Ese no era su destino. Pero ya era demasiado tarde, así como fue para mí cuando la encontré. Ahora éramos uno.

Muy pronto renacería y olvidaría la importancia que tenía mi alma, mientras tanto, solo dejé que la calidez me continuara resguardando y cubriera aquel vacío que sentí por siglos.

Dormitando, noté que mis ojos eran pequeños y mis manos, que finalmente estaban cubiertas de carne, intentaron tocarlos sin éxito alguno. El calor continuó cubriéndome, me protegió de la conciencia y antes de quedarme profundamente dormido y de olvidar todos mis recuerdos pensé:

Un alma que sentía calor, no podría ser mala.

Publicado la semana 3. 20/01/2021
Etiquetas
Terror, Oscar Wilde, La muerte, El alma, Muerte
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