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Samn C. de León

La Muerte y Su Alma pt. 1/2

—Los humanos ya no merecen nuestra atención —le dije un día a Mi Señor, casi molesto—. La maldad que han causado a su mundo corrompió las almas más puras. ¿Qué deber tenemos con ellos cuando nos suplican ser piadosos con sus corazones en el momento en que venimos por ellos?

Era una incógnita permanente la fascinación que existía en Mi Señor, que nunca había hallado su alma, con los humanos, aquellos seres que lo repudiaban así como a nosotros, cada vez que nuestros nombres tocaban sus bocas.

Entre el aire polvoso que iba espesándose con cada año que el desgaste de los huesos humanos incrementaban sus pilares en nuestro hogar, Mi Señor solo era un contorno de una sombra marchita que las mismas partículas de suciedad evitaban a toda costa. 

Sin embargo, cuando hice mi pregunta, una de sus extremidades salió a la penumbra y fue más blanca que cualquier hueso amarillento que nos rodeaba. Puso su brazo esquelético detrás de mi cráneo vacío y me dijo: 

—¿Quiénes podemos ser para juzgarlos? Si nos escondemos entre las sombras y la oscuridad. Si vagamos entre ellos, invisibles a sus ojos resplandecientes y llenos de vida, porque no fuimos bendecidos con el calor de un alma y la carga eterna de un corazón. No somos mejores que ellos.

—Pero se vuelven menores a nosotros cuando mueren —repuse, dispuesto a hacerlo entrar en razón.

—Porque han perdido su alma y su corazón ha dejado de latir, solo queda la cáscara de su cuerpo. Es entonces cuando dejan de ser humanos —respondió y su mano dejó de sujetarme.

Mi silencio quedó consumido por un fuerte alarido atormentado, las pilas de huesos parecieron crear una cacofonía con cada pausa de su grito y el techo cavernoso pareció temblar.

Mi Señor se mezcló con las sombras una vez más y entonces, de su túnica negra, sacó un pergamino. Ante  la fuerza de los dedos humanos, se habría hecho pedazos con solo tocarlo, entre los míos, siendo tan delicados como el material de una urna funeraria, solo acariciaron el papel con delicadeza.

—No juzgarás con recelo algo que llevas siglos buscando. —Mi Señor se giró hacia el camino más estrecho y de donde venían más alaridos lejanos, decenas de fémures humanos creaban un arco que él atravesó. Al último momento, su voz atravesó la frialdad de mis huesos—: Y cuando la encuentres, las tinieblas ya no podrán ampararte porque resplandecerá tanto que no volverás a encontrar la oscuridad.

Después de haber hallado a Mi Señor en el túnel que conducía a los restos de las almas que nunca encontraban a sus dueños, no lo volví a ver durante dos siglos.

En todo ese tiempo, desconocí si los otros como yo habían encontrado su alma y con ella, un nuevo corazón… una vida. O si los recién llegados habían hurtado la mía por descuido y desesperación, y ahora debía esperar el plazo entero de lo que durara esa vida, para buscarla otra vez.

Entre esos siglos de espera y con la llegada de un nuevo pergamino, vagaba por la Tierra en busca de la propietaria del nombre escrito en el papel: Gabriel.

Esa noche, las estrellas y la luna me acompañaron, ninguna nube oscureció su presencia y brillaron como tesoros vanidosos que ni humano ni ser, podrían poseer jamás.

Gabriel vivía en una humilde casa afuera de su ciudad más cercana y en la noche, estaba iluminada con débiles faros atestados de luciérnagas y mosquitos, incluso cuando entré a su hogar, todavía pude escuchar el zumbido de esos insectos. Sin embargo, ese fue el único sonido que pude percibir dentro del lugar.

La casa le pertenecía al padre de Gabriel y cuando fui por ella debía tener al menos doce años, de acuerdo a sus fotos y a su diminuto cuerpo envuelto en una sábana azul, tendido en una pequeña cama con un colchón delgado y un soporte de madera dañado.

Su padre estaba sentado junto a ella, pero no vi a su hermano ni a su madre, que también la acompañaban en las fotos que decoraban su sala de estar. Eran solo ellos dos y los restos del alma de Gabriel que se acurrucaban en la esquina más lejana de la minúscula habitación.

Mi deber no era hablar, ni consolarla, puesto que con el pasar de los años y mientras la desesperación también comenzaba a llenar los huecos de mi cadáver, mi rencor hacia los humanos también iba creciendo. Y la antipatía creció más cuando noté que esta era el alma número dos millones que recogía y que tampoco resultaba ser mía.

Pero entonces, ella me vio e incluso al borde de su desaparición, sus ojos eran tan grandes y luminosos como las estrellas. Su rostro estaba atormentado y me incomodó ser quien tuviera que llevarla a su eternidad de cruel espera, hasta que otro de mis hermanos la reconociera como suya.

Gabriel se apartó de donde estaba y se acercó a mí. Podría decirse que me sorprendió su repentina seguridad, porque quise apartarme de ella de inmediato. Pero antes de decidirme a hacerlo, ella extendió su mano y me señaló.

—Yo te conozco —me dijo.

Mi Señor solía recordarme que las palabras que decían las almas al morir eran de suma importancia para nosotros y que nunca llegaríamos a olvidar ni una sola de ellas, sin importar los años que pasaran. Pero un alma nunca llegaba a reconocer a una Muerte, no importaba si era la correcta que permanecería en el hueco maltrecho donde antes existía un cuerpo y latía un corazón. 

Si los dos seres finalmente se hallaban para convertirse en el destello en la oscuridad, es la penumbra, el único lugar que decidirá si en algún momento dejará de ser tinieblas y le abrirá paso a la luz, nunca al revés.

Cuando Gabriel comprendió que no le respondería, sus manos se extendieron hacia mi túnica y se aferraron a ella con firmeza.

—Tú te has llevado a mi hermano y a mi mamá —espetó, su agarre me rodeó con la tenacidad de su alma que se negaba a abandonar su cuerpo—. Es tu culpa que me haya quedado sola con él. 

Protestar en mi nombre sería en vano, después de todo, mi deber no se relacionaba con dar felicidad mucho menos ayudar a quienes lo habían perdido todo. Pero comprendí su malestar cuando me aparté de su pequeña figura y me acerqué junto al hombre que seguía sentado junto al lecho de Gabriel.

Su rostro había visto mejores años y entre las sombras que cubrían mis cuencas ante las almas palpitantes y lejanas a mis manos que presagiaban el deceso, pude notar que detrás de sus ojos, su luz estaba cubierta de maldad.

Esta era un alma corrompida, que después de tantos años de buscar a su dueño, había tocado a tantos de mis hermanos, viviendo sus cortas vidas y muriendo únicamente en cuerpos de niños que no sobrepasaban los trece años, igual que el alma de Gabriel. Si sabías que el alma que protegías no era tuya, ¿qué sentido daba continuar viviendo en cuerpos efímeros e insatisfechos? 

Así, existían aquellas almas que se rendían y cuando finalmente eran halladas por su dueño, no eran más que un débil resplandor nítido que amenazaba con apagarse como la llama de una vela. Me pregunté si este era mi hermano Semyazz, de quien no había sabido de su presencia desde hace medio siglo, o de mi hermano Zaveb, quien me había dicho en la luna llena del inicio del nuevo siglo, casi con entusiasmo en su voz, que presentía que su alma estaba cerca. 

Esta alma fue aceptada a pesar de la maldad que amenazaba con erradicar su bondad y estas eran las consecuencias. Si creía que los humanos eran despreciables aún con sus almas intactas, cuando se convertían en monstruos que creían ser humanos, me repugnaba incluso estar en su presencia.

Me volví hacia Gabriel, no se había movido de su lugar, sus manos estaban firmemente cerradas a cada lado y parecía que estaba reteniendo sus ganas de llorar.

—¿Por qué no te lo llevas a él? —preguntó, al borde de las lágrimas—. Mi hermano gritó desesperado, que había una sombra gigante entre los arbustos, la noche en que mi padre lo castigó para que durmiera afuera de la casa durante una fuerte nevada y jamás despertó. Mi mamá abrió tanto los ojos cuando él la tiró de las escaleras y susurró tu nombre antes de que sus ojos quedaran grises como los de un pez. Yo te sentí cuando entraste a casa y ahora estoy aquí, después de… de… 

Y esta vez, permití que mis esqueléticos dientes silbaran mientras comenzaba a hablar, no porque sintiera pena o simpatía por ella, sino porque no soportaba estar frente a un alma desperdiciada que sufriría por más tiempo y ante otra que había esperado tanto, solo para recibir algo insignificante y que no valía todos los años de su búsqueda.

—Esta alma no volverá a renacer y arderá solitaria, así como quien la porta. —No juzgarás con recelo algo que llevas siglos buscando. Debajo de mi túnica, mis huesos comenzaron a temblar. 

Sí, podía hacerlo.

Me acerqué a él y mi mano atravesó el pecho de la criatura con alma desdichada y entre la negrura, marqué su corazón con una oscuridad más profunda que su propia maldad, solo el fondo de un abismo podría compararse con su color. Mis hermanos reconocerían su condena cuando uno viniera por él.

Me alejé, la criatura ni siquiera había notado el cambio dentro de sí, pero ¿cómo podría?, cuando su alma ya había estado perdida en tanta oscuridad antes de que la mía también se asentara.

Gabriel me miró de nuevo, sus ojos volvían a ser enormes y no había rastro de sus antiguas lágrimas, sus manos ya no estaban tensas ni cerradas en puños.

—¿No lo mataste? 

—No, yo no puedo hacer eso.

—Entonces, ¿quién puede? —Gabriel ladeó su cabeza, confundida—. ¿Tú no me mataste?

—No. Solo los humanos pueden destruirse los unos a los otros.

Su mirada cambió y se fijó en su padre.

—Él es un monstruo.

—Los monstruos siempre serán menores a los humanos, por lo tanto, se pueden derrotar. El daño que causan podrá ser gigantesco pero es reparable.

Las cortinas delgadas de la ventana permitían el paso de luz de la luna e hizo que el alma de Gabriel resplandeciera con tanto fulgor, que por un momento quise que esa alma fuera mía y no dejar que sufriera por el tiempo que su verdadero dueño tardaría en encontrarla.

Si renacía, Gabriel tendría otra oportunidad, en otro cuerpo y con otro corazón, pero su alma se marchitaría poco a poco y moriría joven otra vez. No podía hacerle eso a ella, ni a mí.

—Es hora de irnos —le dije y le tendí mi mano.

Gabriel retrocedió rápidamente, casi por instinto, pero pareció componer su postura y se volvió a acercar. Empezó a extender su mano, temblaba igual que todo su cuerpo, aunque sus ojos se negaron a soltar más lágrimas.

—Si no matas a las personas, ¿qué es lo que haces? —preguntó en el momento en que su mano se cerraba entre mis huesos.

—Proteger a las almas hasta que puedan valerse por sí mismas.

Cuando comenzamos a salir de la habitación, sentí que la criatura comenzaba a levantarse de su asiento y sus manos comenzaban a rodear el cuerpo vacío de Gabriel. 

No permití que ella girara sus ojos hacia él, así como tampoco dejé que nuestras presencias se quedaran en ese lugar ni un segundo más.

Tan pronto atravesamos la puerta, me encontré de nuevo en mi hogar y rodeado de los huesos apilados de todos los humanos que alguna vez fueron pertenecientes a un alma. Gabriel ya no estaba conmigo, ahora su alma esperaría en el túnel donde todas las almas perdidas aguardaban eternamente a que su dueño las encontrara.

Yo seguiría buscando la mía, me negaba a renacer si no era con ella y apartaba de mis pensamientos la idea de que se hubiera dado por vencida, porque yo todavía vagaba por el mundo sin descanso y si yo podía esperar, mi alma también lo haría.

Publicado la semana 2. 17/01/2021
Etiquetas
Oscar Wilde, La muerte, El alma , De noche
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