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Ramón Cerero

Las dos caras II

                                                                                 II

 

El fin de semana lo paso encerrado en este apartamento, leyendo o escuchando la radio. Estos días tan extraños intento salvar algo de mi vida tras este naufragio. Quiero salir a flote después de todo lo que ha pasado, aunque la tentación de hundirse en la autocompasión sea fuerte.

   También intento ordenar este lío cajas de la mudanza. Necesito encontrar algunas cosas. La mayoría de las veces no encuentro lo que busco. Abro una de las cajas de arriba y saco un cepillo para la ropa o una pastilla de jabón, que no está nada mal, pero tampoco está bien, cuando lo que buscaba era el sacacorchos o las pinzas para colgar la ropa. Mi vida es ahora ese caos de cajas medio abiertas, esos objetos que se acumulan en desorden por todo este apartamento casi sin muebles. Muchas veces pienso que sería mejor dejar todas las cosas dentro de las cajas. ¿Para qué sacarlas? No hay ningún sitio donde dejarlas. ¿Cómo es posible que haya acumulado tantos objetos en menos de media vida? ¿De qué me sirven ahora tantas cajas de libros?

   El nuevo piso es muy pequeño. Apenas un dormitorio, un salón con cocina americana y un minúsculo baño. Pero para una sola persona es demasiado grande. Es extraño que sea grande para una persona y a la vez pequeño para todos esos objetos y libros que hay guardados en las cajas. La relatividad del espacio. Pero lo bueno de este apartamento minúsculo es que está bien situado. Estoy cerca de ellas. Me permite poder llevar todos los días a la niña al colegio, y recogerla los martes y los jueves por la tarde.

   La pequeña parece haberse adaptado a la nueva situación mejor que su madre, o que yo mismo. Los niños son más fuertes de lo que parece. Aunque no estoy seguro de esto. ¿Qué pasará dentro de unos años, cuando ella crezca, o cuando otras personas aparezcan en nuestra vida? Supongo que no es justo para nadie este tipo de situaciones. Pero hay que aprovechar las ruinas de lo destruido e intentar construir una nueva vida con esos restos, construir una nueva rutina, algo parecido a lo que teníamos antes del naufragio. Por eso son tan importantes esos paseos juntos al colegio todas las mañanas, cogidos de la mano. Son la piedra angular de un nuevo edificio, quizá más modesto que el anterior, más importante para mí que para la pequeña.

   En la entrada del colegio he de soportar las miradas de algunas madres que saben. Todo fracaso es público. Por ese motivo no me gusta quedarme mucho en la entrada cuando la pequeña atraviesa la puerta. El momento de la recogida es más difícil. Ella tiene sus amiguitas y siempre quiere quedarse un rato jugando en el patio con ellas. Entonces no puedo salir corriendo y me veo obligado a compartir un rato de conversación con las madres, los padres o los abuelos que también se ven atrapados en el patio por el mismo motivo. En esos momentos la conversación entre extraños fluye con dificultad. Yo evito los puntos calientes, intervengo pocas veces y con cautela. Se habla mucho del tiempo. A veces alguien se queja sobre alguna de las maestras. La mayoría protesta por los deberes, que consideran excesivos. Los niños pasan la tarde haciendo divisiones y completando mapas conceptuales, casi sin tiempo libre para jugar, sin tiempo para perder el tiempo. Muchas veces llevo encima mi teléfono móvil y finjo mirar alguna cosa, lo que me permite salvarme de esas situaciones incómodas en las que los silencios pesan toneladas.

   A una de las amiguitas siempre la recoge el abuelo. Es un hombre alto, de ojos claros. Desde que descubrió que somos paisanos me muestra cierta confianza. Habla mucho conmigo. Le gusta contarme cosas de su vida. Toda una vida levantándose a las seis de la mañana y ahora, tras la jubilación, se aburre si no tiene ninguna obligación como la de encargarse de su nieta. Confiesa que las tardes y los fines de semana, cuando no tiene que cuidar de su nieta, él y su mujer no saben qué hacer. La casa se les viene encima. Además, tampoco puede pasear tanto como antes debido a sus problemas con la próstata. Antes de dar un paseo tiene que asegurarse de que hay un aseo público o cafetería cada quinientos metros de su recorrido. Alguna de las historias que me ha contado, mientras contemplamos como juegan las niñas, relatan aquella vez que estrenó traje al cumplir los diez y seis, y cómo se lo rompió el mismo día al caer del tren, o aquella primera manifestación del primero de mayo, cuando tenía solo catorce años, y tuvo que refugiarse de la policía antidisturbios en unos portales. Algunas veces vuelve a contar algún acontecimiento de su vida que ya me había relatado unas semanas antes. A mí no me importa oírlo otra vez. Muchas veces hay un matiz nuevo en el relato repetido de su vida, un detalle revelador. Otras veces la historia se repite sin variación. Como esas historias familiares que hemos oído contar cien veces a nuestras madres, esas historias que nos sabemos de memoria después de haberlas escuchado tantas veces. Esas narraciones familiares repetidas hasta la extenuación explican lo que somos, conforman el corpus de las historias míticas de nuestra familia.

   Uno de los episodios de la infancia de ese hombre se ha grabado a fuego en su mente. En varias ocasiones, afectado aún vivamente por aquel episodio lejano, ha relatado lo que le ocurrió cuando aún vivía en el sur, cuando aún era un niño.

 

                                                                                   *

 

Supongo que tú sabrás lo que es eso que llaman en nuestra tierra los sacamantecas. Ya sabes, esos que secuestraban a los niños para sacarles la sangre. Seguro que has oído historias. Mucha gente se ríe y dice que son cosas de los padres para asustar a los niños. Pero yo te puedo asegurar que esas historias pasaban de verdad cuando yo era niño. Ahora hay muchas cosas que dan miedo también, y tienes que estar pendiente siempre de los críos, pero es otra cosa…

   En mi vida se me olvidará lo que nos pasó una vez en el pueblo. Tendría yo entonces diez años. Lo recuerdo perfectamente y no creo que lo olvide nunca. Había uno del pueblo al que su tío le había traído de la capital una pelota de fútbol de verdad. Hasta entonces habíamos jugado siempre con pelotas de trapo. Ya te puedes imaginar la ilusión que nos hacía jugar con esa pelota. Por ese motivo nos fuimos cuatro o cinco a las afueras del pueblo para estrenar la pelota. Cerca de mi pueblo había una carretera, aunque por allí no pasaban nunca coches. Como mucho, una vez al día pasaba el autobús de la línea regular a Málaga. Y ahí nos pusimos a jugar con la pelota nueva, felices y contentos. Cuando de repente, allá a lo lejos, en la altura, pues mi pueblo está en un pequeño valle entre montes, vemos aparecer un once ligero. Ya sabes, uno de esos coches Citroën que se veían mucho entonces. Si hombre, seguro que sabes de que coche te hablo. Eran unos de esos que tenían tracción delantera. Un buen coche. Seguro que lo has visto en las películas. Bueno, no importa si no sabes de qué coche te hablo. El caso es que vemos aparecer aquel once ligero negro, todo brillante e impecable allá a lo lejos y nos quedamos parados. Como venía para donde estábamos nosotros, no sé por qué, nos alejamos de la carretera y nos metimos cerca del río. No se si fue idea de mi hermano o de otro. La cosa es que nos apartamos del coche de los extraños por si las moscas.

   Entonces, desde la distancia vemos como el coche se para justo donde habíamos estado jugando. De repente se bajan del once ligero una mujer rubia muy guapa, vestida de negro, muy elegante, tenías que verla… y de la parte del conductor baja un hombre con barba. El hombre era el que daba más miedo. Mira, llevaba un cuchillo en el cinto así de grande, de esos que usan los carniceros. Además, llevaba un cubo grande en la mano, supongo que sería para recoger la sangre o lo que sea que sacaban de los niños. Y se bajan y comienzan a gritarnos: «Niños, niños, venid que tenemos caramelos para vosotros». No se me olvida. ¡Qué miedo pasamos! El hombre con el cubo y el cuchillo, y la mujer rubia llamándonos, gritando que tenían caramelos para nosotros, para que nos acercáramos, ya te puedes imaginar para qué... También te puedes hacer una idea de lo que hicimos. Salimos corriendo y nos metimos por el cauce de un río que está casi todo el año seco.

   Pero espérate, que los del coche salen detrás nuestro y nosotros corriendo para el pueblo pidiendo ayuda. Pero a esas horas de la mañana nadie pasaba por ahí. Bueno, pues cuando casi llegamos a la entrada del pueblo nos cortan el paso en el puente que había a la entrada. «Niños, niños, venid que tenemos caramelos para vosotros». Allí estábamos atrapados y muertos de miedo. Yo llorando, uno pidiendo ayuda, el otro escondido en las matas, y que nadie aparecía por ahí. Yo creí en ese momento que nos agarraban.

   Pero por suerte en ese momento comenzamos a oír unos gritos de uno que venía en una carreta del campo. «¡Eh! ¡Qué pasa ahí!». Y resulta que era el panadero del pueblo, que venía de cargar tomillo y otras plantas que se usaban entonces en el horno. El hombre al oírnos gritar pidiendo ayuda había comenzado a gritar desde lejos. Supongo que también se alertó al ver aquel once ligero en el puente.

   Cuando el panadero se baja del carro y coge una vara, el hombre y la mujer se suben al coche y salen disparados. Si no da la casualidad de que en aquel momento aparece el panadero, no lo contamos. Para que digan luego que eso de los sacamantecas es mentira. Toda la vida me voy a acordar de aquello. No te puedes imaginar el miedo que pasamos entonces. Toda mi vida me voy a acordar de eso. No se me quita de la cabeza.

Publicado la semana 9. 01/03/2021
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