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Ramón Cerero

Las dos caras I

“Ogni medaglia ha il suo rovescio”

                        Proverbio italiano

 

 

                                                                              I

 

Hellen Hollynshed había vuelto a su patria para morir. No es que estuviese afectada por una enfermedad grave. Tampoco ningún médico le había pronosticado una muerte cercana. Pero desde hacía unos meses, a sus setenta y siete años de edad, no dejaba de escuchar en su interior una misteriosa llamada que le ordenaba regresar a casa. La suya había sido una vida agitada. Había sido feliz y desgraciada en muchas ocasiones. Casi se podría decir que había hecho todo lo que se puede hacer durante una vida, a excepción de una cosa. Hellen quería hacer esa última cosa cerca de donde estaban enterrados sus padres.

   Cuando llegó a Inglaterra se instaló en Colchester, en la vieja casa familiar. Allí vivía una hermana menor, que era la única familia que le quedaba. Se llamaba Mary y era una solterona de carácter dulce que había aceptado sin dudar la propuesta de Hellen de pasar juntas los últimos años. Mary había admirado siempre a su hermana mayor. Además, la casa era demasiado grande para ella y Rose Mary, la mujer que le ayudaba con las cosas de la casa.

   Hellen había visitado a su hermana en contadas ocasiones. Sus visitas habían sido siempre cortas, apenas de unos días. Por ese motivo, en la estación de tren, a Mary le costó reconocer en aquella anciana a su querida hermana. Además, el aspecto delicado y frágil de la mujer que bajó del tren poco tenían que ver con la Hellen enérgica que había conocido. Pero los ojos de la anciana que la miraban eran los ojos de Hellen. Se abrazaron en el andén casi como dos desconocidas, con cierta torpeza y timidez.

   Mary se sorprendió al principio de lo rápido que Hellen se adaptó al ritmo lento y repetitivo de la vida en Colchester. El tiempo era frío y no salían mucho de la casa. Las tardes las pasaban en la sala haciendo punto o jugando al whist. En la chimenea ardía siempre un buen fuego, pues Hellen protestaba con frecuencia por el frío que hacía en la vieja casa. Los sábados, si hacía buen tiempo, daban un paseo por Abbey Field. Los domingos por la mañana iban a la iglesia de Saint Giles.

   Pero lo que hacían las dos hermanas, sobre todo, era hablar. Era como si quisieran llenar con palabras todos esos años de separación. Aunque la verdad es que era Hellen la que llevaba el peso de la conversación. Mary solo asentía o hacía alguna pregunta sobre algún detalle, sobre algún lugar, o sobre alguna persona que su hermana había nombrado. Mary pensó durante esos días que Hellen, de alguna forma, se estaba deshaciendo de todo lo vivido hablándole de aquellos recuerdos. Era como si estuviese lanzando todas sus pertenencias al mar. Otras veces a Mary le asaltaba el miedo de lo que pudiese ocurrir cuando Hellen le hubiese contado todo, cuando hubiese aligerado todo ese peso que parecía ser lo único que aún la mantenía sobre la tierra.

   A pesar de ese temor, a ella le gustaba escuchar a su hermana. Mary había tenido una vida tan aburrida, a diferencia de Hellen. Nunca había salido de Essex. Se había enamorado una vez en su vida. Aún recordaba a aquel chico tímido que había muerto en la batalla del Somme. Pobre Arthur. Nunca olvidaba, el once de noviembre, prender en la solapa de su abrigo la triste amapola. Después, la vida habían sido sus ancianos padres, las visitas ocasionales de Hellen, la jardinería… Por eso escuchar a Hellen esos días era disfrutar un poco, aunque fuese vicariamente, de esa vida tan diferente a la suya.

 

                                                                                 *

 

Por aquel entonces yo acompañaba a William a todas partes. Habíamos viajado desde Roma a Madrid con la intención de pasar unos días cerrando unos asuntos muy prometedores para William. Con el fin de la guerra se abría una nueva etapa. La reconstrucción del continente era una oportunidad de oro. William veía negocios en todas partes. Busyness ran in his veins…

Una tarde nos invitaron a una corrida de toros. Aún recuerdo el terrible calor que hacía aquella tarde de mayo. Nos acompañaron los amigos españoles de William. Desde el palco contemplamos aquel espectáculo bárbaro y tribal, como de seres de otro tiempo. El polvo de aquella tierra amarilla, los caballos muertos, toda esa sangre… Barbarians, dear sister… Worst than Bear-baiting…

   Aunque me alegro de haber visto lo que vi aquella tarde en Las Ventas. Me ayudó a comprender mejor a aquella gente. Es bueno ver ciertas cosas para entender lo malo y lo bueno de las gentes de un país. Además, allí vi por primera vez a ese hombre.

La segunda vez que me encontré con Juan fue en la fiesta de un secretario del gobierno del general Franco. William tenía relaciones con mucha gente. Siempre estábamos visitando a señoritos. Such a bore…

   En aquella fiesta hablé por primera vez con Juan. Me enamoré de él enseguida. Era un hombre alto, muy guapo, fuerte, con unos grandes ojos negros. Abandoné a William unas semanas después. Debió de ser duro para el bueno de William. En aquella época yo era así, impetuosa y decidida. William intentó que volviera, pero Juan tenía amistades importantes y no insistió. Aquellos días de primavera en Madrid fueron como un sueño.

  Después de dos meses juntos me comunicó que tenía que volver a sus tierras por un tiempo. Allí me presentaría a sus padres. Incluso me compró un anillo de compromiso. Yo estaba completamente conmocionada por toda aquella felicidad inesperada. I was flabbergasted, sister…

   Sus tierras estaban en el sur, en Málaga, en una región que se llama la Axarquía. El mar no está muy lejos. Los pueblos pequeños con sus casas blancas asomados al mar me recordaban a Grecia. Pero la casa de la familia estaba en un gran terreno al este, cerca de unos montes con grandes bosques de pinos. Creo que a partir de aquellos días las cosas comenzaron a estropearse. No gusté a sus padres. Eran gente muy seria, muy católicos. No les hacía gracia que su único hijo emparentara con una extranjera. Nunca me lo dijeron, pero yo podía verlo en sus miradas, aunque no se atrevían a contradecir a su único hijo. A veces parecía que le tenían miedo.

   Como te dije antes, el lugar era hermoso, pero había mucha miseria. Podías cruzarte con gente sin zapatos en el camino que unía la casa con la aldea más cercana. Gente vestida con andrajos. Pero la familia de Juan era rica y poseía todas esas tierras, por lo que eran muy respetados en la comarca, incluso diría que temidos. Me rompía el corazón ver aquellos niños pobres. Such a shame!

   Juan se reía de mí y me decía que era blanda. “Helena, ellos siempre han vivido así y no quieren cambiar”. En sus palabras había algo de desprecio hacia esas pobres criaturas. Comencé a ver en Juan otras cosas, cosas que no me gustaban. Además, ahora me dejaba más tiempo sola. Decía que tenía que atender sus negocios, aunque yo comencé a sospechar que se veía con otras mujeres. A mi disposición estaban el Citröen 11 y el chofer de la familia, un hombre extraño llamado Julián. Era un hombre no muy alto, robusto, con una tupida barba negra. No vestía uniforme de chofer. Vestía como un campesino, siempre con esas alpargatas de esparto y un gran cuchillo de explorador en un cinturón. Más que un chofer parecía una especie de guardaespaldas a las ordenes de Juan, con esa gran faca al cinto. Otras veces parecía más bien un intérprete, pues era de la región y entendía perfectamente a los campesinos de aquellas tierras, que hablaban con ese acento cerrado que me resultaba tan difícil de entender. Juan siempre iba con Julián cuando tenía que hablar con ellos. His dragoman…

   A Juan no le importaba que saliera, no me necesitaba. Todo el embrujo de aquellos días de Madrid había desaparecido. Julián, lleva a Helenita a Málaga, que se aburre aquí”, le decía con una sonrisa cruel al chofer, cada vez que yo necesitaba comprar algo o visitar la oficina de correos. Y en Málaga también veía niños pobres y descalzos por todas partes. También podía sentir como los hombres me miraban. Eran unas miradas hambrientas que me daban escalofríos. Julián, silencioso y atento, me acompañaba en todo momento en mis paseos por la ciudad, como si yo fuera una niña a la que hubiese que proteger. Durante el trayecto de vuelta, los ojos de Julián en el espejo retrovisor. Estaba intrigado por mí, por esa extranjera rubia que parecía estar siempre al borde del llanto.

   Por esa época se me metió en la cabeza que si lograba darle una criatura a Juan él volvería a ser el de antes. Los padres me mirarían de otra forma. Quizás lograra ganarme algo de respeto dándoles un niño a aquella familia que me seguía considerando una extranjera. I was so stupid… Pero los meses pasaban y no lograba quedarme embarazada. Juan  empezó a sentirse molesto con esa manía que me había dado por tener un hijo. No te puedes imaginar cuanto deseaba un bebé aquellos días. Tener una criatura pequeña en brazos. Alguien en quién depositar todo ese amor que ya no parecía interesar a Juan.

   Después comencé a preocuparme por la pobreza de las gentes de aquella región. Quería hacer alguna cosa para aliviar toda aquella miseria. Pero Juan me decía que las cosas había que dejarlas estar. “Cada uno debe saber dónde está su sitio” protestaba cada vez que yo le hablaba de hacer algo para aliviar a esas pobres gentes. Pero yo le insistía una y otra vez. Al menos los niños, los niños sin zapatos, le rogaba un día tras otro. Julián intercedió por mí y logró convencerle de que me dejara hacer alguna cosa por los pequeños. Juan accedió a mi empresa caritativa con la condición de que se hiciera en los pueblos más alejados de la comarca. No quería que en sus tierras se vieran ese tipo de cosas.

   Julián también me ayudó a hacer los preparativos para realizar mi buena obra. Compré muchas alpargatas en Málaga. Números pequeños para aquellos pies descalzos que no podía quitarme de la cabeza. Como si eso pudiera aliviarme de ese hijo que no podía darle a Juan… También compré caramelos, chocolatinas, regaliz…

Lo cargamos todo en el coche. Llenamos un gran cubo con todos esos dulces. Yo me imaginaba esas caritas morenas y sucias, en las que se dibujaría una sonrisa cuando recibieran todo lo que les había preparado.

   El día escogido para repartir las cosas yo me puse un vestido negro, quizá demasiado elegante para la ocasión, no lo sé. Quería hacer las cosas bien y pensaba que una vestimenta formal era lo más apropiado. Ahora comprendo que quizá comenzaba a juguetear con la idea de una especie de noviciado dedicado a los pobres.

   “Cuídame a Helenita. No vaya a meterse en líos”, fueron las palabras de Juan a través de la ventanilla cuando Julián puso el motor en marcha. Juan and his cruel remarks on those days…

   Era verano y el calor comenzaba a apretar, aunque solo eran las diez de la mañana. El coche descendía por aquella pista de tierra que unía el cortijo con el pueblo más cercano. Julián tomó la carretera principal y se dirigió hacia la costa. En unos minutos aquellas casas encaladas comenzaron a aparecer en la distancia. Del mar, allá a lo lejos, subía una ligera bruma. La humedad y el calor de esa hora me hacían sentirme incomoda en aquel traje ceñido. Julián conducía sin hablar, con los ojos fijos en la carretera.

   Después de un buen rato de bordear la costa nos desviamos por otra carretera en dirección a una zona montañosa. Pronto, aún en lo alto de la carretera, divisamos un grupo de chicos que jugaban a la pelota en la entrada de un pueblo. Ellos al ver el coche negro se quedaron inmóviles, un poco sorprendidos por nuestra presencia. Por aquellos caminos no circulaban muchos vehículos entonces.

  Cuando llegamos a la zona donde los habíamos visto, Julián paró el coche. Antes de bajar recogió de los asientos traseros el cubo con los caramelos. Yo también bajé y me dirigí al maletero del coche, para sacar las cajas de alpargatas. Entonces Julián me señaló con el dedo a una zona cercana. Los niños estaban bastante lejos. Se habían metido en una zona alejada de la carretera, cerca del lecho seco de un río. Julián me dijo que era mejor darles primero los dulces. “Los chicos de aquí son muy asustadizos” dijo. Luego comenzó a gritar. “¡Niños, niños, venid! ¡Tenemos caramelos para vosotros!”. Yo también comencé a gritar y a tentarles con los dulces. Los niños en lugar de acercarse al coche comenzaron a correr en dirección contraria. Yo intenté acercarme, pero ellos se metieron en aquel lecho seco del río y comenzaron a correr hacia la entrada del pueblo. Julián me llamó y me pidió que subiera al coche. “Les alcanzaremos en el puente”. Puso el coche en marcha y en unos segundos estábamos en la carretera que pasaba por encima del puente. Continuamos llamándolos y ofreciéndoles los dulces, pero ellos se refugiaron debajo del puente, escondidos como animalitos entre las matas secas de los arbustos. Desde arriba se podía incluso oír el llanto de los que tenían más miedo. Yo no sabía que hacer. Sólo repetía una y otra vez como una estúpida “venid, venid, que tenemos caramelos para vosotros…”.

   Los niños lloraban con más fuerza y comenzaron a gritar pidiendo ayuda. Estaban completamente aterrados por nuestra presencia. Yo estaba cada vez más nerviosa. Miraba a Julián, pero no sabía qué decirle. Such a horrible situation…

   Cuando Julián se disponía a bajar hasta donde estaban los niños comenzamos a oír unos gritos que provenían del camino que se acercaba al puente. “¿Qué pasa ahí? ¡Eh! ¿Qué pasa ahí?”. Era la voz de un hombre que se acercaba en un carro tirado por un burro. Aunque se encontraba lejos, pudimos ver como se bajaba del carro con una gran vara. Los niños continuaban gritando y llorando. Yo comencé también a llorar. Y luego aquel horrible hombre que corría hacia nosotros gritándonos algo que no entendía.

   Julián me ordenó en ese momento que subiera al coche. “Nos vamos. Rápido.” fue lo que dijo. Yo estaba consternada. ¿Qué había pasado? ¿Por qué huían de nosotros? ¿Por qué ese miedo? Yo sólo quería cubrir sus pies desnudos, acariciar esas caritas manchadas, tenerlos entre mis brazos… Y ellos huían, lloraban, pedían ayuda como si fueran a arrancarles la piel. Eso me rompía el corazón.

   Subí al coche sin protestar. Julián lo puso en marcha rápidamente y salió nuevamente a la carretera general. No sé por qué huimos de aquel sitio, por qué tuvimos que marchar de allí como si hubiésemos hecho algo malo. Quizá Julián sólo quería evitar problemas con los campesinos, o puede que quisiera protegerme. Nunca lo sabré. Yo no podía parar de llorar. Todo había sido tan diferente a cómo me lo había imaginado. No podía entender que era lo que había fallado.

   Cuando me calmé un poco, Julián me preguntó si quería probar en otro pueblo. Pero yo no me encontraba bien después de aquello. No podía soportar la posibilidad de que ocurriera algo parecido otra vez. Le dije que quería volver a la casa, que no quería saber nada de esos niños. Y volvía a llorar y a darle vueltas a lo que había pasado. ¿Qué era lo que realmente quería demostrar con todo aquello? ¿Tenía razón Juan cuando decía que había que dejar las cosas como estaban?

   Cuando llegamos a la casa yo me encerré en mi habitación. Mientras corría escaleras arriba podía oír las risas de Juan, al que Julián contaba la suerte de nuestra expedición. Desde aquel momento supe que mi historia con Juan había terminado. Al día siguiente hice las maletas. Aproveché que Juan había salido a arreglar algunos asuntos para pedir un último favor a Julián, que me llevó a la estación de autobuses. Después en Madrid conseguí un billete de avión para Grecia. Nunca más supe nada de aquel sitio. Pero siempre recordaré aquellos niños que nos miraban aterrorizados, aquellos gritos consternados pidiendo ayuda. Nunca los olvidare. Nunca olvidaré aquellos niños que huían de mí, el miedo en sus caras, las lagrimas y los gritos pidiendo ayuda... Lo recordaré hasta el final de mi vida. To the last day of mi life, muy dear sister…

Publicado la semana 8. 22/02/2021
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